Marcos López Balado-En cualquier debate de ideas, la clave no está en vencer al otro, sino en construir un espacio de respeto donde las posturas se confronten con argumentos y no con descalificaciones. Una de las grandes carencias de nuestro tiempo es que, cuando se acaban los argumentos, se recurre con demasiada facilidad al ataque personal o a la deshumanización del adversario.
Recientemente, al aportar datos objetivos sobre Venezuela —datos de dominio público, verificables en fuentes como Wikipedia— la respuesta que recibí no fue una refutación de esos hechos, sino un intento de etiquetar mis argumentos como “vox dixit” o “extrema derecha”. Este es un ejemplo claro de cómo no se debe debatir: se puede ser de cualquier ideología y reconocer la realidad de los datos sin convertir el intercambio de ideas en un ataque personal.
Dicho esto, también es justo reconocer cuando el debate se plantea de la manera correcta. Quiero destacar aquí la respuesta de Enrique Barrera a un artículo mío anterior. Aunque no compartamos las mismas conclusiones, ha confrontado mis ideas desde el respeto, sin descalificaciones personales y aportando argumentos que enriquecen la discusión. Esta es la forma en la que las diferencias pueden sumar en lugar de dividir.
Por supuesto, podemos hablar del papel de Donald Trump en el caso venezolano. Su pragmatismo es evidente, pero conviene entender que no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para alcanzar un objetivo mayor. Tanto Trump como cualquier observador razonable saben que María Corina Machado, a día de hoy, no controla ni el aparato del Estado chavista ni el ejército. Nadie sensato puede imaginar que baste con colocarla en un helicóptero, dejarla en Caracas y proclamarla presidenta. La instauración de una democracia requiere un proceso más complejo, un periodo de transición.
En ese contexto, no resulta descabellado pensar que se haya producido una degradación interna del régimen y que parte de él haya facilitado la salida de Maduro para abrir la puerta a unas elecciones libres. Elecciones en las que, si María Corina Machado u otro líder opositor obtiene el respaldo popular, pueda asumir legítimamente la presidencia. Probablemente no sea altruismo, sino que la búsqueda de la democracia es el traje que viste de legitimidad a lo sucedido.
Tampoco se trata de que Estados Unidos quiera apropiarse de los recursos venezolanos. Lo que busca, en última instancia, es impedir que esos recursos se utilicen para fortalecer a enemigos geopolíticos y que el petróleo venezolano se venda de forma transparente, al mejor postor, y no como instrumento de presión política.
Y para finalizar, Donald Trump actúa en este escenario más como la cara visible de un relato que como el verdadero arquitecto del plan. Sus formas son muchas veces erráticas, pero el diseño estratégico procede de informes, análisis y decisiones tomadas por estructuras más complejas y por figuras con mayor visión geopolítica. Trump, fiel a su carácter, se limita a vender el resultado, reforzando su imagen pública por puro ego y megalomanía, atribuyéndose decisiones que otros han concebido y ejecutado a mayor gloria de sí mismo.
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