Más allá del presbiterio: el horizonte abierto del laicado-(José C. Enríquez Díaz)

José Carlos Enríquez Díaz

La próxima institución de lectores, acólitos y catequistas en la catedral de Mondoñedo es, sin duda, un motivo de alegría y de esperanza para la Iglesia diocesana de Mondoñedo-Ferrol. En un tiempo marcado por la escasez de vocaciones y por profundos cambios sociales, ver a fieles laicos dar un paso al frente, formarse y asumir responsabilidades visibles en la vida eclesial es un signo de vitalidad. Es justo reconocer también que esta iniciativa, impulsada con prudencia y sentido pastoral por nuestro obispo, abre un camino sereno y necesario para una mayor implicación del laicado, algo especialmente valioso en una Iglesia que quiere crecer con paso firme.

Conviene subrayar que este gesto no es menor. Formalizar y acompañar ministerios que ya existían de hecho es un acto de justicia eclesial. Durante décadas, catequistas, lectores y colaboradores han sostenido la vida parroquial con generosidad silenciosa. Darles ahora un reconocimiento explícito, una formación más sólida y un envío litúrgico no solo dignifica su servicio, sino que fortalece la corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios.

Sin embargo, junto a esta legítima satisfacción, surge también una pregunta que merece ser planteada con respeto y honestidad: ¿es este un punto de llegada o más bien un punto de partida? Porque, si bien estos ministerios son importantes, no agotan ni definen plenamente la vocación del laico en la Iglesia.

La historia misma del cristianismo nos recuerda que la distinción entre clero y laicado no siempre se vivió como hoy. En los primeros tiempos, la comunidad cristiana tenía una conciencia más directa de su participación común en la misión. Con el paso de los siglos, se fue configurando una estructura más definida, donde el ordo clericalis asumió funciones específicas mediante la ordenación, diferenciándose del laos, el pueblo. Este desarrollo fue necesario y enriquecedor, pero también ha llevado, en ocasiones, a una cierta pasividad del laicado, como si su papel quedara reducido a colaborar dentro del templo.

Frente a esto, el Concilio Vaticano II supuso un redescubrimiento decisivo: la vocación propia del laico no se limita al ámbito intraeclesial, sino que se despliega en el corazón del mundo. Su misión no es solo ayudar en la liturgia, sino transformar la realidad desde dentro: la familia, el trabajo, la cultura, la política, la economía. Como recuerda el Evangelio, “vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13-14), una llamada que sitúa al creyente precisamente en medio de la vida, no al margen de ella.

Por eso, existe un riesgo que conviene evitar con delicadeza: reducir el protagonismo del laico a funciones cercanas al altar. Cuando esto ocurre, puede surgir, sin quererlo, una especie de “clericalización del laico”, donde parece que el compromiso cristiano adquiere valor solo cuando se reviste de formas litúrgicas o estructuras internas. Y no es así. El laico no necesita parecerse al clero para ser plenamente Iglesia.

En una diócesis como Mondoñedo-Ferrol, marcada por el envejecimiento, la dispersión rural y desafíos sociales significativos, esta reflexión adquiere un peso especial. La Iglesia no puede limitarse a organizar bien el culto; está llamada a salir, a hacerse presente en las periferias humanas. Ahí es donde el laicado tiene un papel insustituible.

En este sentido, la iniciativa actual puede y debe interpretarse como una semilla, no como un techo. El mismo impulso que ha llevado a instituir estos ministerios puede abrir, en el futuro, nuevas formas de servicio reconocidas y acompañadas. El Papa Francisco insistió en la necesidad de una Iglesia en salida, capaz de escuchar, acompañar y sanar. Desde esa perspectiva, ¿por qué no imaginar ministerios laicales orientados explícitamente hacia el acompañamiento del duelo, la soledad, la mediación familiar o la acción social?

No se trata de sustituir lo que ahora se ha puesto en marcha, sino de ampliarlo. De pasar de una Iglesia que organiza a una Iglesia que también envía. De reconocer no solo a quien proclama la Palabra en el templo, sino también a quien la encarna en la vida cotidiana, en medio de las dificultades reales de la gente.

El camino elegido por nuestro obispo merece ser valorado en su justa medida. Ha optado por un avance prudente, que construye sin romper, que suma sin dividir. Y eso, en la vida eclesial, no es poca cosa. La prudencia, lejos de ser una limitación, puede ser la garantía de que los pasos dados sean firmes y duraderos.

Pero precisamente por eso, porque el paso es firme, se abre ahora la posibilidad de seguir caminando. Este Pentecostés puede ser leído no como una meta alcanzada, sino como el inicio de una etapa más amplia y creativa, donde el laicado descubra cada vez más su lugar propio y su responsabilidad en la misión.

En definitiva, la Iglesia necesita las dos dimensiones del laico: la que se nutre en la liturgia y la que se despliega en la vida. La que escucha la Palabra y la que la hace carne en el mundo. Si ambas caminan juntas, la comunidad crece; si una falta, el paso se vuelve inseguro.

Por eso, celebremos con gratitud este momento. Acompañemos a quienes serán instituidos. Pero no dejemos de mirar más allá. Porque el verdadero horizonte del laicado no termina en el presbiterio: comienza, precisamente, cuando sale de él hacia la vida.

 

Lea también

XV aniversario de Galicia Ártabra–A crise da radio como semente dun xornal dixital (Xan Morales)

Xan Morales O ano 2011 foi clave no xornalismo dixital en Ferrolterra. Eu, xunto con …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *