José Carlos Enríquez Díaz
En una época en la que todo parece exigir planes inmediatos, respuestas cerradas y resultados cuantificables, conviene detenerse a leer con calma ciertos testimonios que, lejos del ruido, apuntan a lo esencial. La entrevista publicada en El Progreso a Fernando García Cadiñanos, obispo de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, no es un ejercicio de autocomplacencia ni una hoja de ruta programática al uso. Es, más bien, un retrato honesto de un estilo pastoral que se deja medir no por el impacto externo, sino por la fidelidad cotidiana.
Cuando el obispo afirma que no ha hecho obras, pero sí horas y kilómetros, no está esquivando responsabilidades ni ocultando carencias. Está afirmando, con una sencillez poco frecuente, que su prioridad ha sido estar. Y estar, en una diócesis extensa, envejecida y socialmente fragmentada, no es una opción cómoda ni neutra. Supone renunciar al brillo de lo visible para apostar por la constancia silenciosa, esa que rara vez genera titulares, pero sostiene comunidades enteras. No es casual que el Evangelio recuerde a los pastores por haber estado con las ovejas, incluso cuando eso implicaba cansancio, polvo y caminos largos (cf. Juan 10:11-13).
Durante años se nos ha acostumbrado a evaluar el gobierno eclesial desde parámetros casi empresariales: proyectos definidos, estructuras claras, indicadores medibles. Sin negar el valor de la organización, hay algo profundamente evangélico en recordar que la Iglesia no se gestiona solo, se acompaña. Jesús no dejó un plan pastoral escrito, dejó personas acompañadas. Y el acompañamiento no siempre se deja encerrar en esquemas previos. A veces comienza escuchando, otras simplemente apareciendo, y muchas aceptando que los procesos no responden a los tiempos ni a las expectativas de quienes observan desde fuera —o incluso desde dentro— con legítima impaciencia, pero con escasa paciencia evangélica.
La realidad de Mondoñedo-Ferrol, con sus dos sedes y sus dos almas —la industrial y la rural—, exige un equilibrio delicado. Que el obispo viva entre Ferrol y Mondoñedo, que pernocte regularmente en el seminario mindoniense, no es un gesto anecdótico. Es una decisión pastoral cargada de significado. Dice que nadie sobra, que ningún territorio queda relegado a la categoría de residual, que la historia pesa y compromete. En un contexto donde tantas instituciones optan por concentrar, reducir y simplificar, esta elección va a contracorriente. Y no está de más recordar que el Evangelio no se escribió desde el centro del poder, sino desde los márgenes, desde aldeas, caminos y casas prestadas (cf. Lucas 10:1-3).
La entrevista deja entrever también un estilo humano que no debería pasar desapercibido. La naturalidad con la que se habla de un WhatsApp, de una foto compartida o de una camiseta de fútbol entregada al Papa Francisco no trivializa el ministerio; lo desclericaliza. Lo sitúa en un registro comprensible, cercano, especialmente para quienes perciben la Iglesia como un espacio lejano o excesivamente codificado. No es banalidad: es pedagogía pastoral. Jesús comía con publicanos y pecadores; hoy, quizá, se deja encontrar también en los códigos cotidianos, sin miedo a perder autoridad por ganar humanidad (cf. Mateo 9:10-13).
Cuando el obispo menciona proyectos sociales concretos, como la integración de familias migrantes a través de Cáritas en O Valadouro, su discurso se ancla en la tierra. No habla en abstracto, habla de personas, de pueblos que se apagan y de oportunidades que pasan por la acogida. Aquí la pastoral del kilómetro se vuelve criterio: solo quien pisa el territorio sabe dónde duele, dónde urge y dónde conviene esperar.
El buen samaritano no preguntó por el plan diocesano; se detuvo, se acercó y se implicó (cf. Lucas 10:30-37).
En este punto conviene hacer una reflexión serena, pero firme. No toda crítica nace del mismo lugar, ni toda exigencia parte del mismo horizonte. Hay quien demanda definiciones rápidas, visiones cerradas y estrategias explícitas como si la vida eclesial fuera un tablero perfectamente ordenable. Pero el Evangelio no se construye desde la grada ni desde el juicio retrospectivo, sino desde el seguimiento. Resulta siempre más fácil pedir cuentas que cargar con la responsabilidad de sostener el conjunto, más cómodo exigir claridad que aceptar la complejidad, más tentador señalar carencias ajenas que revisar la propia disposición al servicio humilde (cf. Mateo 7:1-5).
La experiencia —especialmente la experiencia larga, diversa, acumulada— enseña que no todo lo que se vive puede reducirse a un plan, y que no todo lo que no se nombra explícitamente está ausente. Pretender que la autenticidad eclesial se mide por la coincidencia con la propia biografía, con la propia formación o con las propias expectativas es un riesgo antiguo, muy conocido en los Evangelios: el de quienes sabían mucha Ley, pero no reconocieron al Pastor cuando pasó delante de ellos (cf. Juan 1:26-27).
La tentación de erigirse en árbitro de autenticidad, de medir el compromiso ajeno desde la propia trayectoria o desde un ideal previamente fijado, es comprensible, pero no siempre justa. La Iglesia no es un laboratorio de proyectos personales, sino un cuerpo plural donde el servicio adopta formas distintas según el momento y la responsabilidad. Pedir cuentas es legítimo; deslegitimar silenciosamente un ministerio por no responder a determinadas expectativas revela más sobre quien juzga que sobre quien sirve.
Hay algo profundamente evangélico en aceptar que no todos sirven del mismo modo ni desde el mismo lugar, y que
el obispo, precisamente por serlo, está llamado a sostener el conjunto, incluso cuando eso implica frustrar deseos particulares o no colmar todas las expectativas. Gobernar también es discernir, priorizar y, a veces, decir no sin explicitarlo. Jesús mismo fue incomprendido por quienes creían conocer de antemano cómo debía actuar el Mesías (cf. Marcos 6:1-6).
La entrevista, leída con atención y sin apriorismos, no revela una diócesis sin rumbo, sino una diócesis en proceso, conducida por un pastor que ha optado por conocer antes de redefinir, por escuchar antes de reestructurar. En un mundo que confunde velocidad con profundidad, esta opción puede parecer insuficiente. Pero quizá sea, justamente por eso, la más fiel al Evangelio, que nunca prometió eficacia inmediata, sino Reino sembrado.
Al final, lo que emerge es una convicción sencilla y exigente: el ministerio episcopal es, ante todo, servicio. Servicio que no siempre se ve, que no siempre se entiende y que no siempre recibe aplauso. Pero servicio al fin. Medido en tiempo compartido, en kilómetros recorridos y en la voluntad firme de no dejar a nadie atrás, aunque eso implique caminar más despacio de lo que algunos desearían… o aceptar que no todos los que critican están realmente dispuestos a caminar.
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