Pepe Fernández del Campo (*)
Dicen que hay momentos en los que una ciudad deja de distinguir entre lo que pasa y lo que se cuenta que pasa. Madrid tuvo uno de esos en la primavera del 36. No hizo falta gran cosa. Un rumor, una historia bien colocada, una frase repetida en la calle con ese tono de urgencia que no admite réplica. Y la realidad, que ya venía cansada, cambió de naturaleza sin protestar demasiado. Se empezó a decir que curas y monjas repartían caramelos envenenados a los niños de los barrios obreros. Pruebas no hubo. Tampoco se echaron en falta. La historia era perfecta. Y cuando algo es perfecto, funciona.
No era una mentira cualquiera, de esas que se desmontan con dos preguntas. Era un relato afinado, casi elegante en su crudeza. Tenía tres piezas que encajaban sin esfuerzo: la inocencia de los niños, el veneno que no se ve, pero mata, y un culpable que ya estaba en el imaginario esperando su turno, el clero. Con eso bastaba. Lo demás venía solo. Porque aquello dejó de ser un rumor para convertirse en una coartada. Y a partir de ahí, lo que antes se habría llamado violencia empezó a parecer defensa.
Nada de esto nació de repente. España llevaba tiempo ensayando ese tipo de historias.
En el siglo XIX, cuando la política se calentaba más de la cuenta, aparecían rumores que señalaban al clero como si fuera una maquinaria secreta, oscura y peligrosa. En las epidemias se les acusó de envenenar aguas, como si el mal necesitara siempre una mano visible que lo empujara. En los momentos de agitación se les dibujó como conspiradores persistentes contra la libertad. No era cuestión de verdad o mentira. Era cuestión de utilidad. El religioso servía. Era reconocible, tenía carga simbólica y podía convertirse en enemigo sin demasiadas explicaciones.
No es casual que estos relatos aparezcan en una España marcada por procesos como la desamortización de bienes eclesiásticos, donde el clero dejó de ser solo una institución religiosa para convertirse también en un actor identificado con un determinado orden social. Ya en 1834, en pleno cólera madrileño, el rumor de que los frailes habían envenenado las fuentes públicas desembocó en la matanza de decenas de religiosos. El mecanismo, en el fondo, era el mismo. Y en 1909, durante la Semana Trágica de Barcelona, ardieron más de un centenar de edificios, la mayoría religiosos. La violencia no se dirigía solo contra personas, sino contra una presencia espiritual y social que se quería borrar.
Aquellos rumores no eran fruto de la ignorancia, aunque lo parecieran. Tenían detrás una lógica más seria de lo que uno quisiera admitir. Hoy la psicología lo dice con palabras más técnicas, pero la idea es vieja. El hombre no recibe la información de forma limpia. La filtra, la acomoda, la adapta a lo que ya trae puesto. Cree antes de comprobar. Y, sobre todo, teme antes de razonar. Cuando una historia toca una emoción primaria, el miedo, la indignación, esa necesidad instintiva de proteger a los suyos, el pensamiento crítico se encoge. No desaparece, pero pierde peso. Se vuelve accesorio.
El paso al siglo XX no corrigió el problema. Lo hizo más rápido. La prensa, la propaganda, los nuevos canales de comunicación le dieron al bulo una velocidad que antes no tenía. Lo que antes tardaba días en asentarse, ahora lo hacía en horas. La Primera Guerra Mundial dejó claro que la información podía usarse como un arma más. En todos los bandos circularon historias pensadas para deformar al enemigo, para exagerarlo o inventarlo si hacía falta. No se trataba de contar lo que pasaba, sino de conseguir que la gente viera lo que interesaba que viera.
Ahí es donde la intuición de Montesquieu se vuelve incómodamente actual. En su análisis de las formas de gobierno, advirtió que cuando el miedo se convierte en principio rector, la razón deja de ser el criterio dominante. No desaparece, pero deja de ser necesaria. Y en ese punto, lo que cuenta no es la realidad, sino la percepción de la realidad. Lo que uno cree que pasa pesa más que lo que pasa de verdad.
El asunto de los caramelos envenenados encaja ahí con una precisión que asusta. No es una anomalía, es un ejemplo casi puro. Aparece cuando la tensión está arriba del todo, se apoya en prejuicios que ya estaban ahí, activa una emoción inmediata y ofrece una explicación sencilla. Y la mente, que no está para esfuerzos en esos momentos, no verifica, busca coherencia. Si la historia encaja con lo que ya se cree, se acepta. Y si se acepta, se actúa. Los días 3 y 4 de mayo de 1936, en distintos barrios de Madrid, el rumor tomó cuerpo y derivó en registros, agresiones y ataques a edificios religiosos.
Hay además una necesidad que suele pasar desapercibida, la de justificarse. Ninguna sociedad se mira al espejo y se reconoce injusta con facilidad. Incluso cuando se excede, necesita pensar que lo hace por algo. El bulo resuelve ese problema con eficacia. No solo engaña, reordena moralmente las cosas. Ya no se ataca, se protege. Ya no se destruye, se evita un mal mayor. Y con esa idea, la conciencia se queda tranquila.
A partir de ahí, el proceso se endurece. La repetición convierte lo improbable en creíble. Lo creíble, compartido, se transforma en norma. Y cuando la norma se instala, dudar empieza a salir caro. Porque disentir no es solo llevar la contraria, es ponerse frente a un clima. Y los climas, como las tormentas, no se discuten, se padecen.
La propaganda de guerra del siglo XX no hizo más que ordenar este mecanismo. Aprendió a fabricar enemigos absolutos, a simplificar lo complejo y a tocar las emociones justas para que la reacción fuera la esperada. Pero en el fondo no inventó nada. Hizo lo mismo que aquellos viejos rumores anticlericales del XIX, solo que mejor y más deprisa. No describir la realidad, sino producir un efecto. Porque el sacerdote no era solo un individuo: representaba una cosmovisión, una forma de entender el orden, la moral y la trascendencia. Y atacar esa figura no era solo una acción política, era también una ruptura simbólica.
El caso de los caramelos envenenados deja ver algo que conviene no olvidar. El bulo no es un fallo del sistema, es parte del sistema. No nace solo de la ignorancia, también de la intención. Sirve para cohesionar, para movilizar, para justificar. Y funciona porque encuentra siempre el mismo punto débil, ese lugar donde el miedo le gana la partida a la razón. El bulo no necesita ser creíble en términos absolutos, le basta con ser coherente dentro del marco mental de quien lo escucha.
Por eso no desaparece. Cambia de forma. Cambian los protagonistas, cambian los canales, cambian las palabras. Pero el mecanismo sigue ahí, esperando su momento. Siempre hay una historia demasiado bien construida como para no ser creída. Y siempre hay una sociedad que, en determinadas circunstancias, prefiere aceptarla antes que hacerse preguntas. Porque, en el fondo, hay veces en que la gente no necesita saber. Le basta con creer.
(*) Pepe Fernández del Campo es licenciado en Derecho y profesor universitario y de escuelas de negocios
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