Ferrol, en trenes- y buses- sin destino–(Pepe Fernández del Campo)

Pepe Fernández del Campo (*)
En Ferrol el silencio siempre acaba teniendo nombre, aunque tarde en pronunciarse. Primero es una sensación difusa, luego una costumbre y, al final, una certeza incómoda. Estos días volvió a ocurrir. Autobuses que no salen. Trenes que no llegan. Y una ciudad entera que descubre, sin sorpresa, pero con cansancio, que ha quedado otra vez sola.

Esta vez no hubo sirenas ni avisos solemnes, porque no hubo accidente que señalar ni hormigón roto que enseñar. Solo la sucesión habitual de excusas pequeñas. Una huelga que se prolonga. Una avería que nadie explica del todo. Comunicados breves, redactados desde lejos, como si el problema ocurriera en otro sitio. Ferrol, mientras tanto, aprendiendo a detenerse. Servicios que dejan de funcionar y una ciudad obligada a entenderlo.

En las paradas vacías no había rabia, sino algo más incómodo. Una comprensión aprendida a la fuerza, cultivada a base de años de explicaciones que siempre llegan tarde y soluciones que nunca llegan del todo. Esa comprensión que se le pide siempre al mismo territorio. Comprensión para esperar. Comprensión para asumir. Comprensión para no molestar demasiado.

Conviene decirlo con claridad, aunque no guste. Ferrol no está fuera del mapa, aunque a menudo se la gestione como si lo estuviera. Es capital de una comarca y nodo funcional de Ferrolterra, el lugar al que confluyen cada día miles de desplazamientos desde Narón, Fene, Neda, Mugardos, Ares o Valdoviño para trabajar, estudiar, acudir al hospital, a los juzgados o a la administración. Cuando fallan los buses y el tren, no se castiga a Ferrol ciudad, se castiga a todo un territorio, a más de ciento cincuenta mil personas que dependen de esa conexión diaria con A Coruña. Y, sin embargo, este aislamiento se tolera con una ligereza que difícilmente se aceptaría en otras áreas urbanas de Galicia. Lo que en otros lugares sería una crisis de primer orden, aquí se despacha como una molestia pasajera. Esa diferencia de trato tiene un nombre y no es técnico, es injusticia territorial.

La memoria, sin embargo, es terca. Y vuelve inevitablemente a enero de 1998, cuando el Discovery Enterprise se llevó por delante el puente de As Pías. Aquel día Ferrol quedó aislada de golpe, con estruendo, con hormigón roto y con cámaras grabándolo todo. Entonces hubo responsables, ruedas de prensa y promesas de que aquello no podía volver a pasar.

Hoy no hace falta romper un puente. Hoy basta con dejar que las cosas se deterioren lo justo. Basta con que nadie coordine, que nadie prevea, que nadie asuma que dos fallos simultáneos no son una casualidad, sino una consecuencia. El aislamiento ya no es un accidente, es un síntoma.

Porque aquí la pregunta no es por qué se detuvo el autobús o por qué se averió el tren. La pregunta es por qué Ferrol sigue teniendo un sistema tan frágil que no soporta ni una mínima tensión. Por qué, décadas después del golpe del Discovery, seguimos dependiendo de infraestructuras sin respaldo, de concesiones agotadas y de decisiones que siempre se aplazan.

Alguien diseñó este modelo. Alguien decidió que era suficiente. Alguien aceptó que Ferrol podía funcionar así, al límite, confiando en que nada coincidiera nunca. Y cuando coincide, como ahora, nadie parece dispuesto a decir en voz alta que el problema no es coyuntural, sino estructural.

En 1998 hubo urgencia porque el aislamiento se veía. Hoy no la hay porque el aislamiento se ha vuelto discreto, administrativo, casi educado. Nadie queda atrapado entre hierros, pero miles de personas quedan atrapadas en su día a día. Y eso no genera titulares espectaculares, pero desgasta igual.

Lo más inquietante es que Ferrol ya no espera soluciones inmediatas. Espera explicaciones. Espera que alguien diga por qué esto vuelve a pasar. Espera que alguien asuma que una ciudad no puede vivir pendiente de la buena suerte ni de que todo funcione a la vez.

Antes fue un barco. Ahora son decisiones, o la ausencia de ellas. El resultado es el mismo, una ciudad que se detiene y mira hacia fuera, preguntándose quién responde cuando nadie responde.

Porque el aislamiento no es solo quedarse sin buses o sin trenes. El aislamiento real es cuando nadie siente la obligación de evitar que vuelva a ocurrir.

Y ese, quizá, sea el golpe más duro que ha recibido Ferrol en todo este tiempo.

(*) Profesor Máster de Logística

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