Ferrol no es un refugio: cuando la política se convierte en táctica de ida y vuelta–(Ricardo Aguilera)

Ricardo Aguilera-Deseando pasar un mes de julio dedicado al descanso uno no puede dejar pasar por alto los aconteceres políticos de la ciudad de la que formo parte aun no habiendo nacido en ella. Ferrol merece la atención de los ciudadanos porque si queremos que progrese no debemos estar callados. Y he aquí que en estos últimos tiempos, turbulentos a nivel estatal, por estos lares hay más que una movida. Pongo una pequeña lanza y espero que sea más positiva que la de don Quijote contra los molinos de viento.

En un momento en el que la política local debería centrarse en soluciones, gestión y futuro, en Ferrol se impone cada vez más otra dinámica: el ruido. Un ruido constante, repetitivo, que pretende sustituir al proyecto político pero que, con el tiempo, acaba revelando sus propias limitaciones.

La oposición ha elegido ese camino, por cierto muy cansino y que a la larga y a la corta se vuelve y volverá contra ell@s. Desgaste diario, crítica permanente y un relato que gira siempre sobre los mismos argumentos. Pero cuando todo es crítica, nada destaca. Y cuando nada destaca, la estrategia deja de convencer para convertirse en rutina.

El problema de fondo no es ese, sino otro más profundo: la ausencia de autocrítica. Tras perder la confianza de los ciudadanos, lo razonable sería revisar errores, analizar decisiones y reconstruir un proyecto. En lugar de eso, se insiste en una huida hacia adelante en la que, de forma más o menos disimulada, la responsabilidad parece recaer en quien vota y no en quien actúa.

Pero la ciudadanía no falla: elige. Y lo hace con memoria, con criterio y con una idea bastante clara de quién está y quién aparece.,  como suele decirse..la ciudadanía no es tonta, por muchos caramelos envenenados que determinados políticos estén ofreciendole.

Por eso llaman la atención determinadas trayectorias. Y especialmente la de Eva Martínez Montero.

Después de más de seis años en el Concello, su salida hacia Madrid se presentó como un paso lógico dentro de una carrera política en crecimiento. Un salto a estructuras de mayor peso, con más visibilidad y mayor capacidad de influencia, incluso mayor sueldo. Nada que objetar. De hecho, ese tipo de movimientos suelen ir acompañados de un discurso perfectamente reconocible: compromiso intacto con la ciudad, vínculo permanente y la promesa implícita de no perder nunca el contacto con el origen.

El matiz siempre está en el “mientras tanto”

Porque no deja de ser significativo que quien en su momento no mostró disposición a asumir determinados liderazgos locales empiece ahora a contemplarlos en un contexto muy distinto. No cuando las condiciones eran favorables, sino precisamente cuando el escenario ha cambiado, cuando el panorama nacional introduce incertidumbre y cuando las posiciones dejan de ser tan sólidas como parecían.

Es entonces cuando Ferrol vuelve a entrar en la ecuación.

No como prioridad sostenida en el tiempo, sino como posibilidad que gana peso en función de las circunstancias. Como opción que aparece cuando otras pierden claridad. Como destino que deja de ser pasado para convertirse, de nuevo, en presente.

Y ahí es donde la política deja de parecer un proyecto y empieza a parecer cálculo.

Porque no se trata de cambiar de etapa, algo perfectamente legítimo, sino de la sensación de que ese cambio no responde a una convicción firme, sino al momento en el que se produce. A la oportunidad. Al contexto. 

Ferrol no debería ser eso. No es un espacio al que se vuelve cuando conviene, ni una posición a la que se recurre cuando otras se debilitan. Es una ciudad que necesita estabilidad, dirección y compromiso real, no trayectorias intermitentes.

Mientras tanto, el discurso sigue instalado en lo de siempre: señalar al adversario, anticipar movimientos, insinuar intenciones. Todo menos lo esencial: presentar una alternativa sólida, creíble y sostenida en el tiempo.

La experiencia demuestra que esta forma de hacer política tiene un efecto claro. Cuando la crítica se percibe como constante pero vacía de propuesta, los ciudadanos reaccionan cerrando filas. Y así, lo que pretendía debilitar al gobierno termina reforzándolo. Esto no es el juego de la ruleta.

A eso se suma un factor que nunca desaparece: la memoria. Decisiones tardías, etapas de gestión discutidas, momentos que forman parte del recuerdo colectivo. Pretender reaparecer sin pasar por ese filtro no refuerza ninguna posición, sino que la expone aún más.

Como advertía Sócrates, el problema de la democracia no es el debate, sino su degradación. Y cuando la política se convierte en un ejercicio de oportunismo percibido, deja de ser útil para convertirse en ruido.

Ferrol no necesita ruido. Necesita claridad.

Necesita dirigentes que no tengan que explicar cuándo están, cuándo se van o cuándo vuelven, sino que estén. Sin matices, sin cálculos y sin depender del viento que sople fuera.

Porque cuando una ciudad se convierte en una opción más dentro de una carrera política, lo que se pone en cuestión no es solo una trayectoria individual, sino el respeto al propio proyecto colectivo.

Y en ese punto, la política deja de ser ida y vuelta para convertirse, simplemente, en falta de rumbo. 

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