Fuego amigo contra la Iglesia y silencios cómplices-(Enrique Barrera Beitia)

Enrique Barrera Beitia

En un país que ha normalizado los insultos más soeces, no debe extrañar que la Conferencia Episcopal Española (CEE) se vea zarandeada por “fuego amigo”. Cuando escribo estas líneas, Abascal ha acusado a los obispos de hacer negocio con los inmigrantes a través de Cáritas, naturalmente sin aportar prueba alguna. Por encima de los exabruptos vertidos por círculos católicos alineados con la extrema derecha, y dedicados a clasificar y controlar movimientos y comportamientos, lo que más atruena son los silencios sobre la postura favorable de los obispos a la regularización de los inmigrantes. Es el caso en Ferrol de personas ampliamente conocidas por su ligazón a nuestras cofradías de la Semana Santa. ¿Cual es su postura? ¿Está justificado que no opinen? No es un tema baladí, porque de acuerdo con mis cálculos personales, esta legalización podría afectar a unas 1.500 personas en Ferrolterra,

El origen de las cofradías fue doble; por una parte fidelizaban la adhesión al dogma, y por la otra buscaban apoyo mutuo y asistían a los necesitados. Uno no puede entender que en nuestros días guarden silencio ante un hecho existencial. De  esta  pauta de comportamiento resulta obvio que mientras para algunos la religión da sentido a su vida, para otros simplemente les llena el tiempo con misas, procesiones y rituales, y como el arraigo de la existencia no se alcanza practicando ritos, sino religando el compromiso personal con los valores humanos, cabe concluir que para algunos, ciertas prácticas religiosas son una vacuna contra la propia religión.                                                                                  
   ¡Fuera negros de las iglesias!

En plenas fiestas navideñas el alcalde de Badalona desalojó a más de 400 inmigrantes negros que ocupaban un edificio abandonado, y que sobrevivían en la economía sumergida. Ante la falta  de respuesta de los servicios sociales de la ciudad, hubo vecinos que ofrecieron mantas y comida, al tiempo que unas monjas y una parroquia ofrecieron alojamiento a parte de los desalojados. La respuesta de algunos feligreses fue concentrarse para impedirlo. Ante esto, el arzobispo de Tarragona dijo lo siguiente:

«Cuando una determinada parroquia ofrece unas estancias, que haya manifestantes que se nieguen a dejar entrar a la gente, ¿esta es manera de hacer las cosas en este país? ¿Nos hemos vuelto locos? Si obviamos esta conciencia social, obviamos lo más preciado de este continente de los últimos doscientos años, que han sido los derechos humanos».

Legalización de los sin papeles

Esta división vuelve a reproducirse con motivo de la prevista regularización de inmigrantes, una iniciativa en la que la propia iglesia tuvo mucho protagonismo ayudando a recoger firmas. Es una iniciativa con abrumador consenso entre los obispos, porque si no me equivoco, de los setenta y cinco que integran la CEE sólo dos han manifestado su rechazo (los de Oviedo y Orihuela-Alicante), y el de Ferrol-Mondoñedo (Fernando García Cadiñanos) la calificó como “un acto de justicia social”. Pues bien, aquí es cuando nos encontramos con el silencio de quienes mueven nuestra semana santa, y que se extiende a las 8.000 cofradías inscritas en el Registro de Instituciones Religiosas, porque según mis datos, ninguna participó en la recogida de firmas ni ha considerado oportuno opinar sobre la medida. No están obligados legalmente a opinar pero sí moralmente.

 

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