José Rey Kochinke: un sacerdocio de cercanía con la huella de Gabriel Vázquez Seijas-(José C. Enríquez Díaz)

José Carlos Enríquez 

Hablar de la trayectoria de José Rey Kochinke es hablar de un sacerdocio construido desde la constancia, la cercanía y una forma muy concreta de estar en la vida de las personas. Su figura, imponente en lo físico, refleja también algo que quienes lo conocen destacan sin dudar: tan grande como su presencia corporal es la grandeza de su corazón, hecho de entrega, paciencia y servicio discreto. En su 25º aniversario de ordenación, su testimonio no es solo el de un sacerdote con responsabilidades diocesanas, sino el de alguien que ha sabido hacer de lo cotidiano un lugar de encuentro con Dios y con los demás.

Ordenado en Mondoñedo en 2001, José Rey ha desarrollado su ministerio en ámbitos diversos: la docencia, la restauración del patrimonio, la pastoral diocesana y hoy también responsabilidades como delegado episcopal de Pastoral de la Carretera, miembro del Consejo Nacional de la Conferencia Episcopal y presidente de Cáritas en la UPA Ferrol-Rural. Sin embargo, quienes lo conocen bien saben que su verdadera identidad no está en los cargos, sino en su capacidad de estar cerca de la gente, de escuchar y de acompañar sin estridencias.

Cuando habla de su vocación o de su camino sacerdotal, no lo hace desde la teoría, sino desde la vida concreta. Recuerda las dificultades de un ministerio exigente: parroquias dispersas, soledad, sobrecarga de tareas, tensiones entre lo que la Iglesia propone y lo que la gente vive. Pero junto a eso, siempre aparecen las alegrías: las visitas a las casas, las conversaciones sencillas, el acompañamiento en momentos difíciles, la vida compartida en las parroquias rurales. En ese equilibrio entre esfuerzo y gratitud se ha ido forjando su identidad sacerdotal.

Su historia personal no puede entenderse sin la presencia de quienes lo acompañaron en su camino. Entre ellos destaca de manera especial la figura de Gabriel Vázquez Seijas, sacerdote profundamente recordado en la diócesis de Mondoñedo-Ferrol. Gabriel no fue solo un formador o un referente institucional: fue, para muchos, un verdadero pastor con olor a pueblo, cercano, valiente, implicado en la vida real de la gente, especialmente de los más humildes. Su trabajo en barrios como Canido, su compromiso con los jóvenes, su lucha por la dignidad de los trabajadores y su impulso de iniciativas sociales como el albergue de San Juan de Esmelle lo convirtieron en una figura querida y respetada.

En su reciente visita a Roma

José Rey no solo lo conoció: lo vivió como acompañante en su proceso vocacional. En él encontró un modelo de sacerdote que no separaba fe y vida, que entendía el Evangelio como algo encarnado en lo cotidiano. Ese legado sigue vivo en su forma de ejercer el ministerio: una Iglesia cercana, que no se impone desde la distancia, sino que camina al lado de las personas.

Quienes han compartido vida con José Rey destacan también su humanidad sencilla. No hay en él distancia ni artificio. Es un hombre directo, de conversación fácil, con una presencia que impone pero que pronto se vuelve cercanía. En lo personal, hay recuerdos que hablan más que cualquier análisis. Uno de ellos, especialmente significativo, lo sitúa en los primeros tiempos de su ministerio sacerdotal, recién ordenado, en un momento difícil de mi vida. En una conversación aparentemente sencilla, tomando un café, fue él quien me dijo con serenidad difícil de olvidar: “José Carlos, Dios te quiere”. No fue una frase improvisada ni una simple expresión de ánimo, sino una palabra pronunciada con la naturalidad de quien ha interiorizado profundamente el Evangelio. Aquel gesto, sencillo y a la vez decisivo, se convirtió en una de esas huellas interiores que permanecen con el paso de los años, porque no hablaba solo al momento, sino al sentido mismo de la vida. En esa frase cabía toda una teología vivida: la certeza de que la existencia humana está sostenida por un amor previo, gratuito y permanente.

Ese tipo de gestos explica mejor que cualquier discurso lo que ha sido su ministerio: un sacerdocio que no se apoya en grandes palabras, sino en pequeñas presencias que sostienen la vida de los demás. Y ahí se conecta de forma natural con la herencia de Gabriel Vázquez Seijas, que entendía la pastoral como una presencia constante, sin protagonismos, hecha de visitas, escucha y compromiso real con la gente.

José Rey recuerda también la importancia de los jóvenes, de los grupos parroquiales, de los encuentros diocesanos y del trabajo en Cáritas. En todos esos espacios ha intentado mantener viva una forma de Iglesia que no se encierre en sí misma, sino que salga al encuentro. Esa sensibilidad hacia la realidad social, especialmente en el mundo rural, lo acerca también al espíritu de Gabriel, que no dudaba en implicarse en los problemas concretos de su tiempo, incluso cuando eso suponía incomodidad o conflicto.

En su reflexión sobre la sociedad actual, José Rey habla de soledad, de familias rotas, de dificultades existenciales y de una cierta desconexión de la fe. Pero no lo hace desde el juicio, sino desde la preocupación pastoral. Su respuesta no es la nostalgia ni la crítica fácil, sino la apuesta por la escucha, el acompañamiento y la renovación de los lenguajes para poder llegar mejor a las personas.

En ese sentido, su vida sacerdotal se presenta como un equilibrio entre tradición y presente, entre fidelidad y adaptación. No busca protagonismo, pero su figura se ha convertido en referencia para muchos por algo muy sencillo: su coherencia de vida. Una coherencia que no se construye en discursos, sino en años de presencia constante, de fidelidad en lo pequeño y de entrega silenciosa.

Al mirar su recorrido, se percibe una continuidad clara: la de un sacerdote que ha sabido recoger una herencia y hacerla suya. La herencia de Gabriel Vázquez Seijas, con su estilo directo, su compromiso social y su cercanía radical, sigue latiendo en su forma de entender el ministerio. Y en esa continuidad se percibe algo más profundo: la idea de que el Evangelio solo se hace creíble cuando se vive con sencillez, cercanía y amor concreto por las personas.

Quizá por eso, al hablar de José Rey Kochinke, no se habla solo de un sacerdote con responsabilidades diocesanas o de un profesional de la pastoral. Se habla de alguien que ha hecho de su vida un servicio constante. Un hombre grande en todos los sentidos, cuya presencia física parece reflejar también su interior: un corazón amplio, generoso y profundamente humano.

Y en ese reflejo, entre memoria y presente, entre Gabriel y José, queda una certeza sencilla pero luminosa: que todavía hoy, en medio de la complejidad del mundo, hay vidas sacerdotales que siguen haciendo visible la cercanía de Dios en lo cotidiano.

 

 

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