
( José Carlos Enríquez Díaz)-A veces la vida de la Iglesia avanza sin grandes titulares, pero con pasos firmes y profundamente evangélicos. En Ferrol, la UPA Ferrol-Centro, dentro de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, impulsa un grupo de amistad y encuentro para la comunidad latina que nace de una convicción sencilla y radical a la vez: el Evangelio se vive mejor cuando se comparte la vida.
La iniciativa no responde a una moda ni a una programación pastoral al uso. Surge, más bien, de la escucha atenta del colectivo migrante, muy presente en la ciudad y en la acción cotidiana de Cáritas, donde afloran historias de búsqueda, de desarraigo, de fe vivida con intensidad y, en no pocas ocasiones, de dificultad para encontrar un lugar donde sentirse plenamente acogidos.
Desde esa realidad concreta se va gestando el deseo de crear un espacio estable de encuentro, donde dialogar, compartir inquietudes, formarse en la fe y acompañarse mutuamente en el proceso de integración humana, social y eclesial. Un espacio sencillo, abierto y cercano, donde nadie se sienta extraño.
A partir de este domingo 18 de enero, y cada tercer domingo de mes, los locales de la parroquia del Carmen, en el centro de Ferrol, acogerán estos encuentros. La convocatoria es abierta a todas las familias, comenzará a las 18:00 horas y concluirá, para quienes lo deseen, con la celebración de la Eucaristía a las 20:00 horas, centro y culmen de la vida cristiana, donde la diversidad se convierte en comunión alrededor de una misma mesa.
Uno de los rasgos más significativos de este grupo es su punto de partida: escuchar antes de hablar. Escuchar las experiencias de quienes han dejado su país, su cultura y, muchas veces, su red de apoyo. Escuchar también las diferencias culturales, incluso compartiendo lengua y raíces históricas, y las distintas maneras de expresar y vivir la fe, que en ocasiones generan incomprensión o distancia.
Sin embargo, el Evangelio invita a otra mirada. Jesús no comienza exigiendo, sino acercándose y caminando junto a las personas, como hace con los discípulos de Emaús: “Se puso a caminar con ellos” (Lc 24,15). Desde ahí nace este grupo, como un intento humilde de caminar juntos y de reconocerse mutuamente como hermanos.
La Escritura es clara y exigente: “Porque fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). No se trata de una imagen piadosa, sino de un criterio decisivo para discernir la autenticidad de la fe. Acoger, escuchar, compartir tiempo y vida es, hoy, una de las formas más concretas de anunciar el Evangelio.
Este grupo quiere ser un lugar de crecimiento humano y cristiano, donde la diversidad cultural y religiosa no sea un obstáculo, sino una riqueza. La Iglesia, cuando es fiel a su vocación, no uniforma, sino que integra; no borra identidades, sino que las pone en diálogo.
San Pablo lo expresa con claridad cuando afirma: “Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Ef 2,19). Esta afirmación no es solo teológica; tiene consecuencias prácticas. Supone pasar de una Iglesia que tolera a una Iglesia que reconoce, valora y aprende.
En su proyecto de constitución, los impulsores del grupo expresan su voluntad de “ser una Iglesia acogedora y misionera”, consciente de que la misión comienza siempre por la acogida y de que no hay anuncio creíble sin fraternidad vivida.
La iniciativa cuenta con el apoyo y el aliento del obispo diocesano, cuya manera de ejercer el ministerio episcopal es reconocida por su cercanía, sencillez y coherencia evangélica. Un pastor trabajador y accesible, que entiende que la Iglesia no puede vivir de espaldas a la realidad social y humana de su territorio, y que apuesta por una comunidad cristiana que camina con su pueblo.
Su respaldo conecta de manera natural con el magisterio del papa Francisco, que recuerda con insistencia que “los migrantes no son números, son rostros, son historias, son personas”, y que afirma en Fratelli tutti: “Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo” (FT, 84).
Experiencias de este tipo no surgen de la nada. En Ferrol existen recuerdos vivos de iniciativas similares, como la casa de acogida impulsada a comienzos del año 2000 por la iglesia evangélica de Asambleas de Dios, donde personas de distintos países compartían mesa, Palabra y vida. Espacios sencillos, profundamente humanos y evangélicos, que dejaron una huella duradera en quienes participaron.
Hoy, en un contexto distinto, el Espíritu sigue soplando en la misma dirección. No con estruendo, sino con la discreción de lo auténtico. “Que todos sean uno” (Jn 17,21) no es solo una oración de Jesús, sino una tarea siempre pendiente.
Este grupo de amistad y encuentro es una buena noticia para Ferrol y para su Iglesia, precisamente porque se construye despacio, desde la relación personal y el compromiso compartido. En un tiempo marcado por el individualismo y la desconfianza, crear comunidad es un gesto profundamente evangélico y profético.
Cuando la Iglesia se atreve a escuchar, a acoger y a caminar con otros, el Evangelio deja de ser un texto y se convierte en vida. Y en este caminar compartido, es justo expresar un agradecimiento sincero al obispo de Mondoñedo-Ferrol, por todo lo que está haciendo al frente de la diócesis: por su labor constante, discreta y comprometida; por su manera de acompañar y de sostener iniciativas que nacen desde abajo, desde la vida real de las personas; por apostar por una Iglesia cercana, sencilla y fiel al Evangelio. Porque cuando un pastor camina con su pueblo, la Iglesia se fortalece, y gestos como este grupo de encuentro se convierten en signos visibles de esperanza y de Evangelio vivido.
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