Kiko: de la adicción a la ayuda, una historia que interpela a la sociedad-(José Carlos Enríquez)

José Carlos Enríquez Díaz

En una sociedad que a menudo juzga rápido y comprende poco, hay historias que obligan a detenerse. La de Javier Roberto Vallarino Bolívar, conocido como Kiko, es una de ellas: un testimonio de caída, lucha y reconstrucción que no solo habla de adicción, sino también de responsabilidad social, heridas familiares y esperanza.

Kiko, que hoy reside en Galicia, conoce la adicción desde dentro. Su contacto con sustancias comenzó siendo apenas un niño. Antes de los ocho años ya había probado alcohol y tabaco, en un entorno donde estas prácticas no solo estaban normalizadas, sino que eran accesibles. Lo que empezó como algo aparentemente inofensivo terminó convirtiéndose en una enfermedad que marcó más de tres décadas de su vida.

Durante 34 años de consumo, intentó salir en múltiples ocasiones, pero las recaídas eran constantes. La adicción avanzaba, y con ella, la pérdida de todo aquello que daba sentido a su vida: familia, estabilidad, dignidad. Como sucede en muchos casos, también aparecieron conductas problemáticas y delictivas. Y con ellas, el juicio social.

No es raro escuchar frases como “que se pudra” o “no tiene solución” cuando se habla de personas atrapadas en la droga. Ese rechazo, lejos de ayudar, profundiza el aislamiento. La historia de Kiko cuestiona directamente esa mirada. Porque detrás de la adicción no hay solo decisiones individuales, sino contextos complejos que muchas veces se ignoran.

Uno de esos contextos es la familia. Los conflictos familiares pueden generar entornos de tensión emocional que favorecen la aparición de conductas adictivas. La falta de comunicación, los malentendidos constantes o incluso situaciones de abuso pueden llevar a que una persona —especialmente en etapas tempranas de la vida— busque refugio en sustancias.

Cuando un niño crece en un hogar donde el alcoholismo o el consumo son habituales, aprende algo más que un comportamiento: aprende una forma de afrontar el dolor. Así, el consumo deja de ser solo una elección y pasa a convertirse en un patrón aprendido, que puede repetirse de generación en generación si no se interviene a tiempo.

A estos factores se suman otros igualmente determinantes: la pobreza, el desempleo, la exclusión social o la falta de redes de apoyo. Todo ello configura un escenario donde la adicción encuentra terreno fértil. No se trata de justificar, sino de entender para poder actuar con mayor responsabilidad como sociedad.

En el caso de Kiko, el punto de inflexión llegó cuando tocó fondo. En medio de la desesperanza, el deterioro físico y emocional, y el peso de la vergüenza, tomó una decisión distinta: pedir ayuda. Ese gesto marcó el inicio de un proceso de recuperación que comenzó en 2002 y que se mantiene hasta hoy.

Desde entonces, no solo ha logrado mantenerse en sobriedad, sino que ha transformado su experiencia en una vocación. Durante más de dos décadas ha acompañado a personas, familias e instituciones en procesos de recuperación, integrando lo aprendido en su propia vida con herramientas terapéuticas.

Aunque actualmente vive en Galicia, su labor tuvo un impacto significativo en Colombia, donde fue presidente y director clínico de la Fundación Surgir Hogares Vive. Desde allí impulsó un enfoque de recuperación integral que no se limita a la abstinencia, sino que abarca las dimensiones física, emocional, familiar y espiritual de la persona.

Para Kiko, la recuperación no consiste únicamente en dejar de consumir, sino en reconstruir la identidad, sanar relaciones y encontrar un nuevo sentido de vida. Esa visión es la que recoge en su libro “La sanación del alma en adicción”, donde combina experiencia personal, conocimiento y reflexión.

En sus páginas aborda temas como los procesos adictivos, las recaídas, los perfiles psicológicos o la codependencia, pero también cuestiona ideas muy extendidas. Muchas personas siguen viendo la adicción como una falta de voluntad o un problema individual, sin comprender su complejidad.

Su propuesta va en otra dirección: mirar la adicción como una enfermedad que afecta a la persona en su totalidad y que requiere un abordaje humano, profesional y también social.

En este camino, la dimensión espiritual ocupa un lugar importante. Kiko habla de Dios como una presencia que, incluso en los momentos más oscuros, puede abrir una salida. Su experiencia conecta con una idea presente en la Biblia: que el consuelo recibido puede convertirse en ayuda para otros.

Más allá de las creencias, su historia deja un mensaje claro: nadie se recupera en soledad, y nadie debería ser condenado sin oportunidad.

En tiempos donde el juicio suele imponerse a la empatía, testimonios como el de Kiko invitan a replantear la mirada. No se trata de negar los errores, sino de entender que detrás de cada persona hay una historia, y que la forma en que la sociedad responde puede marcar la diferencia entre la caída definitiva o la posibilidad de levantarse.

Su vida es, en ese sentido, un recordatorio incómodo pero necesario: cuando se ofrece ayuda en lugar de rechazo, la transformación es posible.

Y quizá ahí está la clave. No solo en lo que cada persona puede hacer por sí misma, sino en lo que como sociedad estamos dispuestos a hacer por quienes más lo necesitan.

Un libro cercano, valiente y profundamente humano que ayuda a comprender la adicción más allá de los prejuicios.
Una guía útil tanto para quienes la viven como para familias y profesionales que buscan respuestas.
Una lectura que ofrece herramientas, pero sobre todo esperanza y la certeza de que siempre es posible empezar de nuevo.

Email: kikovallarino@hotmil.com

Facebook: www.facebook.com/javirkikovallarino

Youtube: www.youtube.com/@kikovallarino

Instagram: kiko.vallarino

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