Nelson Goerner, encabeza el festín de música romántica que la Sinfónica de Galicia tiene preparado para Ferrol

Nelson Goerner, uno de los mejores pianistas de su generación en todo el mundo, encabeza el próximo concierto de la Filarmónica Ferrolana: todo un festín de música romántica, con obras apasionadas y monumentales de Chopin, Schumann y Brahms, de la mano de Hankyeol Yoon, joven promesa surcoreana de la dirección orquestal, invitado a la batuta. La cita es en el auditorio de Ferrol el 5 de febrero a las 20:30 horas.

Uno de los grandes pianistas de su generación, el argentino Nelson Goerner, que se cuenta entre los mejores intérpretes del mundo en la actualidad, actuará en Ferrol el próximo 5 de febrero durante el próximo concierto de la Filarmónica Ferrolana, dentro de un auténtico festín de música romántica a cargo de la Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG), en esta ocasión en manos del surcoreano Hankyeol Yoon, una de las promesas asiáticas más reconocidas de la dirección orquestal en los últimos años, ganador en 2023 del prestigioso Premio Karajan de Jóvenes Directores de Orquesta, que toma la batuta de la OSG por primera vez para este concierto.

Nelson Goerner (Buenos Aires, 1969) es una referencia del piano en la actualidad, alumno de Vicente Scaramuzza, emblemático cofundador de la afamada escuela pianística argentina, y compañero habitual a cuatro manos de otra antigua estudiante suya, la superestrella del piano clásico Marta Argerich. En Ferrol Goerner interpretará una de las obras sinfónicas más reconocidas de Chopin, su emblemático Concierto para piano y orquesta Nº 2.

El programa comienza con una obra sinfónica menos conocida dentro de la obra de Robert Schumann (1810-1856), la obertura de Manfred, un poema dramático de música incidental que compuso en 1848 sobre los versos homónimos de Lord Byron. Escrita en un momento de la vida de Schumann en que ya se veía bastante acosado por la esquizofrenia, no deja de ser una música noble, rebelde y dramática, a la altura del “drama metafísico” de Byron, en sus propias palabras, cuyo héroe consigue conjurar a siete espíritus para aplacar su culpa por una tragedia de su pasado, pero después acaba eligiendo la muerte antes que dejar que someterse a ellos. 

Hugo Wolf, genial compositor de Lieder (canciones), como Schumann, pero posterior a él, llegó a escribir de esta obra que en ella el compositor había logrado “plasmar la esencia y el punto de enfoque del drama, en una expresión plástica a través de las pinceladas más sencillas”.

La OSG tocará después, ya con Goerner, una de las grandes obras de juventud de Frédéric Chopin (1810-1849), compuesta a sus diecinueve años, y que pudo estrenar él mismo en 1830 poco antes de su exilio de Polonia: su Concierto para piano Nº 2 en Fa menor, Op. 21, el primero que compuso en su vida, aunque fue el segundo en ser publicado. Es un despliegue temprano de la personalidad que acabaría convirtiendo a Chopin en Chopin, una obra inconteniblemente apasionada y construida con virtuosismo alrededor del piano, al que la orquesta arropa con inspirada tensión, sublime emotividad y envolvente delicadeza.

La segunda parte ofrece uno de los grandes monumentos de la música sinfónica de todos los tiempos, la Sinfonía Nº 4 en Mi menor, Op. 98, de Johannes Brahms (1833-1897). Si en noviembre la OSG, dirigida entonces por Ana María Patiño-Osorio, otra de las grandes promesas de las dirección orquestal de su generación, ya nos había presentado la titánica Sinfonía Nº 1 de Brahms, con la que el genio hamburgués había hecho las paces con sombra de Beethoven y recogía su antorcha como el heredero natural del gran sinfonismo alemán, en la Sinfonía Nº 4, de la mano de Yoon, asistimos ya a una de sus más imponentes obras de madurez.

Fue estrenada en 1885 con la orquesta de la Hofkapelle de Meiningen, dirigida por el propio Brahms, aunque el director Hans von Bülow (aquel mismo que había llamado a su primera sinfonía “la Décima de Beethoven”) tomó el relevo y se llevó poco después a esa orquesta, con la nueva sinfonía brahmasiana, de gira por Alemania y Holanda.

Así, esta última sinfonía de Brahms, arquitectónicamente compleja y robusta, llena de seriedad, dramatismo desatado y elevadísima inspiración, está una vez más cargada de menciones a Beethoven y a los temas de Shakespeare, pero con una construcción profundamente brahmsiana, obsesiva y encantadoramente melódica, con una profundidad emocional y de pensamiento que hacen de esta obra una de las grandes cimas del romanticismo decimonónico tardío, si no una de las grandes cumbres musicales de la Humanidad con todas las letras.

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