Marcos López Balado
Raudo y veloz he apurado a escribir este breve artículo porque creo que es el momento de celebrar y de arropar y apoyar al pueblo venezolano. Sé que, ante todo, es una columna de opinión. Por lo tanto, aquí se mezclan hechos consumados con interpretaciones personales y opiniones subjetivas. Pero el hecho indiscutible es que Nicolás Maduro ha sido derrocado. La discusión sobre la legitimidad de la intervención estadounidense en Venezuela es, sin duda, opinable.
En mi opinión, aunque no exista una “policía global” oficial, a veces es de agradecer que alguien asuma ese rol para frenar a dictadores. No obstante, sería ingenuo si pensase que un país tiene que invertir sus recursos sin esperar algo a cambio. Así que creo legítimo que Estados Unidos busque un beneficio, que creo que es más estratégico que solo por el petróleo, que consiste en debilitar a una alianza de regímenes totalitarios contrarios al mundo libre. De este modo, no solo elimina un dictador, sino que se debilita una red de aliados que integran Irán, Cuba, Rusia o China.
Lo que sí, no deja de resultarme irónico que aquellos que van a criticar hoy, y estos días, esta intervención son a menudo los mismos que justifican la invasión rusa en Ucrania. Mientras en Venezuela se ha llevado a cabo una operación quirúrgica para capturar a un dictador, en Ucrania Rusia lleva años atacando civiles y anexionando territorios. Esa doble vara de medir revela que, muchas veces, las críticas no se basan en principios morales, sino en afinidades políticas. Curioso cuanto menos es ver cómo he visto hoy en algún sitio de España (como Canarias o Madrid) a Españoles pro-maduro enfrentándose a Venezolanos que lo estaban celebrando.
En conclusión, al margen de todas las opiniones políticas, hay hechos irrefutables. Venezuela era una dictadura, especialmente desde que Maduro usurpó el parlamento y, más recientemente, violó la soberanía del pueblo venezolano al robar unas elecciones que perdió. Hoy ese dictador ha caído, y aunque se abre una etapa de incertidumbre, también hay esperanza de que Venezuela pueda consolidar una verdadera democracia, donde los venezolanos recuperen su libertad y su soberanía. El resto que queda es la rabia de aquellos que preferían una dictadura de su mismo color político que una democracia fuera del color que fuera.
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Al margen de sus anhelos, que podemos compartir, puede que sus conclusiones sean prematuras. En estos asuntos conviene dejar pasar un tiempo para ver por donde “van los tiros”, y aunque aún no hay nada concluyente, es posible que la intención de la Casa Blanca sea pactar con el chavismo y marginar a la oposición venezolana. La razón la da el propio Trump: quiere estabilidad, y eso lo puede otorgar un chavismo puesto entre la espada y la pared, antes que un cambio de régimen que siempre genera incertidumbre en sus resultados, como se vio en Irak con la decisión de disolver el partido Baas, creando un vacío de poder y una enorme inestabilidad. Parece que la democracia tendrá que esperar, aunque habrá gestos de apertura.
Trump,no va a solucionar problemas a Venezuela,Trump y lo dijo 26,veces,va a por el petróleo,así que no es ningún salvador,Venezuela seguirá igual,pero con las Compañías petrolíferas americanas.En fin se ha abierto la espita del colonialismo y nos afectará a Europa,si no nos ponemos las pilas,quiere Groenlandia,que es de Dinamarca.