«La Constitución no es un regalo del pasado, sino un compromiso con el futuro. Cuidarla es proteger la libertad de quienes vendrán después.»
Desde este martes día 17 de febrero, la Constitución de 1978 se convierte en la más longeva de la historia de nuestro país. Hasta hoy la más longeva era la de 1876, la de Alfonso XII tras la caída de la primera República, pero la del 78 cumple hoy un día más: 17.240.
La Constitución: El pacto que nos une en lo cotidiano
A menudo, cuando escuchamos hablar de la Constitución, nos parece algo lejano, una discusión reservada para los pasillos del Congreso o las tertulias de la capital. Sin embargo, nada afecta más a nuestra vida diaria aquí, en nuestras calles y plazas, que la salud de nuestra Ley Fundamental. La Constitución no es solo un conjunto de leyes; es el pilar de nuestra convivencia que garantiza que, a pesar de nuestras diferencias, todos juguemos con las mismas reglas.
Vigencia en cada rincón
La Constitución tiene plena vigencia cada vez que un vecino hace uso de su libertad de expresión, cada vez que nuestras instituciones locales funcionan bajo el principio de legalidad y cada vez que se respetan los derechos que nos hacen iguales ante la ley. No es un documento del pasado; es la herramienta que hoy permite que nuestra comunidad sea un lugar de respeto y no de imposición. Es, en esencia, la columna vertebral de nuestra organización política y social.
Un escudo contra la división
En tiempos donde el ruido y la polarización parecen ganar terreno, la Constitución se levanta como un principio de unidad. Cuidarla es una responsabilidad compartida, especialmente en el ámbito local, donde el contacto humano es directo. Protegerla significa defender el diálogo por encima del insulto y la institución por encima del personalismo. Como han señalado voces institucionales recientemente, es un pacto de convivencia abierto e integrador que debemos preservar para las generaciones futuras.
El compromiso de todos
Desde Galicia Ártabra hacemos un llamado a no dar por sentadas nuestras libertades. La Constitución es frágil si no hay una ciudadanía dispuesta a sostenerla. Cuidar nuestra norma básica es, en última instancia, cuidar la paz y la estabilidad que nos permiten progresar como pueblo. Porque, al final del día, es ese «techo común» lo que nos permite seguir siendo vecinos, aun cuando no estemos de acuerdo en todo.
Nuestra responsabilidad compartida
Debemos cuidarla frente a los intentos de instrumentalización y frente a la indiferencia. La salud de una democracia se mide por el respeto que sus ciudadanos y líderes profesan a su norma básica. Ignorarla o erosionar su legitimidad por beneficios políticos de corto plazo es una apuesta de alto riesgo que suele pagarse con la pérdida de estabilidad social.
La Constitución sigue vigente porque los valores que protege —justicia, igualdad y libertad— son aspiraciones permanentes. Nos corresponde a todos, desde la sociedad civil hasta las altas esferas del poder, velar por su integridad. No solo por respeto a la ley, sino por amor a la convivencia pacífica que ella nos garantiza.
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