Ricardo Aguilera—El artículo de Enrique Barrera en Galicia Ártabra intenta presentar al PSOE de Ferrol como un ejemplo de pluralidad, debate sano y participación democrática. Una especie de Arcadia política donde todo fluye, todo se debate y todo es sano… salvo cuando uno se acerca demasiado a la realidad.
Porque no, no estamos ante un ejercicio de libertad política. Estamos ante una lucha de poder descarnada, de esas que no salen en los comunicados oficiales pero que cualquiera con un mínimo de contacto con la calle conoce. Militantes que ayer compartían café hoy comparten silencio incómodo. Y no precisamente por exceso de consenso.
Se habla de voz y voto, pero la práctica tiene matices… por decirlo con cierta indulgencia. Listas que se votan y luego se reinterpretan, decisiones que se “ajustan” desde arriba y militantes que descubren que participar es posible, pero decidir no siempre. La libertad interna existe, sí. Como los Reyes Magos: se invoca mucho, pero pocos la han visto de cerca.
Pero lo verdaderamente preocupante no es solo lo que pasa dentro del partido, sino cómo eso se traduce fuera. Porque mientras se reparten equilibrios internos, Ferrol se queda esperando. Y esperando, como bien saben los vecinos, a veces es una forma elegante de no ser atendido.
Un ejemplo claro lo encontramos en determinadas declaraciones que no tienen desperdicio. Como cuando Montserrat Dopico Malde, consideró que Ferrol no era lo suficientemente importante como para acoger un concurso internacional de piano, situándola por debajo de ciudades como Santander. Un detalle sin importancia, claro: solo afecta a la autoestima de toda una ciudad.
Otro ejemplo, mucho más cotidiano, pero igual de revelador: los árboles sin podar, con ramas que llegan a colarse por las ventanas de los vecinos. Una imagen casi poética, si no fuera porque refleja abandono. La naturaleza avanzando donde la gestión retrocede.
Y si hablamos de conexión con la ciudadanía, la última campaña municipal fue especialmente pedagógica. Las calles, siempre tan poco dadas a la retórica, fueron bastante directas. A Ángel Mato se le repetía una pregunta incómoda: si se acordaba de los vecinos solo cuando tocaba pedir el voto. Una duda espontánea, reiterada y, por lo visto, bastante compartida.
Ese es el verdadero barómetro. No los discursos, no las notas de prensa: la calle.
Mientras tanto, dentro del partido, la armonía sigue dando titulares… La confrontación entre Eva Martínez Montero y el entorno de Mato es todo menos un ejemplo de debate enriquecedor. Es, más bien, una competición de posiciones. Y aquí conviene ser justos: Eva Martínez Montero hizo un buen trabajo, trabajó, se implicó y cumplió. Pero, llegado el momento de pasar a la oposición, también optó por buscar su futuro en Madrid. Porque la política local, al parecer, tiene fecha de caducidad para algunos.
Más llamativo aún es el caso Monserrat Dopico Malde . Una incorporación que cae como quien dice “del cielo”, ocupando un espacio que muchos consideran que debería haber sido para quien se lo trabajó desde abajo, como la propia Martínez Montero. Pero ya se sabe: en política, a veces el mérito compite… y pierde.
Y entre tanto movimiento interno, aparece otro perfil digno de estudio: el del ascenso meteórico desde la asociación vecinal al despacho municipal. Personas que comienzan anunciando objetos perdidos o alertando de animales extraviados —labor loable, sin duda— y que, en un giro casi literario, acaban gestionando lo público. Una evolución profesional que desafía cualquier manual… salvo el de la oportunidad.
A esto se suma el ya clásico “político adaptable”. Ese que un día representa el “auténtico” socialismo ferrolano desde la independencia, al siguiente se integra en una lista, después cambia de bando y finalmente aterriza donde haya opciones. Ideología líquida, podríamos decir. Siempre fluye hacia el poder.
Y mientras tanto, los militantes de base —los de verdad, los que trabajan— quedan fuera del foco. No deciden, no ocupan puestos y, en ocasiones, ni siquiera cuentan. Eso sí, en campaña siempre hay espacio… para repartir folletos.
La doble vara de medir tampoco decepciona. Militantes anónimos pueden ser expedientados por discrepar, pero figuras como Felipe González o Emiliano García Page opinan con total libertad sin consecuencia alguna. Libertad interna, sí… pero con escalafón.
Al final, lo que queda es una sensación difícil de maquillar. Ferrol no es el centro de la política. Es el decorado. El escenario donde se representa una obra cuyo guion real se escribe en otra parte: en los equilibrios internos, en los nombres de las listas, en la lucha constante por la silla.
Por eso sorprende —o quizá ya no tanto— que se intente vender todo esto como un ejemplo de democracia interna. No lo es. Es, como mucho, una versión optimista de una realidad bastante menos elegante.
Así que no, señor Barrera, no estamos ante un modelo de libertad política. Estamos ante algo mucho más reconocible: un sistema donde la prioridad no es el ciudadano, sino la supervivencia política.
Y quizá convendría recordar algo elemental: fuera de este mundo, la mayoría de la gente no compite por cargos. Compite por trabajar, por mantenerse y por salir adelante sin red. Algo que, visto lo visto, parece bastante más exigente.
Galicia Ártabra Digital Noticias de Ferrol y la comarca de Ferrolterra.
Bravo, Ricardo. Estos personajes tendrán que recoger los escombros del partido _ que ellos mismos están destruyendo- con una paleadora