A la izquierda le gustan los Papas; a la derecha no tanto–(Enrique Barrera Beitia)

Enrique Barrera Beitia

La visita del Papa León XIV a España ha sido notable en muchos sentidos, y uno de ellos fue la implicación del Gobierno. Desde la izquierda más laica se señala el exceso que supone invitar a un Papa a la tribuna del Congreso de los Diputados, o su tibieza a la hora de abordar el escándalo de la pederastia, porque no es suficiente pedir perdón. En el campo de la derecha, predomina el desconcierto entre su anclaje ritual al catolicismo y el rechazo a los mensajes papales que afectan a cómo se debe tratar a los inmigrantes, o los riesgos que supone aceptar acríticamente un orden económico salvaje y sin reglas.

Concluir que Pedro Sánchez buscaba el respaldo papal a sus políticas sociales es correcto, pero hay otros
movimientos de enorme calado señalados en la última encíclica, Magnifica humanitas, que contiene 189 puntos distribuidos en cinco capítulos, además de la introducción y la conclusión final. La he leído y quiero destacar varias ideas fuerza que pueden explicar este acercamiento aparentemente “antinatura”, aunque conviene no olvidar que en el caso concreto del PSOE la mitad de sus votantes se declaran católicos, practicantes o no.

La Iglesia no debe limitarse a “comunicar mensajes de vida eterna”, sino que puede y debe dedicar también sus energías a “cuestiones mundanas” (no 3). Con la digitalización y la inteligencia artificial, la humanidad entra en un “cambio de época” y es preocupante que una mayoría simplemente “aguarda que todo salga bien” (no 6). Como ocurre “con todo gran avance tecnológico, la IA aumenta el poder de quien mejor accede a sus datos y designa sus algoritmos” (no 108), al tiempo que “fomenta el surgimiento de un hombre hibridado con la máquina” (no 116). Ciertamente se incrementarán sus capacidades científicas, pero también el riesgo de retroceder en empatía social (no 126). León XIV pone énfasis en la propagación de las fake news que usan la IA. En este sentido, el texto alude a Hannah Arendt, quien afirmaba que los súbditos ideales “no son los ideológicamente convencidos, sino aquellos para quienes ya no existe la diferencia entre los hechos y la ficción” (no 134).

La Iglesia considera «compañeros de camino» y “preciosos aliados” a los defensores de la dignidad humana (no 23), reconoce que en el pasado se cedió a métodos de intolerancia e incluso de violencia (no 25) y asume que se retrasó lamentablemente en la condena de la esclavitud (no 175). La encíclica denuncia que la actual estructura económica mundial favorece los intereses de las élites de las naciones más poderosas (no 38 y no 79), al tiempo que señala que “en la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar en la mano invisible del mercado” (no 163). Dicho de otra manera: es necesario que los poderes públicos intervengan para regular esta cuarta revolución industrial.

Imposible, por mi parte, no estar de acuerdo con todo esto.

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