Juan Cardona Comellas
He tenido un sueño en el que me imaginé que existía un país en el que los políticos que cobran un sueldo del Estado cuestionan la forma política del propio Estado, desoyendo lo regulado en su Constitución. Soñé que vivía en un país en que los políticos incumplen lo establecido y por tercer año consecutivo no presentan ni tan siquiera los presupuestos que regulan los ingresos y gastos de todos nosotros; que esos mismos servidores del Estado no solucionan problemas gravísimos que afectan a millones de ciudadanos que año tras año ven como la naturaleza les golpea duramente, bien con riadas incontroladas, erupciones volcánicas o con incendios devastadores que implican pérdidas de vidas humanas dejando miles de haciendas destrozadas.
En ese país, que se me presenta, una parte de la población intenta, por todos los medios a su alcance, segregarse del resto después de conseguir una serie de ventajas con respecto a los demás y exigen que los millones de pensionistas de esos territorios continúen cobrando de la caja común, olvidándose esos politiquillos (alguno en busca y captura) que el sistema actual es el de reparto: tanto recaudo tanto para pensiones (con alguna ayuda extra). Pensé que no estaría de más que esos políticos gobernantes del país imaginario dejasen de cambiar votos de apoyo por momios exclusivos para esos territorios secesionistas.
Me imagine, sin encontrar soluciones, vivir en un país que la población registrada crece año tras año y sin embargo hay más persona que fallecen que las que nacen y nadie regula las entradas de personal que hacen que esta simple ecuación se cumplan: si en diez años la población censada aumentó más de 2,5 millones de personas y sin embargo
la diferencia entre fallecimiento y nacimientos es de casi 800.000 personas menos; solo tiene una única solución: esos casi 3,5 millones de nuevos ciudadanos han preferido unirse a ese país hipotético. Bienvenidos sean si se integran plenamente y vienen con el espíritu de incorporarse a la vida laboral en la misma proporción que la ya existente y no busquen de entrada la paguita fácil y una sanidad gratuita; si no… problema habemus.
Vi en mis sueños que el mandamás de ese país se toma de vez en cuando periodos de ausencias para reconsiderar si puede soportar el peso de ser un buen timonel.
Después de cavilar decidió mantenerse otra temporada al mando. Ese Cesar disfruta plácidamente de más días de vacaciones que un empleado medio en momentos de desgobierno que está salpicado de corrupción por todas partes, tanto en su ámbito familiar, como entre sus colaboradores más cercanos, a los que no reconoce como amigos, o simplemente politiquillos de menor rango, alguno de ellos en prisión provisional, todo ello dentro de la presunción de inocencia. Esos mismos políticos campan por sus anchas de puticlub en puticlub y enchufan (en el doble sentido) a sus «putinovias» en empresas estatales mientras otros de bragueta fácil hacen que el «Me Too» se extienda por el país.
Por un momento vi una lejana luz. Pueda que existiese una solución a tanto desmán: dejar al pueblo soberano que se exprese para dejar sitio a otros timoneles que sin tanto maquillaje barato presenten nuevas soluciones; eso sí, después de dejar su casa y partido tan limpio y reluciente que no ofrezca duda al votante.
Con una fuerte convulsión desperté de la pesadilla y me di cuenta que estoy viviendo en un país que todo lo que había soñado es real y que es, nada más ni nada menos, mi querida España. Seguimos inmersos en la corrupción, en las paguitas, en lo «que hay de lo mío», en chiringuitos para cesantes, prebendas varias al «apoyador» de turno y en políticos de la oposición que amagan, pero no pegan: Mejor parafraseando a Martín Luther King, «I Have a dream»; intento tener sueños más agradables, constructivos y poder arreglar entre todos esta «desfeita» de País…
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