
Lucas Molina Franco (*)
Es posible que el título no diga nada a la mayoría de los lectores, pero el asunto es de un calado verdaderamente trascendente, que demuestra la desidia, la ignorancia y la falta de cariño al patrimonio histórico común, en este caso, de los ferrolanos.
Retrocedamos en el tiempo y situémonos a finales del siglo XIX, cuando la defensa de nuestras costas dependía de nosotros mismos, no había Unión Europea y la disuasión funcionaba cuantos más y mejores cañones tuvieras para proteger el territorio. El arma de artillería, tan ligada a la ciudad de Ferrol, era la encargada de defender una de las bases navales más importantes de España, aunque por aquel entonces, y amén de unas baterías de obuses en las crestas de Montefaro y unos viejos cañones en los castillos de La Palma y San Felipe, poco más había para disuadir.
Entre 1898 y 1899, al calor de los tristes acontecimientos en Cuba, Filipinas y Puerto Rico, dos artilleros ilustres, los entonces capitanes Roberto Munáiz González–Garrido y Joaquín Argüelles de los Reyes, llevaron a cabo el diseño de un cañón de calibre medio y tiro rápido. Se trataba de una pieza de 15 cm de calibre, con cierre de tornillo y montaje de marco bajo y giro central, con retroceso corto gracias a sus dos frenos hidráulicos. Sería demasiado tedioso profundizar en las características técnicas de este último gran proyecto nacional de cañón de costa, pero baste decir que lanzaba proyectiles de 56 kilogramos a unos 14 kilómetros de distancia, con una cadencia de cuatro disparos por minuto.
Tras una serie de pruebas, el proyecto de los artilleros Munáiz y Argüelles fue declarado reglamentario en la artillería española el 31 de agosto de 1903, procediendo a su fabricación en Trubia, y a su emplazamiento en diferentes plazas costeras españolas.

Y a Ferrol le correspondieron 12 de estos cañones, que artillaron desde 1909 las baterías de nueva construcción situadas en la falda de Montefaro, casi donde el coloso de piedra que vigila la ría ferrolana se une con el mar, en las llamadas baterías de Salgueira y Sudova (situadas en las puntas de Segaño y Coitelada), a derecha e izquierda de la ensenada de Chanteiro. Y allí estuvieron hasta nuestra desdichada Guerra Civil, protegiendo la entrada de Ferrol junto a una nueva batería de cañones Krupp de 26 cm, comprados apresuradamente para la Guerra de Cuba, aunque esa ya es otra historia.
No es el momento ni el lugar de narrar el periplo de los cañones «Munáiz- Argüelles» ferrolanos durante el conflicto civil, pero baste decir que algunos de ellos se enviaron a defender Melilla y otros, a las Rías Bajas, quedando en Ferrol sólo cuatro piezas, dos en cada batería. En la postguerra se fueron llevando piezas a Pontevedra
hasta que en los años 70 del siglo XX sólo quedó una –destartalada y sin cierre–, en la batería de Salgueira, aunque ya sin fines guerreros.

Recuerdo como si fuera ayer, cuando a finales de los 80 se desartilló aquel cañón de Salgueira y se llevó al Parque de Artillería de Canido, instalando la pieza en el aparcamiento, reparada y pintada por los eficientes operarios ferrolanos, junto a una placa y los bustos de Daoíz y Velarde, héroes artilleros que se sublevaron contra los
franceses en 1808 en el Parque de Monteleón. La fotografié recién «artillada» en la que iba a ser su última morada. Allí iba a estar cuidada y mantenida por los herederos de aquellos viejos artilleros y serviría para honrar la memoria de todos los que, en algún momento de la historia, se consagraron a la defensa de Ferrol.
Pero el Regimiento de Artillería de Ferrol desapareció, fruto de uno de los innumerables planes patrios de supresión de unidades militares, y el Parque de Artillería de Canido, también, quedando sus instalaciones abandonadas. Y allí permaneció, olvidado y desangelado, aquel «Munáiz-Argüelles» ferrolano, otrora vigilante de la boca de la ría, hogaño compañero de basuras diversas no recicladas, maleza invasora y roedores, muchos roedores. Y nadie se quiso dar cuenta del valor histórico y simbólico de la pieza. Nadie en estos más de 30 años ha hecho nada por ese vestigio histórico tan ligado a Ferrol y su defensa. Nadie ha levantado la voz para
reclamar, aunque fueran unos euros, y ponerlo en valor en un lugar más decente.
Pedagogía es enseñar a los jóvenes como se forjó la nación donde viven y cómo sus antepasados defendieron el terruño que les daba alimento y cobijo. Pedagogía, señores representantes políticos y militares, es cuidar el patrimonio –material e inmaterial–, del que son ustedes custodios y depositarios, y respetar a las generaciones que les precedieron, ¿no les parece?
La dejadez de todo un pueblo y de sus representantes en estas últimas décadas ha sido demoledora. Desgraciadamente hay muy poca conciencia de la «Historia» y muy poca cultura de «Defensa» (ambas con mayúsculas) en nuestra ciudad, fiel reflejo del país en el que vivimos.

Me avergüenza el estado de tan importante pieza histórica para Ferrol. Y me apena que ninguna institución haya hecho nada por ella. No es la única que adolece el abandono más absoluto en lo que antaño fuera el acuartelamiento «Sánchez Aguilera», lo sé. Hay más, todas ellas comidas por la maleza, los desperdicios y las ratas. Pero hoy les hablo del cañón «Munáiz-Argüelles»: diseñado por españoles, fabricado por españoles y manejado a lo largo de su vida operativa, hasta su baja en el Ejército, por españoles.
Acompaño unas imágenes que no dejan lugar a la duda… Y me temo que tampoco a la esperanza.
(*)-Lucas Molina Franco (Ferrol, 1965) es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, Doctor en Historia Contemporánea y director de la revista ARES Enyalius de Historia y actualidad militar.
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