Las mujeres no deben razonar-(Enrique Barrera Beitia)

Enrique Barrera Beitia

A mediados del siglo XIX se desarrollaron estudios científicos referentes a la evolución de las especies, de lo que se derivó en las sociedades anglosajones un marcado darwinismo social; si un reducido grupo de países se había adueñado del planeta, no podía ser fruto de la casualidad sino de la superioridad racial.

Uno de los métodos seudocientíficos usados para calcular la capacidad intelectual, consistía en meter arena en los cráneos de los muertos. Las mujeres tenían y tienen la cabeza más pequeña, por lo que su masa encefálica es más reducida que la de los hombres, y por lo tanto poseen una menor capacidad intelectual. De todo esto no sólo nació con maquillaje científico el racismo, sino la clausura de las mujeres   a las actividades relacionadas con la maternidad y el cuidado del hogar.

Asentada esta idea, se admitían matices. Algunas mujeres podían desarrollar una notable actividad intelectual, pero adquiriendo graves riesgos para su salud mental y física, porque podían perder el don de la maternidad al retirarse prematuramente la menstruación. El asesinato en 1933 de la superdotada ferrolana Hildegart por su madre Aurora Rodríguez Carballeira, se presentó como prueba de los riesgos inherentes a forzar el intelecto femenino “más allá de lo razonable”, y el jefe de los servicios psiquiátricos del ejército franquista (Antonio Vallejo Nájera), presentó en 1939 un estudio que en síntesis venía a decir,que la mujer tenía que estar sometida a la autoridad paterna o marital, porque sin este anclaje cometían los peores excesos en situaciones revolucionarias para cobrar venganza por sus frustraciones sexuales.

En EE.UU nacieron entre 1837 y 1889 siete universidades para mujeres, que debían modular el volumen de los conocimientos a impartir para no ponerlas en riesgo. Sin embargo, terminaron ofreciendo una educación similar a las universidades masculinas sin provocar muertes ni enloquecimientos. Fue el primer aviso de que algo no encajaba en el relato,

Desde hace tiempo, están saliendo a la luz estudios que reivindican el papel científico de las mujeres, explicando como se tapó su aportación, siendo una excepción el de la física Marie Curie. Sabíamos que la matemática y física serbia Mileva Maric, colaboró con sus marido Albert Einstein a concretar sus teorías científicas, y que de hecho debería haber compartido el premio Nobel, y ahora hemos sabido lo que ocurrió en la Escuela de Fráncfort y en el Instituto de Investigación Social, dos notables movimientos intelectuales y científicos surgidos en la República de Weimar durante los años veinte, que se apropiaron impunemente de las aportaciones de siete mujeres que figuraban en su organigrama como bibliotecarias y traductoras. Se detalla toda esta bajeza en un libro titulado “En las sombras de la tradición”, aunque advierto que sus lectura me ha resultado muy espesa.

Por todo esto y por todo lo que estoy viendo en el mundo, creo que lo mejor que podemos hacer los hombres es ceder el volante a las mujeres y disfrutar más del paisaje de la vida, porque en la política sobra testosterona y falta empatía y sentido común. Además, tenemos que saldar esta deuda histórica, la mayor de la que hemos contraído junto con la esclavitud de los negros; también debemos saldar esta.

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