José Carlos Enríquez Díaz
En un momento en el que la política local debería centrarse en soluciones, gestión y futuro, resulta especialmente acertado el análisis de José Luis Álvarez en Galicia Ártabra, al poner el foco en una realidad cada vez más evidente: en Ferrol, el ruido político está sustituyendo peligrosamente al proyecto político.
La oposición ha optado por una estrategia clara: ataque constante, desgaste diario y un relato repetitivo que gira siempre en torno a las mismas ideas. Pero lejos de lograr su objetivo, este enfoque empieza a mostrar síntomas de agotamiento. Cuando la crítica se convierte en rutina, deja de ser creíble y pasa a ser previsible.
Y es ahí donde aparece el problema de fondo: la falta de autocrítica. Tras una pérdida de confianza por parte de la ciudadanía, lo esperable sería una reflexión profunda. Sin embargo, lo que se percibe es justo lo contrario: una huida hacia adelante, acompañada de reproches implícitos a los propios votantes. Como si el problema no estuviera en la acción política, sino en quien la evalúa.
Pero la ciudadanía no falla: elige. Y lo hace en función de resultados, cercanía y credibilidad. Por eso algunos liderazgos se consolidan durante años, mientras otros entran y salen sin lograr arraigo. No es cuestión de suerte, sino de coherencia.
En este contexto, hay movimientos que llaman especialmente la atención. Regresos que no responden a un proceso natural, sino a cambios de ciclo en otros escenarios políticos. Figuras que se alejan cuando las expectativas son favorables en otros ámbitos y que, sin embargo, vuelven a situarse en primera línea cuando el panorama se complica fuera.
No hace falta dar nombres para que se entienda. En Ferrol se conoce bien ese tipo de trayectorias. Perfiles que aparecen y desaparecen. Y lo hacen, además, intentando presentarse como renovación, cuando en realidad forman parte de dinámicas ya conocidas, son caras conocidas y repetidas, basta seguir con atención los plenos municipales.
Ese tipo de movimientos no transmiten fortaleza, sino todo lo contrario: proyectan inseguridad y oportunismo. Porque la política municipal no debería ser un plan alternativo ni un lugar al que regresar o de continuar cuando otros caminos se estrechan. Ferrol no es una estación de paso ni un refugio temporal.
Y mientras tanto, el discurso sigue centrado en el ataque. En señalar al adversario, en cuestionar sus intenciones, en insinuar futuros movimientos… Todo menos lo esencial: presentar un proyecto sólido y creíble para la ciudad.
La experiencia demuestra que esta estrategia tiene un efecto claro: refuerza al gobierno en lugar de debilitarlo. El conocido “efecto de cierre de filas” se activa cuando los ciudadanos perciben que la crítica no es constructiva, sino insistente y vacía. Y entonces ocurre lo inevitable: la oposición pierde fuerza y el gobierno gana estabilidad.
Además, la memoria colectiva sigue ahí. Episodios de gestión pasada, decisiones que llegaron tarde, actuaciones que solo se ejecutaron bajo presión vecinal… Todo eso forma parte del recuerdo de los ciudadanos. Y pretender reescribirlo sin asumir responsabilidades solo añade más desgaste.
Como advertía Sócrates, el problema de la democracia no es el debate, sino su degradación. Cuando la política se convierte en ruido, deja de ser útil. Y en Ferrol, ese riesgo es cada vez más evidente.
Por eso el análisis de José Luis Álvarez no solo es acertado, sino necesario. Porque pone el foco donde realmente importa: en la diferencia entre hacer política y hacer ruido.
En definitiva, Ferrol necesita compromiso real, no regresos o continuidades estratégicas. Necesita propuestas, no ataques. Y, sobre todo, necesita dirigentes que entiendan que la confianza de los ciudadanos no se recupera con titulares, sino con coherencia.
Porque cuando la política se convierte en un juego de idas y vueltas, lo que pierde no es un partido u otro: pierde la ciudad.
Galicia Ártabra Digital Noticias de Ferrol y la comarca de Ferrolterra.