Fernando García Cadiñanos: la voz que devuelve humanidad a nuestro tiempo–(José C. Enríquez)

José Carlos Enríquez

En un momento histórico marcado por el estruendo de discursos que fragmentan, simplifican y enfrentan, resulta profundamente reconfortante encontrar voces que no solo resisten esa corriente, sino que la transforman desde la raíz. La figura de Fernando García Cadiñanos, obispo de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, se alza con serenidad y firmeza como un testimonio luminoso de coherencia, fe y humanidad.

Su palabra no irrumpe con estridencia, sino con la autoridad silenciosa de quien ha comprendido que la dignidad de la persona no es negociable, y que toda sociedad que olvida este principio se arriesga a perder su alma.

En su reciente intervención pública, el obispo ha querido recordar algo tan esencial como incómodo para algunos: no se puede construir convivencia desde el rechazo al diferente. Frente a las narrativas que señalan al migrante como amenaza o carga, su postura ha sido clara y profundamente evangélica. No se trata de una opinión más en el debate público, sino de una convicción que nace del corazón mismo del Evangelio, donde Cristo se identifica sin ambigüedades con el extranjero, el pobre y el descartado. “Fui forastero y me acogisteis” (Mateo 25,35) no es una metáfora, sino una exigencia directa que interpela tanto a creyentes como a toda conciencia ética.

Lejos de refugiarse en una neutralidad cómoda, García Cadiñanos ha asumido que la Iglesia no puede callar cuando se vulneran derechos fundamentales. Su palabra no busca confrontación, sino verdad. Y esa verdad pasa por reconocer que detrás de cada cifra migratoria hay historias concretas, vidas atravesadas por el dolor, el desarraigo y la esperanza. Reducir a las personas a estadísticas o convertirlas en objeto de sospecha es, en sí mismo, una forma de deshumanización que el obispo ha denunciado con valentía y claridad.

Su mensaje no es ideológico, sino profundamente humano y espiritual. Habla de encuentro frente al miedo, de hospitalidad frente al rechazo, de integración frente a la exclusión. En un contexto donde abundan las simplificaciones interesadas, su propuesta introduce matices esenciales: acoger no es un gesto ingenuo ni una debilidad, sino un acto de fortaleza moral que define el tipo de sociedad que queremos ser. Porque, como él mismo ha señalado, la calidad de una comunidad se mide por la manera en que trata a los más vulnerables.

Uno de los ejes más profundos de su reflexión es lo que denomina la “preferencia evangélica”. No se trata de una elección arbitraria ni de una postura circunstancial, sino de seguir los pasos de Jesús, que siempre se colocó del lado de quienes no tenían voz. Esta preferencia no excluye a nadie, pero sí establece una prioridad clara: los últimos deben ser los primeros en nuestra atención y cuidado. Es una lógica que desafía las dinámicas habituales del poder y la conveniencia, pero que contiene una verdad transformadora.

Desde esta perspectiva, la realidad migratoria deja de ser un problema para convertirse en una oportunidad. Una oportunidad para crecer como sociedad, para ensanchar nuestra mirada y para practicar una fraternidad que no se quede en palabras. El obispo invita a superar la visión utilitarista que valora a las personas únicamente por su aportación económica. No somos mano de obra: somos rostros, historias, dignidad irrepetible. Y cuando olvidamos esto, caemos en una contradicción moral que erosiona los cimientos de nuestra convivencia.

Particularmente significativa ha sido su defensa de la regularización de quienes ya forman parte de nuestra vida cotidiana. Hombres y mujeres que trabajan, cuidan, sostienen sectores enteros de nuestra economía y, sin embargo, permanecen en una invisibilidad injusta. Al señalar esta realidad, D. Fernando García Cadiñanos no solo denuncia una incoherencia administrativa, sino que realiza un acto de justicia. No se puede exigir contribución sin reconocer derechos; no se puede aceptar el trabajo y negar la dignidad de quien lo realiza.

Su estilo, lejos de la crispación, apuesta por una pedagogía del encuentro. No hay en sus palabras desprecio ni descalificación, sino una invitación constante a mirar más allá del prejuicio. Frente a la tentación de levantar muros —físicos o mentales—, propone construir puentes que permitan el reconocimiento mutuo. Esta actitud no es ingenua, sino profundamente transformadora. Porque sabe que la verdadera fortaleza de una sociedad no reside en su capacidad de excluir, sino en su capacidad de integrar.

El Evangelio ofrece aquí una clave decisiva: el mandamiento del amor al prójimo no admite excepciones. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12,31) no distingue entre nacionalidades, culturas o situaciones administrativas. Es un llamado radical a reconocer en el otro a un hermano. Y en esta línea, la voz del obispo resuena como un recordatorio necesario de que la fe, si es auténtica, siempre se traduce en compromiso concreto con los más frágiles.

En tiempos donde el miedo puede convertirse en herramienta de manipulación, resulta imprescindible la presencia de líderes que, como él, devuelvan profundidad al debate público. Su intervención no solo defiende a quienes llegan de fuera; también protege la salud moral de nuestra propia sociedad. Porque cuando se normaliza el rechazo, el siguiente paso es la indiferencia, y después, la deshumanización. Evitar ese camino es una responsabilidad colectiva que comienza por la palabra y se concreta en las acciones.

La diócesis de Mondoñedo-Ferrol puede sentirse legítimamente orgullosa de contar con un pastor que no rehúye los desafíos de su tiempo. Su liderazgo no se ejerce desde la distancia, sino desde la cercanía a las realidades más duras. Conoce las fronteras, no solo geográficas, sino también humanas. Y desde ese conocimiento, su voz adquiere una credibilidad que trasciende lo institucional.

En definitiva, la figura de Fernando García Cadiñanos representa mucho más que una posición concreta en un debate. Es un signo de esperanza en medio de la incertidumbre. Un recordatorio de que otro modo de convivir es posible, basado en la dignidad, la justicia y la misericordia. En un mundo que a menudo parece empeñado en dividir, su palabra construye unidad; donde hay rechazo, siembra acogida; donde hay miedo, propone confianza.

Agradecer su testimonio es, en el fondo, reconocer que todavía existen voces capaces de iluminar el camino común. Voces que no buscan aplauso fácil, sino fidelidad a una verdad más profunda. Y esa verdad, sencilla y exigente a la vez, nos interpela a todos: solo seremos una sociedad verdaderamente humana cuando nadie quede fuera de nuestro horizonte de compasión.

 

 

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