Día mundial de la Poesía-2026-(Julia M.ª Dopico Vale y Piñeiro)

Julia M.ª Dopico Vale y Piñeiro

El 21 de marzo es el Día Mundial de la poesía, el arte que para la R.A.E es el de “componer obras en prosa o verso con el fin de crear belleza” o para los griegos la misma “creación”, siendo Calíope‒ “la de la bella voz” ‒ su principal musa entre la jerarquía de las hijas de Zeus o para Bécquer, por ejemplo, “poesía eres tú” y así debe ser, aunque algunos no tengamos la azulada y marítima pupila…

Sea como sea la poesía y en su expresión más sublimada la lírica, que expresa el “yo íntimo” como hacía Safo, la de Mitelene, está estrechamente vinculada a la música o es música en sí misma ya que la “palabra hablada” es la base de la “palabra cantada” resultando los seres humanos los que desarrollamos más tan intensa y precisa forma de comunicación. Un regalo de Thoth que nos concede la potestad de designar a cada cosa por su nombre y por tanto de hacer eterno aquello que se escribe.

La melodía, la sucesión ordenada de alturas de sonidos, esta “voz cantada”, se convierte así en el alma de la poesía y de la música y a la par en la forma más universal de comunicación entre nosotros sin que pueda ser desbancada por ningún otro “invento”. “La melodía será eterna, como el mar, como el agua, como la noche, como una flor. Siempre distinta, siempre nueva, pero siempre ella misma para expresar el sentimiento de la música, para cantar la efusión de nuestros corazones” ‒Antón García Abril, compositor y Maestro‒.

Toda la obra de Mozart es una canción‒ la de todos, realmente, pero Mozart es… “el Divino” ‒; Puccini afirma que “ninguna música podría existir sin melodía”; Wagner que “la melodía viene de Dios y el resto de nuestro cerebro” y más allá de los clásicos, otros Maestros de la canción como Atahualpa Yupanki, este indio solemne, poderoso y solitario nos cuenta: “La guitarra antes de ser instrumento fue árbol y en él cantaban los pájaros. La madera sabía de música mucho antes de ser instrumento”.

Sí. Como las caracolas, que graban el rumor perpetuo de las aguas oceánicas vertiéndolas en nuestros oídos … ¿Cuántas veces nos hermanamos con tantas melodías?; ¿Por qué nos conmueven?; ¿Cómo se hacen nuestras si no nos pertenecen?… Quizás tengamos que remontarnos al lejano mundo de Thoth, conduciéndonos su palabra hacia cada Ítaca y detenernos un instante en los emporios de Fenicia y proseguir hacia otros puertos, puede que antes nunca vistos, pero perfumados, seguramente, de jazmines y de romero‒ sólo romero‒.

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