Enrique Barrera Beitia
Escribo estas líneas un día después de que Irene Montero y Gabriel Rufián celebrasen el esperado acto en Barcelona, sobre la manera de recomponer la izquierda alternativa, un espacio político y electoral importante pero muy fracturado, y que habla mucho de unidad pero no la concreta.
El político catalán es un gran comunicador, coloca muy bien los mensajes y tiene mucho éxito en las redes sociales, pero milita en un partido independentista y es un enigma en muchos aspectos, aunque puede terminar siendo la solución que llegue por eliminación de cualquier otra opción.
Irene Montero no puede liderar este espacio en las próximas elecciones, porque ha generado un enorme rechazo en los demás partidos del Movimiento Sumar, y porque Podemos ha cosechado pésimos resultados en las últimas elecciones autonómicas. Ante su manifiesta debilidad, Gabriel Rufián pasa a ser el preferido de la formación morada para liderar la unidad de la izquierda alternativa, porque así se evitaría que esta responsabilidad recaiga en alguien de Izquierda Unida o Más Madrid.
Ocurre que en Sumar hay serios problemas para encontrar un candidato, porque Yolanda Díaz ha renunciado, y políticos con menos tirón como Pablo Bustinduy y Jaume Asens, también se han excluido.
Parece que es una responsabilidad que quema, y no es buena idea que en el descuento y a la desesperada se designe a alguien de segundo nivel, porque el radar no detecta ningún mirlo blanco.
La ventana de oportunidades se va cerrando, de manera que en algunas provincias ya se ha perdido cualquier oportunidad de repetir escaño por la fuga de sus votantes a otros partidos, y la posibilidad de una fuga masiva de votos a favor del PSOE será una realidad si tardan en cerrar un acuerdo.
Así que todo gira en torno a Gabriel Rufián, que ha dicho algo tan absurdo como pedir a un partido independentista que lidere un proyecto estatal. Lógicamente, ERC le ha dicho que no lo hará, de manera que su portavoz en el Congreso de Diputados tendrá que plegar velas, irse para su casa, o darse de baja en su partido para liderar esa ansiada unidad de la izquierda, siempre y cuando el resto de partidos lo acepten, y esto dependerá de que la popularidad de Rufián en las encuestas puede traducirse en votos
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