Ricardo Aguilera
Enrique Barrera, a quien conozco por su artículos de opinión, vuelve a responder con un tono medido, casi académico, marcando distancias entre su forma de escribir y la de quienes discrepan con él. Una estrategia comprensible: cuando el fondo es incómodo, el tono se convierte en refugio. Pero conviene no confundir las formas con la razón. Porque, más allá de la corrección estilística, su réplica deja sin responder lo esencial.
Barrera insiste en que no hace ataques personales. Sin embargo, desliza una idea tan amplia como poco precisa: que en Ferrol resulta imposible criticar a la izquierda sin caer en la descalificación. Una afirmación que, por genérica, sirve para todo… y por eso mismo no responde a nada. Porque aquí no se ha cuestionado a personas por capricho, sino decisiones, comportamientos y una manera de entender la política que tiene consecuencias reales.
El núcleo de su planteamiento vuelve a girar en torno al llamado “consenso natural”. Esa expresión, tan amable en apariencia, encierra en realidad una concepción muy concreta del poder interno: la de decidir sin preguntar. Barrera plantea que, en determinadas circunstancias, lo lógico es evitar votaciones internas y optar por acuerdos previos.
Pero la pregunta es inevitable: si ese consenso es tan natural, tan evidente y tan compartido, ¿por qué no someterlo a votación? ¿Qué problema hay en que la militancia se pronuncie?
Y aquí es donde el argumento se debilita. Porque en Ferrol no hablamos de una hipótesis abstracta. Hablamos de una realidad muy concreta: dos nombres sobre la mesa, Eva Martínez Montero y Ángel Mato. Dos trayectorias distintas, dos respaldos distintos y, sobre todo, una militancia que no es homogénea.
Negar la votación en ese contexto no es buscar unidad. Es evitar que esa pluralidad se exprese.
Y conviene decirlo con claridad: hay militantes que no solo discrepan internamente, sino que han llegado a votar opciones distintas en las elecciones municipales por rechazo a determinados liderazgos. No es un secreto, es una realidad que se comenta abiertamente en la calle. ¿También eso forma parte del “consenso natural”? ¿O eso ya no interesa incluirlo en el análisis?
Porque si algo demuestra ese dato es que el problema no es la división visible, sino la división soterrada. La que no se reconoce, la que no se vota y la que, precisamente por eso, acaba trasladándose fuera del partido.
Barrera también recurre a una posición aparentemente prudente al afirmar que no le corresponde airear las dinámicas internas. Sin embargo, sí le corresponde —según parece— interpretarlas cuando encajan con su planteamiento. Se describe un abanico de motivaciones que van desde la amistad hasta la lealtad, pasando por el análisis racional. Todo legítimo, sin duda. Pero también incompleto.
Porque en ese listado falta un elemento clave: el poder. La competencia por el liderazgo, por el control de la organización, por la capacidad de decidir. Omitirlo no lo hace desaparecer; simplemente lo disimula.
Especialmente significativo es su intento de situarse en una posición de centralidad política al elogiar —sin nombrarlos— a concejales del Partido Popular que, según él, podrían formar parte de un gobierno socialista. Un gesto que pretende ser conciliador, pero que funciona como una insinuación calculada. Porque cuando se deja caer la duda sin concretar nombres, no se evita el conflicto: se alimenta.
Es una forma elegante de intervenir en el debate ajeno sin asumir las consecuencias.
Por último, el recurso a los asesores y al personal eventual como indicador de un supuesto nerviosismo electoral completa un argumento que se queda en la superficie. Se menciona, pero no se explica. Se sugiere, pero no se demuestra. Y así, más que un análisis, queda como un intento de construir una percepción.
Pero más allá de todo esto, lo verdaderamente llamativo sigue siendo lo que no aparece en su respuesta: Ferrol. No la idea abstracta de la ciudad, sino su realidad concreta. Sus problemas, sus decisiones, su gestión diaria.
Se habla de estilos, de procedimientos, de cultura política… pero no de lo que afecta directamente a los vecinos.
Y ahí es donde el debate vuelve a su punto de partida. Porque la política local no se mide por la elegancia del discurso, sino por la capacidad de afrontar la realidad. Y esa realidad no se resuelve con consensos que no se votan ni con silencios estratégicos.
Se resuelve dando la palabra a quien corresponde.
Por eso, más allá de matices y de estilos, la cuestión sigue siendo simple: ¿se confía en la militancia o se decide por ella? Todo lo demás —incluida la elegancia— es secundario.
Porque, al final, hay algo que ni el mejor tono puede ocultar: cuando se evita la votación, no se está protegiendo la unidad; se está evitando el veredicto.
Galicia Ártabra Digital Noticias de Ferrol y la comarca de Ferrolterra.