Rosalía de Castro y Pardo Bazán, dos miradas gallegas contra el nacionalismo

Pepe Fernández del Campo (*) 

Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán fueron dos maneras distintas, casi opuestas, de pertenecer profundamente a Galicia. Una llegó desde la herida, la lengua de los humildes y la morriña convertida en canto. La otra, desde la mirada crítica, la gran prosa española y la severidad de quien conoce demasiado bien una tierra como para mentir sobre ella.

Rosalía escuchó la pena de los que se iban. Emilia examinó la casa de los que se quedaban. Una cantó Galicia desde dentro del dolor. La otra la narró desde la inteligencia literaria.

Las dos comparten un destino extraño. Cada una a su modo terminó compareciendo ante el tribunal de la galleguidad, ese tribunal pequeño y recurrente que algunos levantan para decidir quién ama bien a Galicia, quién puede nombrarla y quién debe ser colocado bajo sospecha. No Rosalía contra Emilia. No Galicia contra España. No la lengua gallega contra la lengua española. Ahí está el verdadero asunto, la tentación de convertir una tierra en propiedad moral, de confundir el amor con la obediencia y la identidad con una credencial expedida por quienes se creen autorizados a repartir certificados de pureza.

 Galicia se escapa cuando se la reduce a consigna. Se escapa como la niebla por las corredoiras, como el rumor de la Santa Compaña cuando atraviesa la noche. Galicia no es solo una lengua, también es una forma de mirar, una música triste que no siempre está en las palabras y una lealtad que a veces se lleva dentro sin necesidad de exhibirla.

La realidad incómoda de Rosalía

Rosalía ha sido tantas veces vestida de símbolo que cuesta volver a verla como mujer. Antes que estatua fue herida. Dio dignidad poética a una lengua relegada al hogar y al campo. Escuchó al pobre, al emigrante, al humillado, al que marchaba con la maleta pobre y la pena larga.

Pero Rosalía no fue dócil. En 1881 publicó en El Imparcial unos artículos titulados ‘Costumbres gallegas’. En ellos habló de la costa, de la vida marinera y de ciertos usos antiguos. Entre ellos apareció una costumbre oscura, vinculada a algunas zonas costeras, según la cual ciertas familias habrían permitido que un marinero forastero pasase la noche con una mujer de la casa como forma extrema de hospitalidad. Aquello provocó escándalo en determinados ambientes gallegos.

Rosalía no escribía aquello para burlarse de Galicia ni para mancharla. Miraba una realidad incómoda, nacida entre la pobreza, el mar y una concepción remota de la hospitalidad. Pero para quienes confunden amor con propaganda, contar una sombra equivale a traicionar la luz.

Entonces apareció el reproche. La gran voz de Galicia debía, al parecer, rehabilitarse ante Galicia. La carta a Murguía conserva intacta la fuerza de esa herida. Rosalía se indigna ante quienes dicen que debe justificarse y pregunta «¿Rehabilitarme de qué?». Poco después deja escrita aquella frase amarga en la que asegura que no volverá a escribir nada en «nuestro dialecto». Esa frase no expresa desprecio a Galicia, expresa cansancio ante quienes pretendían hablar en nombre de Galicia contra una de sus mayores escritoras.

La paradoja es inmensa. La mujer después convertida en madre simbólica de Galicia fue acusada en vida de dañar a Galicia por hablar de Galicia sin maquillaje. La misma autora que dio altura literaria a la lengua gallega terminó dolida por quienes le exigían una especie de certificado moral.

Las sombras de la Galicia de Emilia

Emilia Pardo Bazán llega por otro camino, pero acaba ante el mismo tribunal. Era coruñesa, aristócrata, cultísima, española sin complejo y gallega sin pedir licencia. Escribió Galicia en español y la escribió con una intensidad que no necesita traducción sentimental.

A Emilia no se la podía convertir fácilmente en estampita. No servía para una Galicia uniforme, obediente y siempre enfrentada a lo español. Su Galicia no era postal ni consigna. Era barro, deseo, decadencia, brutalidad, rezos, caciques, pazos húmedos, caminos difíciles y una naturaleza que parecía más antigua que los hombres.

En Los Pazos de Ulloa hay literatura, no propaganda gallega, y por eso hay verdad. Pardo Bazán mira Galicia sin incienso, sin obligación de embellecerla, sin pedir perdón por conocer sus sombras. El pasaje del cruceiro lo resume bien. Emilia lo describe primero como una obra tosca, salida de un cantero con pretensiones de escultor. Pero enseguida reconoce que, en aquel sitio y a aquella hora, resultaba poético y hermoso. Ve la tosquedad de la piedra y, al mismo tiempo, el misterio que la salva.

El tribunal de la galleguidad

A Rosalía se le reprochó haber contado una costumbre incómoda. A Emilia se le reprocha todavía haber escrito una Galicia demasiado española, demasiado en español, demasiado universal. En ambos casos actúa la misma pobreza de fondo, la de quienes confunden amor con obediencia, la de quienes creen que una tierra se defiende ocultando sus sombras, la de quienes convierten la identidad en examen.

Esa es la conexión profunda entre las dos. Rosalía demuestra que la lengua gallega no pertenece a quienes quieren administrarla como propiedad ideológica. Emilia demuestra que Galicia también puede escribirse en español sin dejar de ser Galicia.

Conviene evitar los anacronismos. En tiempos de Rosalía no existían los partidos ni las organizaciones que hoy se presentan como intérpretes oficiales de Galicia. Pero sí existía ya una tentación que ha sobrevivido hasta nuestros días, hablar en nombre del país para corregir, vigilar o excluir a quien no ofrece la imagen conveniente.

Galicia, sin embargo, nunca ha sido una sola cosa. Es la lengua de Rosalía y la prosa española de Emilia. Es el pazo y la cocina pobre. Es el cruceiro tosco que, a determinada hora, se vuelve hermoso. Es la morriña y el juicio sereno, la ternura y la ironía.

Por eso no conviene levantar aduanas sentimentales contra todo lo que suene a España. Se puede amar Galicia desde el gallego y desde el español. Se puede defender la lengua gallega sin convertirla en prueba de pureza. Se puede escribir Galicia en español sin desertar de ella. Se puede criticar lo gallego desde dentro, como hizo Emilia. Se puede dolerse de Galicia hasta el cansancio, como hizo Rosalía.

Rosalía y Pardo Bazán son incómodas porque las dos rompen el molde. A Rosalía no se la puede reducir a madre dócil de una Galicia enfrentada a España, porque su propia vida demuestra que sufrió la vigilancia de quienes pretendían hablar en nombre del país. A Emilia no se la puede expulsar del corazón gallego por escribir en español, porque pocas plumas han convertido Galicia en una materia literaria tan poderosa.

Las dos dicen lo mismo desde lugares distintos. Amar Galicia no exige mentir sobre Galicia. Pertenecer a una tierra no obliga a obedecer a quienes la vigilan.

Y de ahí nace la moraleja. Una tierra no se ama más por vigilarla más. No se engrandece empequeñeciéndola. No se defiende convirtiéndola en frontera. Galicia pertenece a quienes la llevan dentro sin someterla a examen, a quienes saben que una cultura viva necesita memoria, libertad y verdad, no comisarios.

Por eso Rosalía y Emilia siguen siendo necesarias. Porque recuerdan que ninguna tierra grande cabe en una consigna. Que ninguna lengua noble debería ser garrote. Que ninguna pertenencia verdadera necesita tribunal. Y que ninguna marea ha pedido nunca permiso a quienes trazan fronteras sobre la espuma.

 
(*) Pepe Fernández del Campo es licenciado en Derecho y profesor universitario y de escuelas de negocios

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