El futuro de Ferrol no se espera, se construye-(Pepe Fernández del Campo)

Pepe Fernández del Campo (*)

Hubo un tiempo en que, en Ferrol, la ambición industrial se respiraba en el aire, como el salitre. No hacía falta nombrarla. Estaba en los gestos, en los horarios, en el ruido constante de los talleres.

Durante buena parte del siglo XX, la ciudad construía. Construía barcos que parecían demasiado grandes para la ría, fábricas que encendían sus luces antes del amanecer, talleres donde el metal adquiría forma con una precisión casi obstinada. De ese ritmo nacía algo más que producción, nacía conocimiento técnico y carácter.

Nada de aquello ocurrió por casualidad. Tampoco fue el resultado de una orden lejana. Había una base firme, una voluntad compartida que empujaba en la misma dirección. Ferrol crecía sobre una certeza silenciosa, la de que su destino dependía de lo que fuese capaz de levantar con sus propias manos.

La industria exige riesgo, inversión, organización compleja y visión de largo plazo. Exige empresarios. En Ferrol, esa cultura no surgió en despachos institucionales, tomó forma en talleres, oficinas técnicas y naves levantadas en contextos de escaso crédito e incertidumbre constante. Fue el resultado de personas que comprendieron que producir reforzaba la autonomía económica y que decidieron actuar cuando lo prudente habría sido esperar.

Cuando José María González-Llanos impulsó Astilleros y Talleres del Noroeste (ASTANO), no estaba ampliando una actividad existente. Estaba forzando un límite. Desde una ría periférica, decidió competir en el mercado mundial de grandes petroleros, un terreno reservado a potencias industriales consolidadas.

Aquellos buques que salían de Fene no eran únicamente estructuras de acero. Eran la materialización de una voluntad. Requerían ingeniería de primer nivel, coordinación de miles de trabajadores, decisiones financieras de enorme riesgo y una confianza radical en la capacidad propia. Cada botadura era una afirmación de poder industrial desde un lugar que muchos consideraban marginal.

González-Llanos asumió lo que otros evitaban. Comprometió capital, prestigio y futuro en proyectos de una escala que no admitía errores. Situó a la ría de Ferrol en el mapa internacional sin discursos, con toneladas de acero navegando por todos los océanos.

En otra dimensión, con una audacia no menor, Alberto Fernández Martín tomó una decisión que parecía casi invisible, pero que encerraba la misma lógica de fondo. En 1934 fundó la fábrica de Lápices Hispania. Lo hizo en un país inestable, en un entorno sin facilidades y en una ciudad marcada por el naval.
Fabricar lápices implicaba mucho más de lo que parecía. Significaba integrar tecnología especializada, formar mano de obra, organizar procesos industriales y competir con productos extranjeros mejor posicionados. Fernández Martín entendió algo esencial, que la fortaleza de una economía se mide también en su capacidad para producir lo cotidiano.

Aquel proyecto diversificó la base productiva de Ferrol y abrió un camino que otros podrían haber seguido. Fue una apuesta silenciosa, sin la espectacularidad del acero naval, pero con el mismo fondo de coraje empresarial. Donde otros veían un producto menor, él vio una industria posible.

Ambos comparten un rasgo que hoy resulta escaso. No esperaron condiciones ideales. Actuaron. Identificaron una oportunidad, asumieron el coste del riesgo y transformaron su decisión en estructura productiva real.
A su alrededor creció un ecosistema. La tradición industrial asociada a la Empresa Nacional Bazán, más tarde integrada en Navantia, consolidó una base técnica de enorme complejidad. Empresas auxiliares privadas surgieron para sostener esa actividad, aportando especialización, empleo y continuidad.

Esa fue la cultura empresarial ferrolana. Una realidad sostenida durante décadas. Personas que hipotecaron su patrimonio para levantar naves industriales. Directivos que viajaban para cerrar contratos cuando no existían redes digitales. Ingenieros que aprendían tecnología punta para aplicarla aquí.

El siglo XX ferrolano fue una escuela de emprendimiento real. Sin teoría, pero con consecuencias. Se asumía que la prosperidad colectiva dependía de la iniciativa privada, del talento técnico y de la capacidad de organizar trabajo productivo.

Hoy, cuando tantos jóvenes dudan entre esperar oportunidades o crearlas, conviene mirar hacia esa generación. No actuaron movidos por la comodidad. Actuaron por convicción. Entendieron que el desarrollo se construye.

Ferrol posee una herencia que no debería archivarse en la nostalgia. Es una herencia de coraje empresarial, de ambición técnica, de mentalidad internacional desde una esquina atlántica. Esa tradición demuestra que aquí hubo capacidad para competir, innovar y liderar.

Las nuevas generaciones no parten de cero. Parten de un legado probado. Tienen ejemplos de hombres que transformaron intuición en industria y conocimiento en empleo estable.

La historia ya ha respondido a la primera pregunta.
La segunda sigue abierta.
Dependerá de quienes estén dispuestos a asumir el riesgo de emprender.

(*) Profesor Máster de Logística

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