Entre el «wiki-izquierda» y el sentido común

Federico QuevedoFederico Quevedo-(el confidencial)

La falta de liderazgo y la ausencia de discurso político que vive el Partido Socialista ha tenido esta semana su particular recurso a la demagogia y la soflama en la amenaza de la vicesecretaria de organización del PSOE de solicitar la ruptura del Concordato con la Santa Sede si el Gobierno lleva a las Cortes la reforma de la Ley del Aborto. El hecho en sí no es nuevo -el PSOE lo hace siempre que está en la oposición, y luego se olvida cuando llega al Gobierno-, pero, en esta ocasión, la amenaza, además de ser en sí misma un chantaje que pretende evitar que el Partido Popular cumpla con algo que llevaba en su programa electoral -y que, por lo tanto, no es ninguna cesión a los obispos, sino que responde a una convicción de priorizar el derecho a la vida sobre otros derechos-, tiene mucho que ver con la deriva hacia ninguna parte que ha emprendido el partido que lidera, malamente, Alfredo Pérez Rubalcaba.

El PSOE siempre había sido un partido que, con sus aciertos y sus errores, mantenía una inquebrantable lealtad institucional y sostenía un discurso de izquierdas pero que, en algunos casos, podía ser atractivo a los sectores más moderados de la sociedad. Durante años, la pugna entre el PSOE y el PP refundado por Aznar se libró en el centro político, hasta que llegó Zapatero y,  después de arrinconar a todos los que representaban el estilo más moderado del socialismo, inició un proceso de acercamiento a la izquierda y a los nacionalismos más radicales.

Al final de su mandato, Zapatero rectificó ese rumbo, pero ya era tarde y el PSOE sufrió hace año y medio una dura derrota que le hizo perder respaldo por el centro y por la izquierda. Desde entonces, el partido que dirige Rubalcaba no ha sabido encontrar un discurso que pudiera convertirlo de nuevo en alternativa de Gobierno, como bien ponen de manifiesto las encuestas, lo que está llevando a una fracturación del voto como nunca antes se había conocido en España.

La llegada del PP al poder ha despertado de su letargo a una izquierda que hasta ese momento se encontraba adormecida, la izquierda más populista y demagógica que escribe su discurso político a golpe de protesta e indignación ciudadana, pero que carece de las más elementales estructuras ideológicas y organizativas. Su único objetivo es luchar contra el ‘poder’, porque éste ha caído en manos de su enemigo más odiado, la derecha, y para ello utiliza cualquier argumento que pueda encontrar acomodo en una opinión pública sin duda muy proclive a ello por culpa de la crisis económica.

Esta izquierda, que ha encontrado en las redes sociales su vehículo de propaganda, practica el extremismo y la demagogia y poco le importa que sus proclamas sean ciertas o no, estén basadas en hechos reales o en figuraciones inventadas: lo importante es conseguir adeptos como si de una secta se tratara.

Sus liderazgos son vacuos y gaseosos, flor de un día, sin la solidez que da el ejercicio real de la política en un sistema democrático, pero son al mismo tiempo muy atractivos para esa parte desencantada de la sociedad que escucha de sus labios aquello que quiere oír. De hecho, difícilmente estos movimientos populistas sin consistencia ideológica y con liderazgos indefinidos logran consolidarse como movimientos políticos capaces de competir con los grandes partidos democráticos, al menos hasta ahora.

Digo al menos hasta ahora porque es evidente que se está produciendo en la izquierda española una ‘guerra’ sin cuartel por hacerse con ese electorado que, de una manera bastante definida, se identifica con el proyecto político de una Izquierda Unida que ha visto en esta ocasión la oportunidad de robarle al PSOE el electorado más a la izquierda y un buen puñado de escaños en las próximas elecciones generales. Para ello, Cayo Lara no ha dudado en echar a su partido al monte y confundirlo con el extremismo.

Hasta ahí, todo entraría dentro de lo previsible si no fuera porque ante su absoluta ausencia de identidad el PSOE ha decidido hacer lo mismo y se ha echado en brazo del populismo y la demagogia como nunca antes lo había hecho. La situación es preocupante porque para que el sistema democrático se mantenga es necesario que exista un proyecto alternativo fiable, y el PSOE, hoy por hoy, no lo es. Con la radicalización de su discurso, los socialistas siguen sufriendo un auténtica hemorragia del voto centrista y moderado que, si bien ahora puede verse huérfano de referente político, en cuanto la situación económica se de la vuelta es más que probable que de nuevo lo encuentre en el PP.

Pero es que tampoco esa postura le permite al PSOE arañar votos por la izquierda, porque esa parte del electorado que sintoniza con las plataformas de afectados de lo que sea, a la hora de elegir entre el original -Izquierda Unida- y la copia -PSOE-, se quedarán con el primero dejando al Partido Socialista en una situación que puede llevarle a un hundimiento electoral aún mayor que el de 2012.

Y no digamos si de aquí a las próximas elecciones esa Wiki izquierda logra articular alguna clase de movimiento social al estilo de lo conseguido por Beppo Grillo en Italia… Entonces si que en el futuro el PSOE, llámese Madina, llámese Chacón, o llámase López quien lo lidere, puede acabar recogiendo los escombros de su propia demolición.

¿Existe una alternativa a ese escenario? Sí, obviamente, pero pasa por la vuelta al sentido común, y de eso parece que hoy hay una enorme carencia entre los principales dirigentes socialistas, incluido un Rubalcaba que ya no es capaz de liderar ni una comunidad de vecinos. Y aquellos que lo tienen, o hace tiempo que se alejaron de la primera línea de la política, o llevan tanto tiempo viviendo de ella que lo que se han dejado en el camino es la credibilidad.

 

 

 

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