El obispo de Mondoñedo-Ferrol, llama a la comunión y a una fe viva en la Semana Santa Ferrolana-(José Carlos Enríquez Díaz)

José Carlos Enríquez Díaz

La reciente carta del obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor Fernando García Cadiñanos, dirigida a los cofrades de la diócesis, constituye mucho más que un mensaje pastoral propio del tiempo de Cuaresma. Es, en realidad, una profunda reflexión sobre el sentido auténtico de la vida cofrade, un reconocimiento sincero a la labor que realizan miles de personas y, al mismo tiempo, una invitación clara a crecer en unidad, fe y compromiso, especialmente entre los más jóvenes.

Desde el inicio, el obispo evoca el Jubileo Diocesano de las Cofradías celebrado en Ferrol, un momento que define como una “ocasión preciosa de encuentro y de oración compartida”. No se trata de una referencia anecdótica: en ese recuerdo se condensa uno de los ejes principales de su mensaje, la necesidad urgente de “reconstruir juntos la comunión”. En una sociedad cada vez más fragmentada, también las cofradías —como reflejo de la realidad humana— pueden verse afectadas por tensiones, diferencias o desencuentros. Frente a ello, el obispo propone un camino exigente pero imprescindible: el del diálogo, la paciencia y la caridad.

Esta insistencia en la unidad no es casual. La Semana Santa de Ferrol, declarada de Interés Turístico Internacional, es uno de los grandes referentes de la religiosidad popular en Galicia y en toda España. Su riqueza estética, su tradición y su capacidad de convocatoria son incuestionables. Sin embargo, como bien señala el obispo, existe un riesgo: reducir la vivencia cofrade a lo meramente externo, a la organización o a la belleza de las procesiones, olvidando su raíz más profunda.

En este sentido, la carta es también un reconocimiento explícito a la enorme labor de los cofrades. Monseñor García Cadiñanos valora el cuidado del patrimonio, la dedicación constante y el esfuerzo colectivo que hacen posible cada Semana Santa. Pero va más allá al recordar que “el patrimonio más valioso es la comunión entre nosotros. Es decir, lo verdaderamente esencial no son las imágenes, los pasos o los enseres, sino la vivencia compartida de la fe que les da sentido.

Uno de los aspectos más relevantes del mensaje episcopal es su mirada hacia el futuro, encarnada en los jóvenes. El obispo constata con esperanza que muchas personas —especialmente jóvenes— se acercan a las cofradías buscando algo más que tradición o estética. Buscan sentido, pertenencia y raíces. Este diagnóstico es especialmente significativo en un contexto de creciente secularización, donde las estructuras tradicionales pierden peso, pero donde sigue existiendo una profunda inquietud espiritual.

Aquí emerge con fuerza la dimensión evangelizadora de las cofradías. Cuando funcionan como verdaderas comunidades de fe, no solo conservan una tradición, sino que se convierten en auténticos espacios de anuncio del Evangelio. La belleza de las imágenes, el silencio de las procesiones o la solemnidad de los actos pueden ser puertas de entrada a una experiencia más profunda, pero necesitan ir acompañadas de formación, fraternidad y compromiso.

El obispo lo expresa con claridad al afirmar que ser cofrade es un estilo de vida. No se trata únicamente de participar en unos días concretos del año, sino de vivir el Evangelio en lo cotidiano: en la capacidad de escuchar, de dialogar, de corregir y dejarse corregir, de anteponer el bien común a los intereses personales. En definitiva, de hacer visible una fe coherente.

Especialmente significativa es su advertencia sobre el riesgo de incoherencia: “de poco serviría vestir una túnica impecable si el corazón se deja arrastrar por la murmuración o la rivalidad”. Esta frase resume con gran fuerza uno de los desafíos fundamentales de la religiosidad popular: la necesidad de que el signo externo vaya acompañado de una auténtica conversión interior.

Pero lejos de un tono recriminatorio, la carta está impregnada de cercanía y reconocimiento. Se percibe en ella la entrega pastoral de un obispo que conoce y valora profundamente la realidad de su diócesis, que acompaña a sus cofrades y que confía en su capacidad para ser fermento de vida cristiana en medio del mundo.

En este contexto, la llamada a vivir intensamente el Triduo Pascual adquiere un significado especial. El obispo invita a no quedarse en la superficie, sino a participar en la liturgia, en la Eucaristía, en el sacramento de la reconciliación. Es ahí donde la Semana Santa encuentra su pleno sentido. Las procesiones, con toda su belleza, son expresión de algo más profundo: el misterio de la muerte y resurrección de Cristo.

Ferrol, con su rica tradición cofrade, tiene ante sí una gran oportunidad. Mantener el prestigio y la proyección de su Semana Santa es importante, pero lo es aún más cuidar su alma, esa fe viva que se transmite de generación en generación. En este camino, el papel de los jóvenes será decisivo. Su implicación, su creatividad y su búsqueda de autenticidad pueden renovar y fortalecer las cofradías desde dentro.

La carta de monseñor García Cadiñanos es, en definitiva, una invitación exigente pero esperanzadora. Un recordatorio de que la verdadera grandeza de la Semana Santa no está solo en lo que se ve, sino en lo que se vive. Y un reconocimiento sincero a quienes, con su trabajo silencioso, hacen posible que Ferrol siga siendo un referente, no solo turístico, sino también espiritual y evangelizador.

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