El ataque sufrido por el Centro Social Artábria en Ferrol no es un incidente aislado ni una simple gamberrada juvenil; es un síntoma preocupante de intolerancia que requiere una respuesta unánime. El uso de simbología de odio y el destrozo de bienes ajenos son actos que buscan, por encima de todo, amedrentar a quienes dinamizan la vida cultural y vecinal de nuestros barrios, trasciende el daño material: es una agresión directa contra la convivencia y el tejido social de una ciudad.
Cuando se ataca una sede asociativa, se ataca un punto de encuentro ciudadano, un espacio de libertad y un pilar del tejido democrático de la ciudad, piensen lo que piensen sus asociados. Aceptar estos comportamientos como «parte del paisaje urbano» sería el primer paso hacia una degradación irreversible de nuestra convivencia, trasciende el daño material.
Cuando se atacan sedes de entidades culturales o políticas, se intenta silenciar espacios de encuentro. Por ello, la condena ciudadana debe ser unánime
Ninguna discrepancia ideológica justifica el uso de la violencia o el destrozo para marcar territorio.
Una ciudad que normaliza las pintadas ofensivas, como en el caso de Artabria, se degrada socialmente, afectando a la seguridad percibida por todos los vecinos.
Ferrol es una ciudad con una fuerte tradición asociativa. Proteger esa identidad implica no dejar pasar ni un solo acto de intolerancia, independientemente de a quién vaya dirigido.
Las reacciones al reciente ataque vandálico contra la sede de la asociación Artábria han sido inmediatas por parte de diversos colectivos y fuerzas políticas, comenzando por la propia corporación municipal, coincidiendo en el rechazo a la simbología empleada.
Desde estas páginas, expresamos nuestra más absoluta condena al vandalismo. La ciudadanía de Ferrol, históricamente comprometida con la participación y el respeto, no debe permitir que el ruido de unos pocos empañe la labor de las entidades que construyen comunidad. La justicia y las fuerzas de seguridad deben actuar con firmeza, pero la respuesta más poderosa debe venir de la propia sociedad: un rechazo frontal y colectivo que deje claro que en nuestras calles no hay lugar para la violencia ni el sectarismo.
Proteger a instituciones como Artábria es, en última instancia, protegernos a todos.
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