José M. Otero Lastres
Necesito soñar. Nunca creí que podría reclamar este anhelo. Han tenido que pasar tanto tiempo, desde que pienso hasta hoy, para saber que iba a ambicionar persistentemente el pensamiento de lo que viví en tiempos pasados.
Es obvio que lo que me rodea hoy es diferente a lo que fue. No soy una persona conservadora que solo reclame lo que fuimos. Soy un individuo al que lo que le interesa es todo lo que nos unió y convirtió España en un país altamente desarrollado. Una Nación dirigida por sujetos con distintos intereses todos ellos reunidos en la proclama constitucional que aprobamos al refrendar la Constitución.
Admito que el comportamiento de las personas puede cambiar. Y considero también que se puede convertir lo que estaba casi olvidado y en el instrumento necesario para progresar de nuevo en política.
Pero eso supone una traición. Lo que aprobó la mayoría del pueblo español convirtió en las ambiciones de la generalidad de los españoles y para ser cambiado tiene que hacerse con los artículos 166 y siguientes de la Constitución. No puede cambiarse de tal manera convirtiendo el interés nacional español en una aportaciones de intereses de menor tamaño que cambian el interés de todos en interés particulares que son contrarios al interés general.
Una Españas, convertida en un Estado social y democrático de derecho, con la monarquía parlamentaria (nunca hasta 1978 fue la forma política del Estado), con los tres poderes independientes y separados, con todas las libertades constitucionales plenamente aseguradas en nuestra Ley de Leyes, con un Estado central y diecisiete Comunidades Autónomas para articular el Estado y con el castellano como lengua oficial del Estado y lenguas propias de algunos Comunidades como lenguajes oficiales en ciertas Autonomías, no puede transformarse en una Nación diferente, plurinacional, en la que la peculiaridad de ciertas autonomías, se convierta en un interés múltiple pero de todos sin conexión hasta convertir lo particular en lo que era claramente general.
Y es que no se puede cambiar el interés de todos como objetivo de la acción política general por intereses particulares que son todos distintos entre sí. Es cambiar el principio que subyace en el principio de igualdad de todos los ciudadanos con el principio de convertirlo en un interés particular que por particular nunca será el interés de la generalidad.
Lo que hay ahora no es en lo que viví durante parte de mí existencia. Por eso, necesito soñar y sumergirme unos momentos en lo que viví desde que aprobamos la Constitución que votamos por una amplia mayoría y con la que vivimos antes de que hubiera que ir cambiando para entender que vivimos en un interés particular que depende de los votos necesarios para ser el voto aritmético del Congreso de los Diputados.
Y mientras dure el interés este interés particular distinto y separado como si fuera el de todos nosotros, vivimos lo particular como si fuera el interés general de la Nación española.
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