Enrique Barrera Beitia
En respuesta al reconocimiento oficial de que la conquista de México causó “injusticia y dolor”, Feijóo ha dicho que no se avergüenza de la historia de su país. La relación de cualquiera de nosotros con la historia de España, no puede ser como la de un forofo de futbol con su equipo, viendo penaltis en el área ajena y no en la propia, y justificando las derrotas por decisiones arbitrales.
Es conveniente saber la historia de tu país para opinar, y una frase tan rotunda tiene que ser absurda por su propia naturaleza, porque en los siglos de historia de España tiene que haber necesariamente episodios polémicos, cuando no tenebrosos.
En el caso de la construcción de nuestro desaparecido imperio, el precio a pagar fue la catástrofe demográfica de las poblaciones indígenas, el uso de esclavos en nuestras plantaciones coloniales o el abuso de las encomiendas contra los nativos, y en nuestro propio territorio, la expulsión de unos judíos y moriscos que eran tan españoles como los propios cristianos, la inquisición, el contumaz desprecio por la alfabetización de las clases populares, la manipulación de los resultados electorales por el caciquismo, la disparatada guerra colonial en el norte de Marruecos, y por supuesto, la dictadura franquista.
No deberíamos estar ni orgullosos ni avergonzados de nuestra historia, sino asumirla en lo bueno y en lo malo, porque ni la leyenda negra ni la leyenda blanca se ajustan a la realidad histórica. Ya escribí hace tiempo en esta sección que la inquisición española causó menos víctimas que en otros países europeos, y que la enorme mortalidad de las poblaciones indígenas carentes de anticuerpos, se debía al contagio involuntario de viruela, sarampión, gripe o tifus, y no a matanzas masivas espontáneas o premeditadas.
Los historiadores indigenistas también deben lidiar con realidades perturbadoras, como la evidencia de la alianza con Hernán Cortés de una mayoría de pueblos mexicas (tlaxcaltecas, totonacas, cholultecas y zacatecas), para destruir un imperio azteca al que odiaban. Lo mismo cabe decir de la conquista del imperio inca por parte de Pizarro y sus aliados huancas, chancas y chachapoyas, que acumuló un mayor número de episodios deshonrosos, porque el de Trujillo estaba hecho de peor pasta que el de Medellín, y desde luego está fuera de discusión que una vez adquirida la independencia, los indígenas fueron sometidos a una creciente explotación por parte de las élites gobernantes de unas sociedadesconfusamente jerarquizadas en blancos, mestizos e indígenas.
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