Con motivo de la Jornada Mundial contra la Trata de Personas 2026 el obispo de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, Fernando García Cadiñanos, ha enviado a los diocesanos el siguiente mensaje.
«Cada 8 de febrero, la memoria de santa Josefina Bakhita nos obliga a mirar donde preferiríamos cerrar los ojos. Su biografía, marcada por el horror de la esclavitud, no es un relato del pasado, sino el espejo de una esperanza necesaria para miles de personas que hoy, en pleno siglo XXI, siguen encadenadas.
En efecto, aunque no lo creamos, la trata de personas sigue siendo hoy una realidad muy presente. La invisibilidad de esta situación la hace quizás más cruel, porque se hace cómplice de la indiferencia. Por ello la definió el Papa Francisco como “una llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea”. Y no se produce lejos de nosotros, en tierras lejanas. Afecta a personas que viven en nuestras calles y barrios. Las fuerzas de seguridad liberaron el año pasado a casi 1.800 personas de las garras de la explotación en España. Sin embargo, los estudios oficiales estiman que hay más de 90.000, la mayoría mujeres, en riesgo de trata.
Se manifiesta en la explotación sexual, el trabajo forzado, la mendicidad obligada y el tráfico de órganos.
Como conocéis, durante el Jubileo del año 2025, nuestra diócesis quiso concienciarse y comprometerse ante esta realidad, apoyando el proyecto que Oblatas tiene en la ciudad de Ferrol para personas en situación de trata. Según
datos que aportan desde esta entidad eclesial, en la ciudad de Ferrol existen diferentes contextos de donde se dan situaciones de prostitución, clubes y más de cuarenta pisos. Detrás de este negocio se manipula y cercana la libertad individual; y se aprovecha la vulnerabilidad de personas que es explotada por los que no tienen escrúpulos.
Porque en la trata lo que se pisotea es la dignidad de una persona. Y esta lo que reclama es estima, custodia y acompañamiento. Por el contrario, en las situaciones de trata, no se descubre a las personas como un valor en sí mismas, sino que son humilladas, despreciadas y utilizadas. La relación con el otro se enmarca en el utilitarismo: no valoramos al otro por lo que es, sino por lo que nos interesa, y así puede ser olvidado, cambiado, vendido, instrumentalizado o, incluso, eliminado. La trata es una violencia injustificada.
Sabemos que esta situación se alimenta de la pobreza en la que viven miles de millones de hombres y, sobre todo, mujeres. Crece también en una situación de violencia y de guerra, de emigración forzada, de exclusión y de vulnerabilidad.
Pero, además, se refuerza en una sociedad individualista donde, en muchas de nuestras relaciones sociales habituales, las personas han sido reducidas a un dato, a un medio, a una cosa. No nos abrimos a la dignidad que encierran. Por último, no podemos olvidar que el fenómeno se retroalimenta hoy por el desorbitado uso de la pornografía. Los datos son alarmantes: España se sitúa en el ‘top 10’ mundial de consumo de pornografía, con una juventud que lidera las estadísticas.
Debemos preguntarnos: ¿es este consumo el combustible que alimenta el motor de la trata? La deshumanización del otro, sin duda, empieza en una pantalla.
La Iglesia no mira hacia otro lado. Junto a una educación afectivo sexual, que debe de ir más allá de una información y que es urgente en nuestra juventud, muchas personas del ámbito eclesial realizan una labor encomiable en la denuncia, el acompañamiento y el rescate de las víctimas en situación de trata.
Todas ellas tratan de acogerlas, sanarlas ofreciendo apoyo espiritual y psicológico, e integrarlas para devolverles una nueva autonomía y vida personal.
Con esta jornada se nos invita a tener una mirada diferente ante este fenómeno de la trata. Es importante estar concienciados y sensibilizados frente a esta nueva esclavitud. Junto a ello hemos de orar por las personas que viven esta realidad: quizás valoramos demasiado poco el poder de la oración que tanto reconforta y fortalece. Por último, se nos invita a cuidar más a cada ser humano con el que nos encontramos, a generar esa urgente cultura del cuidado de todos y cada uno.
Que la intercesión de santa Bakhita nos ayude a pasar de la indiferencia a la acción. Que nuestra diócesis sea siempre un espacio de libertad y de respeto absoluto a la dignidad de cada hijo de Dios.
Vuestro hermano y amigo,
Fernando García Cadiñanos
Obispo de Mondoñedo-Ferrol
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