Julia M.ª Dopico Vale y Piñeiro
“Salve, estrella de los mares.”
La Semana Santa es la celebración que conmemora la pasión, la muerte y resurrección de Jesucristo, el Dios entre los hombres para muchos y para tantos otros el mayor revolucionario de todos los tiempos ya que Él representa a toda víctima, al perdedor crucificado, a los rechazados y a los marginados, a los que sólo pueden ser consolados por la magnitud de la Misericordia descrita como “infinita, constante e inagotable”.
En más de ciento veinte países las procesiones reúnen a millones de personas; en otros se celebran otras festividades religiosas y en otros la vida transcurre con “normalidad” o en guerra, que es lo peor.
Resulta difícil para nosotros, sea como sea, no enterarnos de que estamos en la Semana de la Pasión en la que salen a las calles en procesión todo tipo de tallas y esculturas que hacen de la imaginería un arte de raíz muy profunda reproduciendo lo acaecido en Yerushaláyim aquella vez… en el Calvario.
María‒ dicen las escrituras‒permaneció en silencio; Ha-Magdalit, la de Migdal, le dijo: ¡Rabuni!; Judas arrojó las monedas de su traición para ir a ahorcarse; los sacerdotes las recogieron para comprar el Campo de Sangre; un ladrón dijo “acuérdate de mí”; el otro “sálvate a ti mismo”; el pueblo se burlaba dictando la mortal sentencia: ¡Sea crucificado!; Pilatos se lavó las manos: “ Inocente soy yo de la sangre de este justo”…Y todo así mientras, el Nazareno, caminaba con su cruz a cuestas pronunciando aquellas siete palabras: Tzame ena; Eloí, lemá sabactani; Abba, Shbop Ion o… Mashalah‒ “como Dios ha querido”‒.
Edipo es nada y todo igual que esto, como finalmente lo es para cada uno de nosotros, cumpliendo cada uno su destino y entonces… ¡Oh, la libertad! ¡Qué cuestión tan compleja! Beethoven supo verlo en la 5ª Sinfonía; Tchaikovsky en la 4ª y en la 6ª; Verdi en La forza del destino, Wagner en el Anillo del Nibelungo; Arriola, el gallego, en el Epílogo de las poesías de Machado…
Caminito y cuesta arriba como el serpenteante y rocoso Gólgota que caminaba Yeshua en solitario ante un panorama aterrador. Sin salmos ni jubilosos cánticos. Y esta es la verdad‒dicen las escrituras‒. Una verdad que a mí me resuena de manera más laica en la frase de “la diga Agamenón o la diga el porquero”, que es lo mismo. Y listo.
Las procesiones reflejan estos momentos, sí, pero son otra cosa. En ellas la música vibra por todas partes escuchándose redoble de tambores, toques de campanas, bandas militares, escolanías, coros, solistas, saeteros, saeteras, cantos gregorianos, oratorios, música llanera, miskita, criolla, lamentos quechuas o el Miserere mei de Allegri…
Y en Ferrol todo es música especialmente ya que enlaza con la Fiesta de las Pepitas, mezclándose rondallas, nazarenos, los Cantos de Taberna de Curuxeiras, las bandas de las Cofradías, os gaiteiros‒ sempre os gaiteiros‒…en una singular miscelánea que da en el “Ferrol Touch” que engancha, sí, bastante. Y ahora yo, escribiendo estas líneas y anticipándome a lo que toca luego, pienso: ¿Y quién me presta a mí una escalera?¡Lerias! ¡Ah, sí!, ya sé. D. Antonio Machado. Sólo él lo haría, seguramente. Porque él pensaba‒ ¡y cuánto emociona! ‒ en quitarle los clavos al Cristo de los Gitanos, a ese que anduvo en la Mar, cantándole sin quererlo con más amor que nadie, pienso. Porque él quería y estaba dispuesto, Señor; él estaba dispuesto… ¡a desenclavar!
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