La vocación política es una forma genuina del ejercicio de la caridad

José Carlos Enríquez Díaz

Afirma nuestro obispo Fernando Cadiñanos: «nos encontramos con muchos problemas que juntos hemos de afrontar como sociedad en estas tierras del norte de Galicia: la interculturalidad, la inclusión social de todos, el trabajo digno, la defensa de la familia, el cuidado y la atención de los mayores, las infraestructuras que permitan un desarrollo sostenible, la despoblación y envejecimiento del medio rural, el cuidado del medio ambiente… Sin duda que son retos que tendrán que ser afrontados con la participación de todos»

Recuerda también Fernando Cadiñanos: “Tenemos que recordar que la vocación política es una forma genuina del ejercicio de la caridad, es una forma de amar. Desde el ejercicio de la participación política tenemos la capacidad de empujar en la construcción de una sociedad más justa que haga presente el Reino de Dios”

Muchos de nosotros hemos experimentado que, a pesar de tener buena voluntad, es muy difícil lograrlo solos y, por lo tanto, se tiende a la resignación o a justificar comportamientos egoístas para alcanzar resultados personales y a toda costa (el fin justifica los medios).

En estos casos ciertamente disminuirá la autenticidad de la llamada, se apagará el entusiasmo y la misma pasión política se volverá pasión por sí mismos. Esto hará que el político se conforme con la lógica del más fuerte que no equivale siempre a la lógica de la justicia.

Para los creyentes, la dignidad humana es sagrada. La existencia de los empobrecidos es la negación de la vida y de su sagrada dignidad. Para Jesús, la pobreza es contraria al plan original de Dios, es su negación práctica. Por eso, hacer la voluntad de Dios es ponerse al lado de los pobres y luchar contra su empobrecimiento, afirmando en la práctica su dignidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica define el bien común como el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección (n.1906).

El bien común exige el bienestar social y el desarrollo del grupo. En este sentido, el Estado debe facilitar y garantizar aquellas estructuras y bienes fundamentales que permiten llevar una vida verdaderamente humana: alimento, vestido, salud, trabajo, educación y cultura, información adecuada, derecho a fundar una familia, etc.

Así pues, el poder político sólo se ejerce legítimamente si se busca el bien común de la sociedad a través de medios moralmente lícitos (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n.1903). Aristóteles, en la Ética Nicomáquea, dice que “el bien es deseable en cuanto interesa a un solo individuo; pero tiene un carácter más bello y divino cuando interesa a un pueblo”. De esta forma, el bien común, en conformidad con la naturaleza social del hombre, desarrolla un papel fundamental en la acción política porque se dirige a la búsqueda del bien y de los intereses personales y colectivos.

El bien común se denomina, en el lenguaje político actual, como “interés general” o “interés de todos” y ha sido interpretado de diversas formas. Algunos lo han reducido a la simple suma de los bienes o intereses particulares de cada sujeto perteneciente al cuerpo social (cf. Benedicto XVI, Mensaje a los participantes en la 45ª semana social de los católicos italianos, 12 de octubre de 2007).

En su época de juventud, Ortega y Gasset confiere primacía a lo social-universal o comunitario por encima de lo privado, individual y concreto. El individuo, para Ortega, se diviniza en la colectividad, es decir, en comunión o comunidad con el resto de hombres que conjuntamente trabajan en la gran tarea humana que suponen la cultura y la moral. Según Ortega, hay que inyectar en nuestra raza la moralidad social.

Censura  todo lo privado o particular. Exige que todo sea público, popular y laico. La moral privada es una moral estéril y subjetiva. La vida privada misma no tiene muy buen sentido: el hombre es todo él social y no se pertenece; “la vida privada, como distinta de la pública, suele ser un pretexto para conservar un rincón al fiero egoísmo”

Nuestros sistemas democráticos están en crisis porque han perdido la capacidad de decidir según el bien común. Las respuestas a todos los interrogantes que se plantean en sociedad son examinados según criterios de fuerza electoral o financiera de los grupos que sostienen a los partidos políticos. Esto es una desviación y solo genera desconfianza y apatía en las personas, que cada vez participan menos de la política y se desvanece el espíritu cívico entre la población. La búsqueda del bien común también tiene una dimensión trascendente y, de hecho, para la Doctrina Social de la Iglesia, el bien común es superior a cualquier otro interés.

El Papa Francisco dice que no estamos buscando éxitos, estamos abriendo procesos, analizando las causas por las que una persona está en situación de riesgo, de exclusión, para  ahondar y encontrar qué podemos hacer para cambiarlo. Tenemos que reequilibrar y reorientar la globalidad para evitar todos sus efectos. Y debemos hacerlo de una manera conjunta. Es necesaria una conversión profunda.

Francisco también nos invita a practicar una revolución política del amor y una esperanza que sea transformadora porque seguimos a alguien que nos habló de que esta vida solamente es vida si es vida resucitada.

 

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Un comentario

  1. El discurso del obispo Fernando Cadiñanos enfatiza demasiado en la intervención y participación política como una forma de caridad, dejando de lado otros enfoques igualmente válidos para abordar los problemas sociales. Además, al asociar la política exclusivamente con la búsqueda del bien común y la defensa de los más desfavorecidos, se simplifica en gran medida la complejidad y diversidad de los desafíos que enfrenta una sociedad. Esto puede llevar a una visión idealizada de la política, ignorando sus limitaciones y las realidades económicas, sociales y culturales que influyen en la toma de decisiones. Además, la noción de «bien común» es subjetiva y puede interpretarse de diferentes maneras, lo que dificulta su aplicación concreta en la práctica política. En lugar de enfocarse únicamente en la participación política, sería más constructivo promover una pluralidad de enfoques y soluciones para abordar los problemas sociales, incluyendo la colaboración entre diferentes actores sociales y la exploración de iniciativas no necesariamente ligadas a la esfera política.