La desilusión y el todo vale–(Enrique Barrera Beitia)

Enrique Barrera Beitia

Las personas de izquierda se desilusionan porque previamente se han ilusionado, mientras que las personas de derechas se ilusionan menos, y por lo tanto reducen ese trauma. Cuando hablo de ilusionarse no me refiero a enamorarse, a ser feliz, a consolidar un razonable marco de vida material o desear la victoria electoral de los tuyos, que son deseos comunes, sino en ir más allá y cambiar “la forma de ser” de las personas y revolucionar la sociedad.

En este sentido, la izquierda es más ambiciosa que la derecha, y por lo tanto más propensa a ensayos sociales que pueden salir bien o mal. Decimos que la derecha clásica es conservadora porque aunque al igual que la izquierda está abierta a usar las novedades científicas o tecnológicas, rechaza el riesgo de cambio en términos de estructura social. No es el caso de la extrema derecha, que sí ha buscado cambios drásticos basados en políticas raciales con resultados catastróficos, y algo de esto emerge en nuestro país siguiendo la estela de lo que pasa en EE.UU.

Dado que la derecha da más importancia al orden y a la estabilidad que la izquierda, es lógico que tienda a
justificar en mayor medida el uso de cualquier medio para obtener sus fines políticos, y esto explica que en España haya monopolizado el uso de una parte del aparato policial para espiar y fabricar, que no es lo mismo que descubrir, pruebas contra Podemos, contra independentistas catalanes, y contra la familia de Pedro Sánchez.

La idea asentada entre los muñidores de estas tramas, es que para terminar con quien negocia con separatistas vascos y catalanes es lícito casi cualquier medio, incluyendo el uso de “falsedades preventivas”, porque o bien el gobierno de Pedro Sánchez ha hecho algo parecido que “todavía” no se ha descubierto, o bien hay que adelantarse a que lo haga. Es una reminiscencia a la baja del primer franquismo, cuando una vez identificada la ideología del reo se consideraba innecesaria cualquier verificación de los cargos de acusación, imitando así la legislación nazi.

Es más fácil aceptar que el fin justifica los medios si también se acepta que “el que esté libre de culpa, que tire la primera piedra”. Este razonamiento, y la conciencia de culpabilidad que genera la doctrina religiosa, se unen en sospechoso maridaje, y digo sospechoso, porque la moraleja evangélica es simplemente que si todos tenemos algo que ocultar o callar, no debemos criticar a los demás por algo que nosotros mismos hemos hecho, ni debemos construir un relato de conveniencia que justifique que lo que hacemos es para evitar un mal superior que los otros “necesariamente han tenido que hacer” o que “inevitablemente lo harán”.

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