Enrique Barrera Beitia
Un colaborador de este medio, cuyos artículos leo con interés, publicó el mismo 4 de enero uno en el que ligaba el secuestro de Nicolás Maduro con el fin de la dictadura en Venezuela. Pocas horas después, consideré oportuno hacer al mismo el siguiente comentario:
“Al margen de sus anhelos, que podemos compartir, puede que sus conclusiones sean prematuras. En estos asuntos conviene dejar pasar un tiempo para ver por donde “van los tiros”, y aunque aún no hay nada concluyente, es posible que la intención de la Casa Blanca sea pactar con el chavismo y marginar a la oposición venezolana. La razón la da el propio Trump: quiere estabilidad, y eso lo puede otorgar un chavismo puesto entre la espada y la pared, antes que un cambio de régimen que siempre genera incertidumbre en sus resultados, como se vio en Irak con la decisión de disolver el partido Baas, creando un vacío de poder y una enorme inestabilidad. Parece que la democracia tendrá que esperar, aunque habrá gestos de apertura”.
Debo decir que mis sospechas se han confirmado, y que el sentido real del secuestro de Nicolás Maduro no era el arranque para una transición democrática, sino el punto de partida para pactar con el gobierno bolivariano una vez sacado del tablero la pieza que bloqueaba este acuerdo. Se ha informado que “una persona” cercana al entorno presidencial facilitó información clave para el éxito de la operación; permitan ustedes que sea escéptico y sospeche que la traición vino de “un colectivo” muy bien situado, pero tiempo tendremos para calibrar su alcance.
Cuando Donald Trump era joven, presentaba un concurso televisivo, y a los perdedores les decía: “Eres un perdedor. Estás despedido”. Aunque Corina Machado haya ganado las elecciones a través de Edmundo González, no fue capaz de echar a Maduro, así que es una perdedora para el inquilino de la Casa Blanca.
La cúpula chavista seguirá gobernando Venezuela si acepta el peaje impuesto: control estadounidense de los recursos naturales, ruptura de los vínculos con Nicaragua y Cuba, y en la medida que sea objetivamente posible, también con los de Rusia y China.
Es algo parecido a lo que pasó en España cuando empezó la guerra fría. EE.UU quería tener bases militares en nuestro país pero tenía un dilema. La figura de Franco les era profundamente antipática, pero si se le derrocaba para implantar la democracia, las elecciones podían deparar sorpresas desagradables, así que decidieron apostar por su continuidad porque, a fin de cuentas, obtendrían del dictador todo lo que solicitasen. La Historia nos enseña que con el paso de los años, en las dictaduras se organizan dos bloques que comparten y se disputan el poder. Uno tiene un perfil pragmático y otro doctrinario. Lo vimos en España con los tecnócratas y falangistas, o en la URSS entre la nomenklatura y los aparatchiks.
Lo que me sorprende, es que todavía haya españoles que vean en Donald Trump a un político que, aunque sea a golpes, impone el orden y la democracia.
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