Pedro Sande García
Seguro que han utilizado en más de una ocasión la expresión francesa déjà vu. Es una expresión con una sonoridad melódica y armoniosa, como ocurre con todo el idioma francés. El francés no solo ha sido el idioma de la diplomacia –sustituido, por razones de vulgar practicidad, por el frío e inexpresivo inglés-; también es el idioma de la cortesía, o por lo menos así es como a mí me suena en boca de los habitantes del país vecino.
En alguna ocasión mi mente ha dirigido la escritura por caminos que nada tienen que ver con el objetivo de mis crónicas, esta vez ni siquiera me ha dejado empezar. Ha ocurrido que, mientras quiero escribir sobre la bondad y la maldad, no dejo de pensar que es un tema déjà vu. Recurro a mis archivos y descubro que en mayo de 2021 ya escribí una crónica que llevaba por título Bondad y Maldad, además de ser un tema recurrente en otros artículos. Quizás esté algo obsesionado con estas dos características antónimas del ser humano.
En esta ocasión, el título de la crónica tiene su origen en todo lo que ha sucedido alrededor del reciente episodio que se produjo en el crucero en el que viajaba el mortífero pasajero del hantavirus. Todo lo ocurrido me llevo a la siguiente reflexión y posterior afirmación: la bondad del ser humano es directamente proporcional a su maldad. ¿Qué opinan ustedes sobre este pensamiento? Yo nunca he tenido dudas al respeto. Algunos pensarán que mi forma de pensar tiene una profunda carga pesimista. Sin embargo, creo que se trata de una reflexión que refleja la realidad que nos rodea y que se ha visto ratificada por los sucesos que se produjeron en el barco del hantavirus. En el momento de escribir esta crónica lo ocurrido en el crucero ya parece agua pasada, cerrado con alabanzas de la comunidad internacional hacia la gestión realizada por España, aunque la alerta sigue abierta ante los pasajeros que continúan contaminados.
Nunca he tenido dudas de que el rescate de las personas que viajaban en el MV Hondius era una obligación moral y humanitaria, algo compatible con la adopción de las medidas de seguridad necesarias para impedir la propagación del contagio, incluyendo a los ratones imitadores de Mark Spitz y Michael Phelps. El rescate, entendido como acción humanitaria, se convirtió en una operación logística en la que los afortunados viajeros tuvieron la suerte de encontrarse a bordo de un crucero de lujo. De haber viajado en un cayuco, todos los rastros de bondad humana se hubieran convertido en pura y simple maldad. En este caso, los pasajeros de la embarcación, habrían dejado de ser blancos occidentales para convertirse en inmigrantes apestados, arrastrados, sin ningún tipo de miramiento humanitario, a alguna isla de leprosos. Si esto ya ocurre con inmigrantes sanos, me imagino lo que el ’’bondadoso’’ ser humano haría en el caso de que estuvieran contagiados con alguna enfermedad mortífera.
Dirán ustedes que soy un exagerado y seguro que no se reconocerán como los malos en el lienzo que acabo de pintar. Yo también lo pienso, aunque no tengo duda de que, como colectivo, en muchas ocasiones nos convertimos en seres abominables ¿Será un síntoma de Doctor Jekyll individual y Edward Hyde colectivo? Aun así, no me olvido de todos aquellos que, de forma individual, también se comportan como el terrible y psicópata Hyde.
¿Recuerdan la infinita de recursos que el primer mundo invirtió para aislar y eliminar el maldito coronavirus? Aquello supuso la creación de vacunas en tiempo record, que estuvieron a disposición de millones de personas y permitieron aliviar la tragedia y el sufrimiento provocados por aquella terrible pandemia.
Verán que esta crónica está llena de interrogantes, quizás sea una forma de reafirmarme en las respuestas. ¿Qué habría ocurrido, si en vez de coronavirus, se hubiese llamado malaria?, el resultado hubiese sido lo mismo. El primer mundo tampoco permitiría que sus afortunados ciudadanos fuesen liquidados por una enfermedad que,
anualmente, mata en sus países de origen a algo más de 600.000 apestados que solo pueden viajar en cayuco.
Si desalentador es lo que acabo de escribir, repugnante es el comportamiento de cierta clase política que utilizan todas estas desgracias para atacar a quienes no piensan como ellos. Pero no volcaré toda esa repugnancia solo en la clase política; al fin y al cabo también hay ingenieros, futbolistas, abogados, albañiles, cocineros, consultores, camareros, nadadores, horticultores, economistas…que se comportan como Edward Hyde.
El tema de la política da para muchos artículos, ninguno de los cuales será firmado por mí, ya que política y fútbol son temas que he vetado en el placer que me supone compartir estás crónicas con ustedes.
Cuídense mucho.
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