Eduardo Vicente, el pintor de Madrid, entrañable amigo de Juan Ramón Jiménez y el secreto de la poesía tras sus láminas-(María Gómez Carballal)

Fot. María Gómez Carballal

María Gómez Carballal.

Una mañana de otoño una luz cálida inundaba la buhardilla de mi casa en Ferrol; esa luz tenue iluminaba la estancia formando un caleidoscopio de colores sobre unas láminas perfectamente enrolladas con una cinta roja que mi gata Celeste intentaba desatar el lazo con mucha curiosidad. Al acercarme a la biblioteca donde estaban guardadas en una esquina y olvidadas al lado de otros libros polvorientos que dormían plácidamente pues nadie los había despertado para leerlos desde hacía tiempo.

Esos libros y láminas se habían traído de Madrid de la casa de mis tías abuelas, hermanas de mi tío abuelo Alberto Fernández Martínez “Mezquita» quien había sido pareja de Maruja Mallo los años previos a la guerra civil española. El tío Alberto había sido amigo íntimo de Eduardo Vicente, un hombre sumamente afectuoso que le había regalado varias de sus obras; algunas lucían colgadas en las paredes de la casa y otras descansaban junto a los libros que le habían pertenecido, ya que algunos de ellos tenían dedicatorias de intelectuales , escritores y pintores de la generación del 27 que mi madre guardó con cariño al traerlos de Madrid.

Foto María Gómez Carballal

Al apresurarme hacía las láminas, que caían lentamente desde lo alto de la biblioteca por el brinco de la gata ante mi llamada de atención, se deslizó una de ellas entre mis dedos por el reverso en el que podía leerse un elogio mecanografiado y firmado por el mismísimo Juan Ramón Jiménez. Al leer el elogio poético de un sensibilidad extraordinaria de la talla de un premio Nobel de Literatura y el talento de Eduardo Vicente – uno de los pintores más emblemáticos del Madrid de posguerra- , me percaté de la magnitud del hallazgo .Tenía en mis manos un documento de un valor cultural y artístico incalculable.

El hallazgo me llenó de entusiasmo.

Pensé: oh! ¡Dios mío! esto es un regalo del cielo de mí admirado poeta, el autor de «Platero y yo”, el libro del maestro de Moguer que me había emocionado tanto en mi juventud y que me acompañó en mi mesilla de noche durante el bachillerato, pues quería ser amiga de Platero como lo había sido Juan Ramón.

En la estancia se sentía una atmósfera impregnada de melancolía mientras un vinilo de Georges Moustak envolvía el ambiente con un halo de misterio. La música del cantautor francés siempre me llevaba a París o a Atenas ,y en ese momento viajé en el túnel del tiempo a Madrid y comprendí que la lámina guardaba un trozo vivo de la edad de plata de la cultura española, aquel esplendor creativo truncado en 1936 por la guerra civil española.

Mi querida gata Celeste con su curiosidad felina siempre me llevaba a pequeños descubrimientos y esta serendipia , me ayudó a rescatar del olvido un trozo de la «Edad de Plata»

La estampa pertenecía a una edición especial o colección de estampas basada en la famosa obra “Españoles de tres mundos” en la que el poeta escribió retratos y “caricaturas liricas” de destacadas personalidades entre ellas, una dedicada exclusivamente al propio pintor madrileño. “Españoles de tres mundos” es una de las cumbres de la prosa lírica del poeta andaluz .

Foto María Gómez Carballal

El reverso de estas tiradas especiales, es un testimonio directo de la profunda relación de admiración mutua que unía al poeta y al pintor de Madrid. Lo que se lee tras la lámina es el texto exacto que Juan Ramón le dedicó al pintor. En esta caricatura lírica ,el poeta describe la pintura de Eduardo Vicente con palabras poéticas a las melancólicas ilustraciones del pintor madrileño.

El poeta utiliza la idea de «ir y venir” para describir la pintura y la actitud artística como un proceso continuo de aparición, desaparición y renuncia estética. Eduardo Vicente fue un extraordinario pintor y grabador de la conocida como “escuela de Madrid”. A lo largo de su carrera(especialmente en las décadas de 1940 a 1960), era habitual que publicará en colaboración con grandes autores.

Eduardo Vicente el pintor olvidado de Madrid, había nacido en la capital de España en 1909. Sintió pasión por la pintura desde su más tierna infancia de la mano de su hermano Esteban, también pintor célebre perteneciente a la primera generación neoyorquina del Expresionismo abstracto. En su juventud Eduardo ya había trabajado en el museo ambulante de las Misiones Pedagógicas, cuya misión era poder mostrar las obras de la pintura clásica a todas los zonas rurales de España.

Destacó en esta labor copiando las pinturas negras de Goya. Al estallido de la guerra se presentó a filas y trabajó con el ejército popular y con él también fue derrotado. Como tantos artistas represaliados por el franquismo, hubo de sobrevivir como pintor de obra. Con el paso de los años mejoró su condición gracias a mecenas y a antiguos amigos pero la rá pida evolución de las vanguardias y la influencia de los movimientos plásticos extranjeros dejaron a Eduardo Vicente en el olvido.

Mi tío Alberto Fernández Mezquita, perteneció a la revista (PAN), poetas andantes y navegantes, revista madrileña a publicada en 1935, cuyo principal impulsor fue su amigo Eduardo Dieste. Formó parte activa de las tertulias de los cafés de Madrid especialmente El Henar, café emblemático de la calle Alcalá , fue un eterno bohemio formó parte de las misiones pedagógicas al igual que su entrañable amigo Eduardo Vicente. Era un hombre conectado con la vanguardia de Madrid, íntimo amigo de grandes figuras como el pintor surrealista Eugenio Granell y con la estela de sus admirados amigos pintores y escritores fue el guardián de un trozo de una obra donde la poesía de Juan Ramón Jiménez y la pintura de Eduardo Vicente se daban la mano.

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