Enrique Barrera Beitia
El mensaje que JM Rey Varela ha dado en FITUR es lógico dado que se trata de una feria turística.
Nuestro actual alcalde, como los anteriores o los venideros, recalcan y recalcarán nuestra gastronomía y playas, la Semana Santa, las Meninas, el Arsenal, etc. Pero estas realidades no son nuestra alma ni nuestra seña de identidad, y desde luego no nos convierten en una ciudad superior, ya que muchas otras localidades españolas también cuentan con tradiciones centenarias, ricos patrimonios arquitectónicos, gastronómicos o paisajísticos. Sólo desde un chovinismo fuera de lugar, puede una localidad afirmar que ninguna otra le iguala, y sin embargo, Ferrol es una ciudad distinta, no por su aspecto sino por su alma, o por decirlo de otra manera, por un espíritu comunitario que paradójicamente es en realidad un doble sentimiento grupal.
Todo arranca con el peculiar parto de nuestra ciudad en el siglo XVIII, ya que Ferrol no era una ciudad en la que se instaló una base naval, sino una base naval en la que se instaló una ciudad y unos astilleros, y aquí nace esa dualidad de militares y obreros. Cada uno a su manera y con sus propios valores, crearon identidades muy resistentes ante las adversidades: los militares con su “esprit de corps” y los obreros con su identidad de clase. En Ferrol, la conexión con el pasado y la solidez de los lazos grupales, de lealtad o de solidaridad, han sido y siguen siendo más importantes que en las demás ciudades españolas. Entre ambos, una burguesía empequeñecida que a diferencia de las demás ciudades, ocupaba un segundo plano porque la oficialidad la miraba por encima del hombro, y porque era el Estado y no ellos quien daba empleo a la mayoría de los obreros.
Esta es nuestra verdadera esencia, más real que la exitosa frase de Gonzalo Torrente Ballester cuando habla del Ferrol de la Ilustración como una ciudad lógica en un entorno mágico, como no podía ser de otra manera cuando te rodea un paisaje gallego, en el que más que brotar, has aterrizado por un decreto real.
En su breve historia, algunas veces para mal, Ferrol ha hecho una aportación política, artística y científica a la sociedad española muy por encima de su escaso peso demográfico, lo que explica que haya sido nombrada Ciudad de la Memoria. No deja de llamarme la atención que esta proyección al exterior conviva con una mentalidad impropia de una ciudad, en el sentido de que aunque no podamos decir que nos conocemos todos, algo que sólo ocurre en las aldeas, aquí hay demasiada gente que conoce demasiado bien a demasiadas personas; es lo que pasa cuando mucha gente comparte sala de banderas y talleres.
Por esto, los que viniendo de fuera hemos decido quedarnos, queremos no más pero sí mejor a Ferrol que los que aquí han nacido, porque la queremos de otra manera. En nosotros no es propio considerar que una de nuestras señas de identidad deba ser hablar mal de nuestra ciudad para, a renglón seguido, manifestar que estamos orgullosos de ser ferrolanos, pues esto no es propio de quien ha nacido en una ciudad lógica.
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