José Carlos Enríquez Díaz
Hay que tener una audacia política fuera de lo común —o una memoria selectiva digna de estudio clínico— para que el entorno de Ángel Mato pretenda ahora dar lecciones de gestión en Ferrol. No es solo incoherencia: es directamente una parodia que roza el insulto a la inteligencia de cualquiera que haya vivido la ciudad en los últimos años.
Porque lo que se vivió durante su mandato no fue una sucesión de errores puntuales ni una mala racha administrativa: fue un modelo de gobierno. Un modelo donde la inacción no era la excepción, sino la norma; donde los problemas no se resolvían, se dejaban envejecer. Ferrol no sufría retrasos: estaba instalada en el retraso como forma de gestión. Mientras tanto, en los despachos se perfeccionaba una rutina tan previsible como desesperante: anunciar, posponer, justificar… y volver a empezar.
Hoy escuchamos hablar de accesibilidad y seguridad vial con una solemnidad casi pedagógica, como si se tratara de descubrimientos recientes. Pero la realidad que recuerdan los vecinos es bien distinta. Cualquier intervención básica se convertía en un laberinto burocrático del que rara vez se salía a tiempo. Las bandas sonoras de Canido son el ejemplo perfecto: lo que debería haber sido un trámite ágil y casi automático terminó convertido en una especie de serie por capítulos, con promesas recurrentes y soluciones que nunca llegaban cuando se necesitaban. No fue un retraso puntual; fue una tomadura de pelo sostenida en el tiempo.
Y si hay un ámbito donde la gestión del pasado gobierno alcanza niveles casi caricaturescos es el de Medio Ambiente. El Parque Reina Sofía y los jardines de Herrera, dos espacios emblemáticos de la ciudad, se transformaron durante aquellos años en el mejor reflejo de una política basada en la dejadez. No se trataba de episodios aislados de falta de mantenimiento: era abandono estructural. Vegetación descontrolada, acumulación de suciedad, zonas deterioradas y una respuesta municipal que siempre llegaba tarde, mal o nunca. Los vecinos no pedían mejoras ambiciosas; pedían lo básico. Y ni siquiera eso se garantizaba sin insistencia constante.
Aquello no era simplemente una mala gestión de zonas verdes; era una metáfora perfecta del conjunto de la ciudad.
Una administración que funcionaba a remolque, incapaz de anticiparse, y que solo reaccionaba cuando la presión vecinal se hacía imposible de ignorar. Mientras tanto, los problemas crecían —literal y figuradamente— sin que nadie pareciera dispuesto a asumir la responsabilidad de atajarlos.
Lo verdaderamente llamativo no es ese pasado, que ya de por sí resulta suficientemente elocuente, sino la facilidad con la que ahora se pretende reescribir. Ese salto sin red desde la inacción más evidente a la exigencia más altiva. Los mismos que normalizaron la lentitud, que convirtieron la burocracia en excusa y el abandono en paisaje habitual, se presentan hoy como adalides de la eficacia y la diligencia. Exigen rapidez, rigor y compromiso como si su propio historial no existiera, como si Ferrol no tuviera memoria.
Pero la tiene. Y es precisamente esa memoria la que convierte el discurso actual en algo más que contradictorio: lo convierte en cínico. Porque no se puede reclamar ahora lo que antes se ignoró sistemáticamente. No se puede exigir excelencia después de haber institucionalizado la mediocridad administrativa. No se puede dar lecciones cuando el expediente propio está lleno de páginas en blanco… o peor aún, de páginas mal escritas.
Ferrol no necesita relatos interesados ni revisionismos oportunistas. Necesita asumir lo que fue para poder exigir lo que debe ser. Y, sobre todo, necesita que quienes aspiran a ejercer de fiscalizadores empiecen por hacer un ejercicio mínimo de honestidad: reconocer que durante demasiado tiempo la ciudad no estuvo a la altura de sus vecinos no por falta de recursos, sino por falta de gestión.
Lo demás —las críticas grandilocuentes, los discursos de exigencia, la pose de vigilancia constante— no es oposición. Es oportunismo con mala memoria.
Y eso, en una ciudad que lo ha sufrido en sus calles, ya no cuela, y al final terminarán pagándolo ya saben donde dentro de un año.
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