Carta del obispo de Mondoñedo-Ferrol a los cofrades de la diócesis

Con motivo de las próximas festividades de la Semana Santa el obispo de Mondoñedo-Ferrol, Fernando García Cadiñanos ha enviado una carta a los cofrades de la diócesis

Fot. arch.

«Me gustaría comenzar esta carta trayendo a la memoria el Jubileo Diocesano de las Cofradías que celebramos hace unos meses en Ferrol y que fue una ocasión preciosa de encuentro y de oración compartida. Ver a tantos cofrades reunidos nos recordó que nuestra identidad común está por encima de cualquier desencuentro. Aquella jornada nos invitaba a purificar, en la vida personal y en la vida de las cofradías, aquellas actitudes que no ayudan y que pueden
desfigurar el auténtico espíritu cofrade.

Como decía en la carta que escribí al inicio de la Cuaresma, “urge reconstruir juntos la comunión”. Porque sabemos que ésta es un don recibido, pero también una tarea compartida. Y porque sabemos que, también en nuestras propias cofradías y entre hermandades, se introducen las tentaciones de egos que engendran desencuentros y divisiones. Las lógicas diferencias que existen han de encajarse con ese espíritu sinodal al que la Iglesia nos invita: “caminar juntos”. No podemos permitir que las diferencias pesen más que aquello que nos une en la fe.

Necesitamos caridad

Sabemos que en este caminar hay decisiones complejas que afectan a personas concretas y que pueden producir inquietud o dudas. En esos momentos, necesitamos oración, paciencia y apertura al diálogo sereno que ayuda al discernimiento, evitando juicios precipitados o confrontaciones que no edifican. Necesitamos caridad. La madurez cristiana se demuestra precisamente en la manera de afrontar los momentos delicados. Mi primera invitación es, por tanto, a cultivar la comunión como testimonio que ofrecemos en nuestro mundo polarizado.

Os invito también a ser conscientes de la fuerza de la piedad popular de la que sois expresión. En medio de una sociedad donde la secularización avanza con rapidez, nuestras cofradías siguen siendo un dique que preserva la memoria creyente de nuestro pueblo. En nuestra diócesis, esta religiosidad alcanza una intensidad singular en la Semana Santa de Viveiro y de Ferrol, pero también late con fuerza en otros rincones como Mondoñedo, Burela, Ortigueira, Ribadeo y tantas comunidades donde la devoción se vive con sencillez y hondura. Os recuerdo que vosotros sois parte viva y visible de esta Iglesia diocesana.

Me alegra y me parece un reto para nuestra Iglesia comprobar que muchas personas — también jóvenes— se acercan a las hermandades buscando algo más que tradición o estética.
Buscan sentido, pertenencia, protagonismo y raíces. Encuentran en las cofradías un espacio donde la fe se hace visible, donde la belleza conduce al Misterio y donde la fraternidad ofrece un hogar espiritual. Esta realidad nos interpela a todos. Cuando una cofradía es escuela de fe y espacio de servicio, se convierte verdaderamente en ámbito de evangelización.

Un estilo de vida

Sabéis que ser cofrade es un estilo de vida. Es vivir el bautismo desde una pertenencia concreta a la Iglesia, dejando que el Evangelio modele nuestras actitudes. Eso implica aprender a dialogar, a escuchar, a corregir y a dejarnos corregir; implica aceptar que no siempre tenemos toda la razón; implica, sobre todo, poner por delante el bien común y la caridad fraterna.

Por eso, en el alma cofrade están presentes dimensiones esenciales de la vida cristiana: la devoción sincera a una advocación que acompaña la oración diaria; la experiencia de fraternidad concreta en una hermandad donde nadie debería sentirse extraño; la formación que ilumina la inteligencia y fortalece la fe; y el compromiso caritativo que se traduce en gestos reales hacia quienes más lo necesitan. Cuando alguna de estas dimensiones pierde fuerza, la vida cofrade puede empobrecerse y centrarse excesivamente en aspectos organizativos o externos. Os animo, por tanto, a cuidar lo esencial, para que todo lo que hacemos brote siempre del Evangelio y conduzca a él.

Soy consciente y valoro también el cuidado que hacéis del patrimonio. Las imágenes, los pasos, los enseres, los templos y santuarios que custodiáis no son simples bienes culturales. Son expresión visible de la fe de generaciones que nos han precedido. Por eso es bello cuidarlo. Pero no olvidemos que el patrimonio más valioso es la comunión entre nosotros.

El carisma cofrade

Durante estos días os revestiréis con el hábito. Es signo de identidad, de penitencia y de pertenencia. Pero de poco serviría vestir una túnica impecable si el corazón se deja arrastrar por la murmuración, la rivalidad o la desconfianza. El hábito exterior ha de ir acompañado del hábito interior de la virtud. La credibilidad del carisma cofrade no se juega solo en la belleza externa, sino en la coherencia cristiana.

Queridos amigos: no quiero terminar sin invitaros a vivir estos días santos desde la hondura de la liturgia del Triduo Pascual, que da sentido pleno a las expresiones externas de devoción. Os animo a participar con fe en la eucaristía, especialmente en la Vigilia Pascual; os invito a participar en el sacramento de la reconciliación que, sin duda, nos hará mucho bien porque el perdón recibido lo podremos ofrecer; os convoco a dejar que la Palabra, en el silencio, ilumine nuestro discernimiento.

Que estos días santos nos ayuden a responder a los deseos profundos de nuestro corazón y a  fortalecer la fraternidad. Que acompañando al Señor en su Misterio de Amor, nos renovemos y seamos capaces de custodiar lo esencial: una fe viva, una comunión sincera y una esperanza que no se apaga. Esa vivencia que no se guarda con el hábito en la tarde de la Pascua de Resurrección sino que se prolonga como eco cada domingo del año.

Vuestro hermano y amigo,

Fernando García Cadiñanos

Obispo de Mondoñedo-Ferrol

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