José Carlos Enríquez Díaz
No todos los encuentros son iguales. Algunos hieren, otros pasan sin apenas dejar rastro, como si nunca hubieran sucedido. Pero existen encuentros distintos: los que ensanchan el alma, los que reconcilian, los que despiertan lo mejor de uno mismo y, casi sin darse cuenta, conducen a Dios. Así es, para muchos, el encuentro con Francisco Javier Martínez Prieto.
En la vida parroquial, donde tantas veces lo cotidiano puede volverse rutina, hay presencias que rompen esa inercia sin estridencias. La de Javier es una de ellas. No se impone, no busca protagonismo, pero deja huella. Y la deja porque su manera de estar, de escuchar y de acompañar nace de un lugar auténtico: una fe vivida con hondura y una humanidad transparente.
Quienes lo conocen, especialmente en la parroquia de Ortigueira, coinciden en algo que no siempre es fácil de expresar con palabras: es una buena persona. Y no como fórmula vacía, sino en el sentido más pleno. Porque ser buena persona, en un sacerdote, significa hacer presente una Iglesia que acoge, escucha y sostiene.
A sus 25 años de ministerio sacerdotal, Javier ha ido construyendo su vida desde la fidelidad a lo cotidiano. Y ahí se comprende mejor una clave profunda de su vocación: el “sí” a Dios no es algo del pasado, sino una elección diaria. Cada jornada vuelve a situarse ante ese gesto interior que da sentido a todo: “Señor, te elijo a ti”.
Ya lo intuía Cicerón al explicar que la palabra religión puede entenderse desde dos raíces complementarias: religare, la unión con Dios, y religere, es decir, volver a elegir. Ambas dimensiones se hacen visibles en la vida de Javier: unido a Dios en su ministerio y, al mismo tiempo, renovando cada día esa elección en lo concreto de su entrega.
Su formación en Teología Bíblica y su dedicación a la enseñanza podrían haberlo llevado a un perfil más académico. Sin embargo, ha sabido integrar el rigor intelectual con una cercanía profundamente humana. No habla desde la distancia, sino desde la experiencia. Y eso se percibe en su manera de predicar, de explicar, de acompañar.
En un mundo donde tantas relaciones son superficiales, Javier representa otra forma de encuentro. Escucha sin prisa, acompaña sin invadir, está sin imponer. Y en ese estilo, tan sencillo como exigente, va generando confianza. Una confianza que permite a muchas personas abrirse, recomponerse y, en ocasiones, reencontrarse con Dios.
En este sentido, resulta especialmente significativo el recuerdo de Juan Cabo Meana, con quien compartí una profunda amistad. Hombre de Dios, sensato, entregado, con experiencia misionera incluso en la selva, y por tanto conocedor de lo esencial, me hablaba con frecuencia de Javier. Aquellas conversaciones despertaron en mí un vivo deseo de conocerlo. Y hoy, tras ese encuentro, puedo decir que no se equivocaba: he descubierto en él a un hombre admirable, entrañable, cercano, alguien en quien confiar.
Su presencia en la parroquia de Ortigueira es, para muchos, un regalo. No por grandes gestos, sino por esa constancia callada que termina transformando ambientes y personas. No busca destacar, pero deja huella. Y la deja porque su vida tiene coherencia.
Especialmente significativa es su relación con los jóvenes. En ellos no ve un problema, sino una oportunidad. Y desde esa mirada logra conectar, no tanto por lo que dice, sino por cómo vive. Autenticidad, cercanía y esperanza: tres rasgos que los jóvenes reconocen con facilidad.
Pero si algo define su camino es su manera de entender el sacerdocio. No como un peso, ni como una rutina, sino como una vocación vivida en clave de libertad. Una libertad que no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en elegir cada día aquello que da sentido a la vida.
En tiempos de cambio, donde tantas certezas se tambalean, testimonios como el suyo adquieren un valor especial. No porque tengan todas las respuestas, sino porque encarnan una forma de estar en el mundo con serenidad, fe y compromiso.
Para muchos, encontrarse con Francisco Javier Martínez Prieto ha sido precisamente eso: un encuentro que no pasa, que no hiere, que no se diluye. Un encuentro que permanece, que ilumina y que, de algún modo, acerca a Dios.
Un buen sacerdote, en el fondo, no es otra cosa que un reflejo humilde del Buen Pastor, que conoce a los suyos y camina con ellos. No busca su propia gloria, sino que, como en el Evangelio, parte el pan, escucha, levanta y acompaña. Su vida se entiende desde esa lógica sencilla y exigente: permanecer, cuidar, sembrar esperanza incluso cuando no se ven los frutos.
Como aquel discípulo que aprende a estar junto al Maestro, el sacerdote sabe que su misión no consiste en imponerse, sino en servir, lavar los pies, y recordar con su vida que Dios sigue pasando por los caminos de los hombres. Y cuando vive así, sin ruido, con fidelidad, ocurre lo esencial: que otros, al encontrarse con él, pueden intuir —aunque sea de forma tenue— la cercanía de un Dios que no abandona y que sigue llamando por su nombre.
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