Don Rosendo Yáñez: a las puertas de un recuerdo que sigue dando vida–(José C. Enríquez Díaz)

José Carlos Enríquez Díaz

Hay recuerdos que no esperan a la fecha exacta del calendario. Cuando se acerca el mes de abril, la memoria se adelanta, y el corazón también. Se cumplirán entonces siete años del fallecimiento de don Rosendo Yáñez, y ya desde ahora, en este tiempo previo, nace de manera natural el deseo de recordar y agradecer su vida y su ministerio. No es precipitación: es cariño. Porque hay personas que siguen presentes mucho antes de que llegue el día señalado.

Don Rosendo nació en Cariño en el año 1935, en el seno de una familia humilde. Fue huérfano de padre, una circunstancia que marcó profundamente su historia personal. Desde muy joven mantuvo una relación hondísima con su madre, una presencia constante en su vida y en su corazón. Ese vínculo no fue un simple dato biográfico, sino una experiencia que modeló su sensibilidad, su forma de mirar a los demás y su capacidad de comprender las heridas ajenas.

Guardo un recuerdo muy concreto que ilustra bien esta dimensión humana suya. Un día, al salir yo por la puerta tras la celebración, me llamó con voz cercana: “José Carlos, acércate”. Se detuvo, sacó una billetera y, con un gesto sencillo y cargado de confianza, me enseñó la fotografía de su madre. No dijo grandes palabras. No hizo falta. En aquel gesto íntimo, compartido conmigo casi en confidencia, se revelaba un hijo agradecido y un corazón profundamente humano. Era su manera de hablar desde dentro, sin discursos, como quien abre una parte de su vida al otro.

Ingresó siendo muy niño en el seminario de Lourenzá, donde cursó latín, humanidades y filosofía. Continuó su formación con estudios de teología y derecho canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca, ampliando después su preparación en Roma. Todo ello hizo de él un hombre culto, inquieto, siempre dispuesto a aprender. En las conversaciones con don Rosendo uno salía enriquecido: o aprendía algo nuevo, o se quedaba pensando, que a veces es todavía mejor.

Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1959 en Valladolid. Su primer destino pastoral, como coadjutor en 1960, marcó el inicio de una vida entregada con fidelidad. En 1969 pasó a ser párroco de Nuestra Señora de los Dolores, en Ferrol, donde desarrolló una labor constante y discreta. Compaginó su tarea parroquial con responsabilidades diocesanas como delegado de Obras Misionales Pontificias y juez del tribunal eclesiástico, siempre desde una actitud de servicio. En él se cumplía aquello que dice Jesús en el Evangelio: “El que quiera ser primero, que sirva” (cf. Mc 9,35).

Don Rosendo fue, ante todo, un pastor cercano. Cariñoso, afable, amigo de los niños y de los jóvenes, sabía escuchar sin prisa y acompañar sin imponer. Fue compañero, amigo y confidente. En su modo de estar se transparentaba lo que dice el Evangelio de Juan: “El buen pastor conoce a sus ovejas” (Jn 10,14). No conocía a la gente por los nombres de los libros, sino por sus historias, sus luchas y sus esperanzas.

Se identificó plenamente con la renovación de la Iglesia surgida del Concilio Vaticano II, que vivió como una llamada a una fe más cercana, dialogante y encarnada. Esa visión se reflejaba de modo especial en sus homilías, siempre bien preparadas. Recordaba la vida de los santos, no como figuras lejanas, sino como personas reales que habían vivido el Evangelio en circunstancias concretas. Escucharlo era descubrir que la fe no está separada de la vida.

En los últimos años, celebró diariamente la Eucaristía en la residencia de ancianos “Mi Casa”, de Mensajeros de la Paz. Allí, en medio de la fragilidad y del silencio, su sacerdocio alcanzó una hondura especial. Celebraba con respeto, con calma, y después compartía conversación, recuerdos y pequeñas confidencias. Allí se hacía verdad aquello que dice Jesús: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

Su fallecimiento, en el mes de abril, fue vivido con profunda tristeza, pero también con una gratitud serena. Quedó el dolor de la ausencia, sí, pero sobre todo el agradecimiento por una vida bien entregada.

Ahora, a las puertas del séptimo aniversario de su muerte, su recuerdo se vuelve oración. Don Rosendo Yáñez sigue enseñando desde el silencio, sigue anunciando el Evangelio desde la memoria agradecida. Recordarlo antes de la fecha exacta no es adelantar nada: es reconocer que hay vidas que siguen dando fruto incluso antes de que llegue el día señalado.

Lea también

Ferrol, en trenes- y buses- sin destino–(Pepe Fernández del Campo)

Pepe Fernández del Campo (*) En Ferrol el silencio siempre acaba teniendo nombre, aunque tarde …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *