Enrique Barrera Beitia
Vox empezó como voto de protesta por la crisis catalana, y actualmente concentra sus ataques contra los inmigrantes y el feminismo, todo ello en un tono de extrema beligerancia verbal, y es frecuente escuchar en la izquierda el despectivo término de “fachapobres”, lo que es un error, porque el voto de protesta se asienta sobre identidades y no en programas electorales, que son inexistentes en Vox.
También se señala que los jóvenes que se acercan a este partido, no han sacado conclusiones de la dictadura franquista, lo que no sólo es cierto sino también lógico, porque la aproximación de los jóvenes a Vox no es la consecuencia de abrazar la ideología ultraderechista por evolución ideológica. Cuando yo era joven, las familias que habían sufrido la represión de la dictadura franquista transmitían a sus hijos sus ideales, pero los que veníamos “del otro lado”, leíamos libros y sacábamos unas conclusiones que nos llevaban a militar en la oposición democrática, reducida en la práctica a comunistas, y en menor medida a socialistas.
Los tiempos han cambiado, porque el 45% de la población actual no había nacido cuando murió Franco, y un 25% tenía menos de 10 años, de lo que se deduce que menos de una tercera parte de los que vivimos en España tenemos recuerdos y experiencias de ese periodo. Recriminar a los jóvenes que no sientan interés por la guerra civil o por la Segunda República, es como si me hubieran recriminado a esas edades, que no me preocupara por conocer la guerra de Marruecos. Puede que jóvenes de familias franquistas experimenten un proceso similar de herencia cultural, pero desde luego, el aprendizaje intelectual está ausente en los que, sin ser de extrema derecha, quieren votar a un partido de extrema derecha.
La confrontación con el feminismo nos puede ayudar a comprender esta contradicción, porque hay jóvenes que creen sinceramente, y recalco lo de sinceramente, que ya existe igualdad de género y que el feminismo sencillamente les está arrinconando. Que la realidad sea otra, no invalida que tengan por cierta esta percepción, por lo que es comprensible que estando en contra de la violencia machista, nieguen su carácter sistémico. En 2024 hubo en España aproximadamente 200.000 denuncias de violencia machista, de las que se archivaron 137.000, unas 50.000 terminaron en condena y en 12.500 hubo absolución. Si trasladáramos estos datos a Ferrol, habríamos tenido 260 denuncias, de las que 178 se archivaron, y llegaron a juicio 82, con 65 condenas y 17 absoluciones, y no incluimos las denuncias derivadas a la vía civil, para resolver medidas urgentes de protección, custodia de menores, uso de vivienda y alimentos. No parece por lo tanto un problema exagerado de manera artificial por el feminismo.
El problema es que de la misma manera que mucha gente afirma “saber de” una persona a la que le ocuparon la vivienda, de otra que no le pusieron un café en Cataluña por pedirlo en castellano, de otra que fue atracada por unos “menas”, y de un sin papeles que recibe una paga de 3.000 €, también hay quien afirma saber de casos en que una denuncia falsa termina con el hombre arruinado, y con la mujer viviendo con el amante en el piso.
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