Los tratos de Feijóo

Gabriel Elorriaga F.-Ex diputado y ex senador
Cuando una persona es propuesta como candidato a su investidura como presidente del Gobierno, por liderar el partido más votado en las elecciones y sumar apoyos de otros que lo acercan a cuatro votos de la mayoría absoluta del Congreso, mientras ningún otro tiene garantizado un respaldo superior, esa persona es alguien más que un partido.

El partido que lo ha impulsado puede tener sus ideas y sus limitaciones pero el candidato no puede estar cautivo del corsé de su propio partido desde el momento que tiene que tratar de alcanzar una mayoría parlamentaria más amplia si aspira a un resultado positivo. Trato no quiere decir contrato.

Constituidos los grupos parlamentarios como consecuencia de los resultados electorales o, en este caso, en fraude de reglamento tras recibir diputados prestados de otra formación para completar el número mínimo, el candidato presidencial trata o debe tratar con todos los grupos que no rehúsen su contacto, desde el PSOE hasta Bildu, aunque estén enrocados en el “no es no” como Sánchez al que todos los españoles han podido ver y oír rechazar la práctica normal por la que los dos grandes partidos exploran la posibilidad de desatascar la situación.

Él prefiere cocinar bajo cuerda la degradación de la que será históricamente responsable: que 20 escaños antisistema condicionen a un Congreso de 350.

Feijóo debe conectar con los potenciales electores con intención negociadora o simplemente informativa. Es perder el tiempo y confundir el método con las opiniones de las propias filas diciendo lo que debe y lo que no debe hacer en unos tratos que sólo a él competen. Si partimos de la convicción de que “lo que paga Sánchez no lo paga Feijóo” no hay más que hablar para anticipar que estamos ante una investidura fallida. Lo que ofrece Feijóo puede ser valioso para grupos o para diputados individuales y hasta para “influencers” extraparlamentarios.

El horizonte digno que puede ofrecer Feijóo a unas comunidades dentro de las que el PP es hoy un factor mínimo no es una compra indigna con “alivios penales”, economías privilegiadas y promesas de dudosa constitucionalidad. Los resultados de esa política están a la vista. País Vasco y Cataluña degradados en su capacidad de autogobierno y en su imagen de regiones punteras. Porque el socialismo no actúa como un elemento de progreso sino como un divisor interno de la política autóctona con su esquema izquierda-derecha —PNV-Bildu, Junts-ERC— coqueteando con dos novias tanto en Cataluña como en el País Vasco.

El PSOE, barnizado de subnacionalismo es una intromisión de Ferraz en las contiendas territoriales, desde las figuras de los ministros convertidos en pseudonacionalistas o los pseudonacionalistas convertidos en ministros.

Por si fuera poco el batiburrillo, los socialistas se prestan a las aventuras expansionistas de los partidos vascos y catalanes, colocando sus peones en territorios ajenos, como Navarra, Baleares o Valencia, a cargo de personajes de dudosa base local. Consecuencia de una política errática de Sánchez, consistente en comprar a los diversos nacionalistas con privilegios y mercedes, el sanchismo ha convertido a Cataluña y el País Vasco en unas jaulas de grillos de confuso griterío.

Las gestiones de Jaume Asens, embajador de Yolanda Díaz y de “Sumar”, antes “Podemos”, es una trampa sanchista para estar y no estar según convenga. Siempre queda dejar el papel de planchadora a Yolanda como otras veces.

En contraste, Feijóo, tras triunfar reiteradamente en una comunidad histórica, ofrece el ejemplo del resultado en tres de las grandes autonomías de España, Madrid, Andalucía y Galicia, gobernables, unidas y liberadas de la cuña monclovita del sanchismo. Probablemente los “nacionalistas” catalanes o vascos que necesitan promesas para justificar su alineación junto al poco recomendable equipo PSOE Sumar, se sentirían más cómodos si hubiesen logrado unas mayorías homogéneas en sus territorios en diálogo sincero con un Gobierno central sin intromisiones en las áreas de autogobierno más allá de las imprescindibles para el interés común del conjunto de esta nación europea llamada España, a la que alardean de querer descuartizar quizá porque contemplan la débil versión de nación que les opone el socialismo.

Se dice que no se puede tratar con aquellos que aspiran, paciente e implacablemente, a destruir la unidad nacional y menos facilitarles la consolidación en sus enclaves, lo que es cierto. Pero tan cierto para unos como para otros, mientras ambos presuman de actuar “dentro del marco de la Constitución”. Quien tiene la llave de la investidura de Feijóo es quien también tiene la llave de la investidura de Sánchez.

Es posible suponer que a los “extremistas regionales”, como los calificó el “Washington Post”, no les gusta ni la lealtad constitucional de Feijóo ni las vagas promesas de alivio penal y consulta no vinculante, nadando entre dos aguas de traición al separatismo o al Estado mientras Sánchez pueda prolongar su estancia en la Moncloa. Quizá lo que les pide el cuerpo es antes el respeto de un Feijóo ganador de las elecciones que la compra y manipulación de Sánchez, un perdedor que quiere utilizarlos con falacia para seguir gobernando.

Quizá el irado Puigdemont quiera burlarse de los dos con una abstención que los deje a ambos con la mayoría simple. Quizá soñando con aventajar en unas nuevas elecciones, en enero de 2024, a Esquerra Republicana por su traición a su planteamiento del separatismo puro y desterrado.

Nadie tiene derecho a escandalizarse por los diálogos de un aspirante a la investidura con todos y cada uno de sus votantes o adversarios. Es su hora personal y exclusiva y no la de su propio partido que no fue capaz por sí solo de alcanzar una mayoría contundente. Es su momento histórico, probablemente irrepetible.

Hay que respetar su valentía para desafiar a los que conspiran para repartirse las cartas marcadas del juego sucio. Si en los partidos y sucursales, vascos y catalanes hubiese gentes de bien sabrían que es más conveniente para comprenderlos un gallego sincero y entero que un presidente que vende al 6% del electorado el arbitraje del 94%. Mientras dure el partido y hasta que llegue la hora de maldecir al árbitro y lavarse las manos.
 

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