Los famosos también madrugan-( Pedro Sande García )

Pedro Sande García

Iba a empezar esta crónica con cuatros palabras utilizadas con frecuencia, En los últimos tiempos, pero he pensado que sería más adecuado decir…. en tiempos cercanos, ya que esta última expresión se refiere a un tiempo más próximo y preciso. En fin, dejando a un lado esta pequeña elucubración lingüística, me centraré en el tema del que quiero hablarles. En tiempos cercanos se ha puesto de moda, que es como decir que está en boga, entre algunos famosos y conocidos hablarnos de sus hábitos a la hora de levantarse por las mañanas. Se dirigen a su interlocutor desde ese pedestal donde algunos creen levitar por encima del resto de los humanos. Alardean de lo saludable de sus hábitos y del logro que ellos han conseguido al ser tan disciplinados. Relatan su agenda diaria destacando la buena costumbre de madrugar, así como la de hacer algún tipo de actividad física; en algunos casos todo ello lo aderezan con la práctica de una saludable ingesta alimenticia.

Como verán he utilizado el tiempo verbal «hablarnos» ya que, en realidad, a quien están transmitiendo el mensaje no es al entrevistador que tienen enfrente; lo están transmitiendo a los millones de personas que oyen y leen sus hazañas madrugadoras.

Debo decir que, en mi caso, poco me importa la hora a la que se levanta el locutor de radio, la cantante o el presentador de televisión, el escritor de turno o la actriz. También es cierto que tampoco me importa a la hora que se levanta mi vecino, mi primo o el guardia de la esquina. Da la impresión de que ese hábito madrugador que pregonan es algo excepcional, como si en este país, donde hay más de 22 millones de trabajadores y más de 9 millones de pensionistas, levantarse temprano fuese algo inusual. Todos ellos, unos por obligaciones laborales y otros porque sus cuerpos ya no requieren tantas horas de sueño y descanso, son personas muy madrugadoras y no van contando por las redes sociales a la hora que se levantan, los kilómetros de ejercicio que hacen al día ni los
alimentos que ingieren por la mañana sean o no saludables. No lo suelen hacer, ya que el porcentaje de esos 31 millones de personas que acceden a las redes sociales suelen contar lo excepcional y no lo habitual de sus vidas. Saben que con lo habitual despertarían el mismo interés que si lo contará mi primo, el guardia de la esquina o mi vecino. Es posible que la manera de destacar sus hábitos madrugadores por parte de algunos famosos se deba a que no son conscientes de lo que ocurre en el mundo con el resto de los humanos.

Una vez que nos han contado sus primeras horas del día ¿qué será lo próximo que divulgarán sobre sus vidas? Parece evidente que no nos van a contar cómo se hacen la cama, cuando van a la compra, la hora a la que pasan el aspirador, cuando cocinan, cuando llevan a sus hijos al parque o cual es el mejor momento del día para planchar.
Actividades todas ellas que, seguro, practican una gran cantidad de los 31 millones de personas, entre trabajadores activos y pensionistas, que no tienen sustitutos a sueldo que se las puedan hacer.
Vivimos tiempos en los que la exposición pública es algo corriente entre muchos ciudadanos. Yo no soy un ejemplo de mantener bunkerizada mi intimidad. El narrador que están leyendo tiene la costumbre de publicar en Facebook alguna actividad de su vida: que un paseo por aquí, algún descubrimiento gastronómico por allá e incluso administrar  algún grupo en la red social. También, y sigo hablando de este narrador, me meto en algún enredo por hacer comentarios políticos. Esto último, junto al fútbol, lo tengo prohibido como tema de mis crónicas.

La política y el fútbol son dos temas que en este país son imposibles de ser tratados con diálogo y educación, y no será por mis intentos que siempre se han estrellado con las barreras de la intolerancia y la falta de cortesía. Aquellos que padecen la anemia de la tolerancia dividen a los seres humanos en dos grandes grupos, los buenos y los malos, y yo no quiero que mis crónicas se contaminen con los comentarios de los que tienen esta visión intransigente y estrecha del mundo.

Como me ocurre a menudo, son mis manos las que se independizan a la hora de escribir. Toman vida propia y abandonan aquella ruta que diseñó mi lado racional, el que puso título a la crónica que intento construir. Perdonen por mis divagaciones; retomo la senda inicial y me hago la pregunta ¿cuál es la razón o la necesidad de publicar en las redes sociales parte de nuestra vida? En mi caso desconozco dicha razón, pero les aseguro que ni soy ni me siento prescriptor ni exhibicionista. Seguro que algún psicólogo o algún estudioso del comportamiento humano encontrarían una razón para esta conducta; al fin y al cabo, la obligación de los estudiosos de la mente es encontrarle una razón a todo.

El problema de algunos famosos o famosillos es que pretenden ser prescriptores, ahora se les llama influencers, mostrándonos sus hábitos y preferencias, dándonos lecciones de cómo debemos comportarnos, que es lo que debemos comer y como tenemos que vestirnos. Insoportables son los que, además de intentar dar lecciones,
descalifican los comportamientos que son diferentes a lo que ellos consideran adecuados.
He escuchado a un célebre cocinero afirmando que la única manera correcta de hacer la tortilla de patata es la que el prescribe: sin cebolla, y descalificando a los que usan la herbácea. Seguro que a los le echan un poco de chorizo, que buena está, los califica de herejes.

Vivan como les dé la gana y practiquen el Viva y deja vivir. Levántese a la hora que les apetezca o a la que puedan, hagan ejercicio si son felices, desayunen semillas o tocino encebollado, la tortilla de patata como más les guste, tomen el marisco con el color del vino que quieran, viajen o quédense en el sofá de casa, jueguen al golf, al mus, al
futbol o no practiquen ningún deporte. Estas últimas palabras quizá solo las comprendan los educados, los corteses, a quienes les gusta hablar, charlar y dialogar; a los que no les agrada el griterío, a los que no van dando lecciones, a los transigentes, a los que respetan todo tipo de diversidad y, en momentos como los que vivimos, a los que no les gusta la guerra.

Cuídense mucho.

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