José Carlos Enríquez Díaz
Hay que agradecer, sin rodeos y con sinceridad, la claridad y la hondura de la carta de Fernando García Cadiñanos a las familias que celebran la primera comunión de su hijo. No es frecuente encontrar una voz episcopal que, con tanta cercanía y verdad, recuerde a las familias que la Primera Comunión no es una meta, sino el comienzo de una vida entera en Cristo. Su llamada es luminosa, oportuna y profundamente evangélica. Pero precisamente por eso —porque acierta en el diagnóstico esencial— obliga también a dar un paso más y a plantear una pregunta incómoda: si esto es así, ¿por qué tantos niños desaparecen de la vida de la Iglesia inmediatamente después de comulgar por primera vez?
La respuesta no es sencilla, pero tampoco puede eludirse. Durante años, la catequesis ha partido —con buena intención— de lo que el niño ve cuando acude a misa: gestos, palabras, ritos. Se le enseña a “entender” la misa, pero no siempre a “vivir” la Eucaristía. Y ahí puede estar una de las claves. Porque cuando la fe se reduce a comprensión externa o a cumplimiento, difícilmente arraiga en la vida.
A esto se suma otro hecho que no podemos ignorar: la forma en que celebramos la Primera Comunión condiciona profundamente la experiencia del niño. Lo que debería ser la puerta de entrada a una vida sacramental se convierte, muchas veces, en un acontecimiento extraordinario, único, irrepetible. Trajes costosos, celebraciones desbordadas, regalos abundantes… Todo ello transmite, aunque no se diga, un mensaje claro: esto ocurre una vez. Y no vuelve.
El resultado es evidente. El niño asocia la Eucaristía a un día excepcional, no a un alimento cotidiano. Y cuando ese día pasa, la vida sigue sin ella.
Sin embargo, si volvemos a los orígenes, el contraste es llamativo. La Eucaristía nació en el contexto de una cena, de una mesa compartida, de una despedida cargada de verdad y de vida. “La noche en que fue entregado”, recuerda san Pablo. No fue un acto aislado, ni un rito separado de la existencia: fue una comida entre amigos, un gesto profundamente humano donde Jesús se entregaba como vida para los suyos.
Las primeras comunidades entendieron bien esto. Durante generaciones, la Eucaristía se celebró en el contexto de una comida, donde compartir el pan y el vino significaba compartir la vida. Era memoria, sí, pero también compromiso, fraternidad, igualdad. Allí no había espectadores: había comunidad.
Con el paso del tiempo, por múltiples razones históricas, esa experiencia fue transformándose. La celebración se fue haciendo más solemne, más ritual, más distante. Creció el sentido de lo sagrado, pero muchas veces a costa de lo cercano. Lo que había sido mesa compartida se convirtió en ceremonial. Lo que era vida empezó a percibirse como rito.
Y quizá ahí se encuentra una de las raíces más profundas del problema actual. Cuando la Eucaristía se percibe como algo ajeno a la vida cotidiana, pierde su fuerza transformadora. Cuando se separa lo religioso de lo humano, la fe se vuelve frágil, y a veces incomprensible, especialmente para un niño.
Por eso, preparar la Primera Comunión no puede consistir únicamente en enseñar normas, oraciones o explicaciones doctrinales. El mayor riesgo hoy no es solo el exceso de fiesta, sino una presentación de la Eucaristía como algo complicado, lejano o irrelevante para la vida real. Y cuando eso sucede, el resultado es casi inevitable: la primera comunión se convierte, de hecho, en la última.
Frente a esto, la llamada del obispo de Mondoñedo-Ferrol adquiere aún más valor. Porque insiste, con razón, en lo esencial: la Eucaristía es alimento para el camino, no premio ni meta. Pero para que esa verdad arraigue, necesita encontrar un terreno concreto: la vida de las familias.
Aquí aparece de nuevo la responsabilidad —y también la oportunidad— de los padres. Porque los niños no abandonan la Iglesia por una decisión consciente o ideológica. Se alejan, en muchos casos, porque nadie les muestra que quedarse merece la pena. Porque no ven que aquello tenga que ver con la vida real. Porque no encuentran continuidad entre lo celebrado y lo vivido.
Vivimos en una sociedad que exige mucho a los niños: estudios, logros, preparación. Se les habla del futuro, del éxito, del esfuerzo. Pero se les habla poco de Dios. Muy poco. Y, sin embargo, cuando llegan las dificultades —que siempre llegan—, lo que verdaderamente sostiene no es solo lo aprendido, sino lo creído.
La Eucaristía, bien comprendida, no es un añadido a la vida: es su centro. Es el lugar donde aprendemos que vivir es darse, que compartir es la base de la existencia, que nadie se salva solo. Es, en el fondo, una crítica silenciosa pero radical a un mundo basado en el individualismo y la acumulación.
Por eso, recuperar su sentido no es una cuestión secundaria. Es una urgencia.
Si logramos que los niños descubran que comulgar no es “cumplir”, sino alimentarse; que no es “un día”, sino un camino; que no es “un rito”, sino una forma de vivir… entonces algo cambiará. Entonces la Primera Comunión dejará de ser una despedida elegante para convertirse en un comienzo verdadero.
La carta de Fernando García Cadiñanos abre esa puerta con valentía y claridad. Ahora queda dar el paso. Porque lo que está en juego no es solo una celebración mejor, sino algo mucho más serio: que nuestros hijos no pierdan el pan que da vida.
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