China: octubre de 2027- (Enrique Barrera Beitia)

Enrique Barrera Beitia

Octubre de 2027 es la fecha en que el Partido Comunista Chino celebrará su XXI Congreso. Es conveniente hacer un seguimiento del mismo para que, más allá de los tópicos propagandísticos, averigüemos qué pasa por la cabeza de los dirigentes del gigante asiático, al que EE. UU. ha identificado como el enemigo sistémico y el principal riesgo para su hegemonía. En este sentido, es necesario tener presente que Pekín no quiere repetir los errores que condujeron a la desintegración de la Unión Soviética, y que sus actuales gobernantes han alentado la simbiosis entre marxismo y confucionismo, dadas algunas características compatibles, como el respeto al Estado como una extensión de la familia y a la jerarquía, si está basada en la meritocracia. Respecto a esto último, conviene saber que en China nunca gobernó la burguesía, sino los mandarines, que no eran una casta porque alcanzaban este estatus por rigurosa oposición.

Tras el “comunismo de guerra” (1918-1921), la URSS estableció con buenos resultados la Nueva Política Económica (NPE), un sistema mixto que permitía parcelas de actividad para la iniciativa privada. Esto terminó con los planes quinquenales, trece en total desde 1928 a 1991, que buscaban la industrialización y la autosuficiencia. Sirvieron para derrotar una invasión nazi que solo podía ser tenida en cuenta a partir de 1932, pero fracasaron en su intento de crear un socialismo de consumo, no por fracasos en el crecimiento del PIB, sino por aceptar una carrera armamentista contra EE.UU que absorbía un porcentaje excesivo de sus recursos.

La China comunista acumuló dos grandes fracasos económicos durante el periodo maoísta, el Gran Salto Adelante (1958-1962) y la Revolución Cultural (1966-1976), pero giró hacia reformas económicas que primero daban más autonomía a los gestores y que a partir de 2007 legalizaron una actividad privada que venía funcionando en un vacío legal gracias al visto bueno de las autoridades locales. Es fácil ver en esto un remedo de la NPE soviética, y está fuera de cualquier discusión que ha sido un éxito espectacular, seguramente porque abandonaron cualquier idea de autarquía y pusieron énfasis en el comercio internacional.

El borrador de la ponencia señala la obligatoriedad de alcanzar dos objetivos. El primero es consolidar las bases para liderar la cuarta revolución industrial. Es significativo que, cuando escribo este artículo, Donald Trump haya cesado a los veintidós miembros del consejo asesor del National Science Board, tras filtrarse un informe que señalaba que China superaba a EE. UU. en 37 de las 44 tecnologías estratégicas; entre ellas, inteligencia artificial, robótica, vehículos eléctricos, paneles solares o computación cuántica.

El segundo objetivo busca la redistribución de ingresos. A diferencia de lo ocurrido en la URSS, se mantendrá el sistema híbrido con la actividad empresarial privada sometida a las decisiones del gobierno, y se impulsarán subidas salariales para aumentar el consumo familiar y reducir un nivel de ahorro bruto que se estima excesivo. Si alguien duda de esto último, veamos una relación comparativa del Índice de Desigualdad Social (Índice Gini), del consumo privado sobre el PIB (CP>PIB) y del ahorro bruto familiar correspondiente a 2025.

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