Rose of Cimarron en la furgoneta-Carta a Alvarito–(Pepe Fernández del Campo)

Pepe Fernández del Campo (Pepe Celedonio) (*)

Escribo estas líneas escuchando, una vez más, Rose of Cimarron. La misma canción que sonó durante miles de kilómetros de carretera, en una furgoneta cargada de instrumentos, sueños y cansancio. No podía ser otra para hablar de Álvaro, Alvarito, Lamas.

Con el paso de los años he escuchado a muchos músicos hablar de él.
Y había algo en lo que todos coincidían. Que era, en el sentido más pleno de la palabra, un músico total. No porque escribiera canciones, sino porque sabía habitarlas. Porque entendía la música desde dentro. Por técnica, por oído, por sensibilidad y por algo que no se aprende ni se finge, el respeto profundo por la canción y por quien la escucha.

Alvarito no tocaba para lucirse, tocaba para que la música funcionase. Y eso es algo que solo saben hacer los grandes.

Ejercí de mánager y road manager de Los Limones en la época inicial. Compartimos escenarios, camerinos, kilómetros interminables y muchas horas de furgoneta. Y si hay una imagen que resume aquellos años es la de Alvarito viajando con nosotros, siempre con el mismo ritual. El cassette de POCO, Rose of Cimarron, sonando una y otra vez. Su botella de bourbon, discreta pero constante. La steel guitar, casi tratada como un objeto sagrado. Y la Fender Stratocaster, esperando el momento de hablar.

Aquel disco fue decisivo. POCO le abrió la puerta a un sonido que en España apenas se conocía entonces. La steel guitar no fue para él un efecto ni un adorno. Fue una voz más dentro de la banda. Cuando entraba, la canción respiraba. Cuando callaba, también decía algo. Y cuando cogía la Stratocaster, algunos de los mejores músicos de este país me repetían algo que nunca olvidaré, que aquella guitarra no era un instrumento, era la prolongación natural de su brazo.

En Los Limones su aportación fue esencial. No escribía las canciones, pero las hacía suyas desde la música. Las entendía, las ordenaba, las sostenía. Basta escuchar los primeros discos para darse cuenta. Canciones que hablaban de seguir adelante, de mareas que suben y bajan, de caminos que se recorren sin saber muy bien adónde llevan. En ese Te voy siguiendo estaba su manera de acompañar, siempre atento, siempre al servicio del conjunto. En Cuando aparezca el sol, su forma de entender la música como un acto de confianza tranquila, sin estridencias. Y en temas como Trenes sin destino, No le digas, El canto de la sirena o Rosas rojas, el sonido de su steel guitar se reconocía con especial claridad, aportando espacio, atmósfera y profundidad sin necesidad de imponerse. Él no estaba delante, estaba donde tenía que estar.

Ferrol ocupaba un lugar distinto. No como título, sino como raíz. No era solo una canción, era una manera de entender la vida. Alvarito nunca se fue de Ferrol, ni siquiera cuando viajaba. Lo llevaba en la forma de hablar, en el carácter, en ese orgullo sin alardes que solo tienen quienes saben perfectamente de dónde vienen. Cuando sonaba Ferrol, aquello no apelaba a la nostalgia, sino a la identidad. Era afirmar, sin ruido, aquí estoy y aquí me quedo.

Tuvo oportunidades para marcharse. Las tuvo de verdad. Grabó con Los Secretos, le ofrecieron incorporarse a la banda de manera estable. Para muchos habría sido el siguiente paso lógico. Para él no. No quería abandonar su ciudad, ni su gente, ni su forma de vivir la música. No era falta de ambición, era coherencia. Y eso, con el tiempo, se entiende como una forma muy poco común de valentía.

Pero si algo hacía grande a Alvarito no era solo su talento. Era su manera de ser. Atraía a todo el mundo, daba igual la edad, el oficio o la clase social. Su humildad era real. Su generosidad, constante. Nunca necesitó construirse un personaje. Era músico dentro y fuera del escenario.

Recorrimos España entera y en cada lugar dejaba algo. No era ruido ni pose. Dejaba recuerdo. Dejaba respeto. Dejaba la sensación de haber compartido un rato con alguien auténtico.

Hoy se nos ha ido un gran músico y un hombre bueno. Y eso es una combinación mucho más escasa de lo que parece. Quedan las canciones, los discos, los viajes, las conversaciones de madrugada y esa música que sigue sonando, como una marea que no se detiene.

Gracias, Alvarito, por la música, por el camino compartido y por enseñarnos que se puede ser enorme sin dejar de ser sencillo.

Buen viaje, amigo.

(*) Pepe Fernández del Campo fue Manager de Los Limones

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