Historia y economía

Gabriel Elorriaga-Gabriel Elorriaga Fernández-(diario critico)

Los episodios económicos que transformaron la España contemporánea parten del llamado Plan de Estabilización de 1.959 que venció una crisis inflacionista y un déficit externo que era preciso corregir para moverse en la economía internacional que venía desarrollándose en los años cincuenta, a partir de la reconstrucción de una Europa que había sido arrasada por la Guerra Mundial, concluida en 1.945 pero prolongada por las exigencias de la llamada «Guerra Fría».

España llevaba a cuestas su propia depresión, procedente de la II República que tuvo la mala suerte de nacer simultanea a una crisis internacional, tras el «chras» bursátil de Nueva York en 1.929 que marcó la crisis de los años treinta. El sectarismo ideológico de los políticos republicanos, la pérdida de confianza de los inversores por la inestabilidad y el ambiente social conflictivo, fueron caldo de cultivo para la crispación que desembocaría en una guerra civil. Esta tragedia convirtió la crisis en catástrofe con las destrucciones que, en la zona republicana, acabaron, además, con todo espíritu empresarial o comercial y con toda sombra de administración ordenada, de seguridad jurídica y la pulverización de toda política monetaria.

Terminada la contienda, el ímprobo esfuerzo reconstructivo se vería rodeado por un escenario de guerra internacional que afectaría en grado máximo a Europa. La situación obligaría a recurrir a una autarquía precaria, como las demás naciones próximas, unas por su propensión a  sistemas intervencionistas, fuesen soviéticos, nacional socialistas o fascistas y otras por ser vecinas, invadidas o condicionadas por las potencias beligerantes. Con los mares circundantes peligrosos y controlados, la supervivencia de países de condición marítima, como el nuestro, fue un autentico milagro. Por ello, la integración en el entorno económico de postguerra fue difícil y tardía pero, con el citado Plan de Estabilización de 1.959 se produciría la ruptura con la residual autarquía y sus sistemas monopolísticos y se iniciaría un progreso en los niveles de consumo y en la expansión de la clase media.

El siguiente episodio transformador sería el Tratado Preferencial con la Comunidad Europea de 1.970, articulado por el ministro Ullastres, que consiguió enlazar la ya emergente economía española con el mercado europeo, a pesar de las dificultades políticas que aún subsistían. Ya con una España consolidada como potencia económica estimable, se produciría el ingreso en la Comunidad Europea en 1.986 y después, en 1.998 la integración en el sistema monetario del Euro, con una soberanía económica autolimitada y la reforma fiscal consecuente.

No se podía pronosticar en aquel tiempo que, en la segunda década del siglo XXI, una crisis global pondría en cuestión todo lo logrado por el esfuerzo continuado de varias generaciones en paz, sin precedentes en la vieja historia de España. Mucho menos que, en nuestro interior, se cometerían errores y estallarían burbujas inmobiliarias y financieras que agravarían la crisis. Pero la realidad fue como fue y España, una vez más, debe realizar cambios precisos para no interrumpir su marcha ascendente ni recaer en los errores de los años treinta. No se debe volver a ninguna tentación aislacionista ni a ningún intervencionismo coyuntural.

La crisis es profunda y sus consecuencias son que millones de familias han perdido ingresos y patrimonio y millones de personas han perdido su empleo. Estamos sumergidos en la primera depresión del siglo XXI y es necesario salir de este bache solidariamente con nuestros socios europeos. Las circunstancias han afectado a un Estado endeudado en exceso en las ventanillas del prestamismo internacional. No tenemos el antiguo recurso a las devaluaciones monetarias y las cuentas públicas están ya demasiado recortadas.

Pero es momento de reformas severas, de fortalecimiento de la unidad de mercado, de estabilidad constitucional y de rechazo a los extremismos políticos que puedan agravar una situación difícil y no exenta de tensiones, como le sucedió a los improvisados políticos de la II República.

 

 

 

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