El chantajista redentor y el recaudador de impuestos

Gabriel Elorriaga F.-Ex diputado y ex senador

En tiempo preelectoral catalán vino a Madrid con gran prosopopeya, el “molt honorable” Pere Aragonés presidente de la Generalidad catalana y aspirante a repetir y recaudar impuestos. Es un anacronismo imaginar a un Estado contemporáneo encargando a personal ajeno a su administración central la fijación y recaudación de los impuestos generales.

Hubo tiempos arcaicos en que los señores feudales delegaban en codiciosos colaboradores la recaudación de contribuciones, ahorrándose un cometido antipático y conformándose con repartirse beneficios con los recaudadores a cambio de que estos garantizasen un saldo suficiente para hacer frente a los gastos de sus castillos y de sus mesnadas.

Lo difícil de entender es que si la meta de los líderes de rango de Pere Aragonés es la independencia ¿Para qué quieren presentarse como recaudadores de contribuciones del Estado español? Se exponen a que cualquier independentista integral les pregunte, como le preguntaron a Cristo los fariseos ¿Se deben pagar impuestos? Entonces, con una moneda de Felipe V en las manos, deberían contestar: dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Pensando, en su interior, que el César es España y Cataluña Dios.

Esta contradicción no pasaría de ser un dislate de los típicos del catalanismo mentalmente rupturista y materialmente codicioso: primero la hacienda y la independencia después. El orden de los factores no altera el producto. Pere le pide a Pedro lo del dinero porque sabe que cuando apriete le dará lo demás si se presenta la coyuntura oportuna. Hasta entonces basta con prolongar negociaciones en un oscuro rincón de Suiza. En cambio Carles Puigdemont no se presenta como recaudador de impuestos sino como chantajista redentor de un pueblo oprimido. Dice estar en la oportunidad histórica para culminar la independencia de Cataluña. Pero, por si las moscas, por ahora no vuelve. “Si soy elegido para la investidura dejaré en ese mismo momento el exilio”. O sea, cuando Pedro Sánchez haya logrado que la ignominiosa amnistía haya hecho su efecto y su partido haya crecido lo suficiente para ser algo más que un tercer grupo en el Parlamento catalán. En tal caso “asistiré al pleno de investidura”. Sería deseable “una candidatura única”, naturalmente la suya.

Hay otros que prefieren defender propuestas “pintorescas y singulares”. No es extraño que le parezcan pintorescas y singulares las propuestas de hacer de recaudador de impuestos del Estado español. Pero en estas andan los independentistas catalanes: entre el tirón del chantajista redentor “exiliado” y la vulgaridad del recaudador Aragonés que, por mucho acento que le ponga al “nés” suena más a “los de Aragón” y evidentemente peor que la cima del monte: Puig de Mont.

No hay indicios demoscópicos de que ni el uno ni el otro vayan a despertar del enardecido entusiasmo de los votantes de Cataluña. Entre unos y otros han arrancado a Sánchez medidas para desactivar la capacidad de defensa del Estado. Pero no saben por dónde atacar para seguir adelante, divididos y desorientados. Su problema de fondo no son las negociaciones con el débil sanchismo. Su problema radica en que en Cataluña habitan más catalanes españoles que catalanes huérfanos de patria.
 
 
 
 

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